Una niña, un cura y un puré de verdura

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Hay películas que marcan.

Las vuelves a ver años después y te siguen asustando, removiendo por dentro, sorprendiendo o haciéndote reír. Y no me refiero a las grandes superproducciones, clásicos del cine ya, que hemos visto trescientas veces en televisión.

Hablo de una película que marcó a una generación y que durante décadas ha estado rodeada de muertes misteriosas.

Años tardé yo en olvidar como aquella dulce niña giraba la cabeza y hasta en verano renuncié a usar camisón por culpa de una película.

Afortunadamente, atar a alguien a una cama tuvo un significado muy distinto una vez llegué a mi edad adulta y exorcicé aquellas imágenes de mi memoria. Incluso conseguí que  levitar en el lecho tuviera una connotación diferente.

Para nada hubiera querido yo vivir con la sensación de que el bondage estaba relacionado con las pelis de miedo… Aunque he de reconocer que el chute de adrenalina podría compararse.

 Igual me pasó con el puré de verdura. Tardé un tiempo en desligar aquella imagen vomitiva de una cara blanca llena de arañazos, un pelo revuelto y un cuerpo poseído por el mal de un apetecible primero de cuchara calentito. Aún así he probado purés que me han transportado en ocasiones a la escenita concreta.

Los alzacuellos aún me dan grima aunque, por suerte, no me los cruzo a diario. Así que puedo vivir con ello.

 Como creo que la mejor forma de enfrentarme a mis miedos es mirarlos de frente, he grabado un vídeo para olvidarme por siempre de aquella dulce niña que vomitaba puré de verduras y de aquel tipo con crucifijo que  podía librar al mundo del mal.

Si quieres averiguar qué queda en tí de aquella peli, aquí tienes una idea para disfrazarte en Carnaval.

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