Votaremos a quienes no fueron votados

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El próximo 25 de mayo los electores españoles elegiremos a 54 diputados europeos de los 751 que componen el Parlamento de la Unión Europea.

Esta cita con las urnas es la que suele registrar el mayor índice de abstención entre los votantes españoles, que raramente leen los programas y votan –si se molestan en hacerlo- a ciegas. Recordemos que en el referéndum para la Constitución europea casi el 60 por ciento de los españoles se quedó en casa. Fue la participación más baja de toda la historia de la democracia. Y la tal Constitución se aprobó pese a que a los españoles nos la trajera floja.

Pero en esta ocasión, la brutalidad de la crisis y la toma de conciencia sobre cómo las políticas de austeridad europeas afectan al ciudadano medio auguran un mayor interés en lo que está en juego.

Porque es en Bruselas donde se decide nuestro futuro.

Si la desidia ha sido la tónica general en el caso de los votantes, parece que tampoco resulta muy ajena a nuestro presidente del Gobierno. Este lunes ha decidido retrasar de nuevo el nombramiento del candidato de su partido, cual monarca absoluto que designa a dedo su emisario. Decisión que ha descolocado a toda su cúpula pero que ha sido acatada por todos, como buenos súbditos.

Este hecho nos lleva a reflexionar sobre una de las paradojas más feroces de nuestro sistema democrático:

El hecho de que nosotros votamos a gente que no ha sido votada.

Y es que los partidos políticos no se rigen por un sistema democrático.

Hemos votado, por ejemplo, a un presidente del Gobierno que no fue elegido por sus propios compañeros, sino designado como sucesor por el presidente anterior, cual si de una monarquía estuviéramos hablando.

Y es que nuestro actual presidente, como todos sabemos, fue designado por José María Aznar, sin haber concurrido nunca a ningún tipo de votación.

Porque los partidos carecen de democracia interna y los candidatos están sujetos a la disciplina de partido.

Los votantes pueden elegir a los candidatos, pero a los candidatos nos los imponen. Y los candidatos han ascendido sin que medie en ello voluntad popular de ningún tipo.

En Estados Unidos —por ejemplo—, los partidos republicano y demócrata se someten a elecciones primarias que no organizan ellos, sino los propios poderes públicos. Es así tanto en el caso de elecciones presidenciales como para elegir a los candidatos a representantes, a senadores, a gobernadores y a alcaldes.

Podemos criticar en otros muchos aspectos a los Estados Unidos. Por supuesto que su sistema democrático no carece de grietas  y defectos, pero reconozcamos que este caso nos llevan doscientos años de adelanto.