Un reencuentro

 

Los primeros meses pese a todo intentó recuperar a Eva.  Por el bebé, por el niño que estaba en camino. Pero sabía de sobra que ya no la amaba. Dudaba incluso sobre si la había amado alguna vez.  Porque pensaba demasiado en Carolina aunque apenas la veía. Se le encontraba a veces en los bares de costumbre, pero ella no le hacía demasiado caso. Habían tenido un fin de semana increíble. Un fin de semana increíble que le había costado el  trabajo y la novia. Pero Carolina no parecía haberse tomado aquello muy en serio, y él quería recuperar a su novia. Aun así pensaba en ella, y la deseaba. Y el tiempo siguió su curso, y pasaron dos años, y después de esos años dios a Eva por definitivamente perdida, y durante esos dos años hubo asuntos de una noche, varios, muchos, no sabría contarlos, pero ninguno borraba el recuerdo de Carolina, y hubo mucha cocaína, y muchas copas, y mucha farra, y muchas madrugadas en las que vio salir el sol desde una cama ajena, y mucha distancia de su propio centro, y una noche, una de tantas, ciego perdido, puesto de cocaína y de alcohol hasta las cejas, volvió a encontrarse a Carolina en la barra de un bar, en El Juglar, a las cuatro de la mañana, y sintió de pronto que sonaba una música que solo ellos dos podrían compartir y entender, sintió que la había buscado en cada bar y en cada mujer durante aquellos dos años,  y pensó que ella era el último fondeadero para el hombre que él era, picado de angustias, de insanas costumbres, sintió  que aquellos ojos azules eran augurio y refugio, que no podía aceptar de otras manos y de otro cuerpo lo que ella pudiera darle,  sintió que la amaba, como un fogonazo. Quizá fue la cocaína que le encendía las  ideas,  quizá fue la necesidad, la desesperación , el miedo, pero allí estaba ella, gloriosa en su belleza, con sus ojos azules brillando en la oscuridad, ojos como faros que prometían llevarle a puerto seguro.

(Dios no tiene tiempo libre)