TERESA O LA TRISTEZA

por Eva Cornudella

Teresa acaba de cumplir sesenta y cuatro años, aunque aparenta tener menos edad.
Vive con un hijo soltero, que está desempleado, desempleado de larga duración y tiene otra hija, casada, con un marido que también está en el paro y que además padece fibromialgia. Tienen una nieta pequeñita, hija de su hija, a la que le han diagnosticado obesidad, pues come esencialmente por ansiedad.
Teresa viene a ayudarme a limpiar a mi casa y me explica muchas cosas. Sus problemas, sus penas, las discusiones que tiene con su hijo y la vida tan difícil que al parecer su yerno le da a su hija. Entre ella y su hija los mantienen a todos, y todos las gritan y las ningunean.
Normalmente llora. De hecho no hay conversación en la que no se le acaben saltando las lágrimas, ya sea de pena o de alegría. Acepta, acoge y absorbe con avidez y ansia cualquier muestra de amabilidad o de empatía. Sufre labilidad emocional, labrada a golpe de sufrimientos, disgustos y muchas preocupaciones.
Nunca piensa en ella. Se desvive por su nieta y por su hijo, y le preocupa su hija, a la que le dice continuamente que aguante, que aguante porque tiene una niña pequeña y porque “los hombres son así”.
Yo la escucho. Es lo que necesita. Alguien que la escuche y no venga a “arreglarle” la vida a golpe de consejos que no podrá realizar. En estos casos la mejor ayuda en sencillamente escuchar con atención, con interés.
Teresa está divorciada. Un día su marido le comunicó con absoluta frialdad que iba a recibir una carta de un abogado y que se tendría que ir de la casa, porque vivían en un piso de propiedad de su suegra (de la madre de él). Como los hijos ya eran mayores de edad, (de hecho la hija ya estaba hasta casada), Teresa se fue con su hijo y se compró un pisito con la ayuda de unos ahorrillos, quedando un resto de precio sujeto al pago de una hipoteca que le cae cada mes como una losa y que está pagando a golpe de limpiar una oficina de un banco y de cuidar a una anciana que a veces pierde la cabeza y la muerde. Sí, la muerde. El otro día me enseñó un cardenal que le había hecho en el pecho y me dijo que tan sólo tirándola del cabello la anciana abre la boca en un gesto mecánico y la suelta, pero que como le da pena tirarle del pelo se aguanta, así que va llena de cardenales.
Teresa me explica las penurias de la hija y los arranques de ira del yerno, seguramente frustrado por una situación de desempleo de larga duración y por la afectación de una fibromialgia que no es más que la respuesta de dolor ante estas circunstancias que está tocando soportar a tanta gente en nuestro país.
Ella ha decidido, por amor a su hija, no decir nada y callar ante estas situaciones. No quiere que la hija tenga más problemas de los que tiene ya, y por eso cuando el yerno salta en un arranque de ira, ha optado por decir que tiene cosas que hacer y sale corriendo de casa de la hija.
El otro día no obstante su nieta le pidió que se quedara a cenar y no pudo macharse, así que la garganta se le cerró y tuvo que realizar ímprobos esfuerzos por tragar la masa pastosa que le quedaba enganchada a su tráquea como si fuera cola impacto. Así y todo dice que pudo controlar el lloro. Está satisfecha de ello.
Cuando me explicaba todo esto no pudo evitar que llegara a su mente un recuerdo, el del momento en que su marido le pidió el divorcio.
Consciente de su labilidad emocional, me dijo, “Ya has visto que yo siempre lloro. Lloro por todo. Es difícil que no acabe una conversación llorando. Pues te voy a explicar una cosa. La única vez que no he llorado en mi vida fue cuando mi marido me pidió el divorcio. Lo recuerdo perfectamente; estábamos en la cocina. Él acababa de llegar a casa y me dijo que me tenía que decir una cosa. Siéntate, Tere. Me soltó que quería el divorcio y que me llegaría la carta de un abogado. Le miré y me callé. Subí a la habitación y me senté en la cama. No lloré. No sé el tiempo que estuve allí sentada. Pero recuerdo lo que pensé. Pensé: Tere, ya está. Ya ha acabado todo.”
Me explicó que no tuvo miedo. No le preocupó el dinero. Ni irse de su casa. Esas preocupaciones llegarían después. En aquel momento sólo sintió el impulso de una liberación que le venía como un descanso. Como un regalo. Una puerta incierta que se abría tras haberla golpeado levemente porque a ella no le estaba permitido dar ese paso. Ella estaba para aguantar y para esperar que otros decidieran por ella.
Ella estaba para cumplir sus obligaciones y se sentía orgullosa y satisfecha por haberlo hecho. Ella no había fallado en los votos adquiridos. Él sí, reiteradamente, desde que el primer hijo tenía tan solo un año de edad.
Ahora él se iba y ella seguiría tirando del carro, pero sin nadie que le pusiera palos en las ruedas. O quizás con una carga menos.
Ayer cumplió sesenta y cuatro años. Es una de esas mujeres invisibles que nos rodean y que sacan adelante a su familia. Que no tienen tiempo libre. Que no reparamos en ella. Que las vemos comprar en el supermercado, limpiar, tirar de los nietos y que a veces obstruyen la calle porque hablan con alguien. A veces chasqueamos la lengua porque en ese pequeño momento de descanso nos interrumpen el paso en la calle o demoran la cola de la panadería.
Ayer cuando la felicitaba por su cumpleaños, me abrazó y me dijo “Te quiero mucho. Eres un paño de lágrimas” y sentí muchísimo poder ser sólo eso.

2 comments for “TERESA O LA TRISTEZA

  1. nekane
    1 octubre, 2013 at 11:47

    Teresa es un reflejo de la España profunda
    espero que le tengáis el seguro del hogar en orden!, con eso ya es mucha la ayuda, el hombro para llorar hace mucha falta, sin embargo es duro que te la plasmen por escrito, ya sabéis en éste país tenemos muy arraigado el sentido de la vergüenza y el qué dirán…

  2. Laetitia
    3 octubre, 2013 at 15:29

    Emocionada me he quedado, el corazoncito encogido.

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