¡QUE SE JODAN!

Por Kepa Tamames


El mero hecho de que una parte significativa de los medios escritos al uso no publicarían el presente artículo debido al rudo título que lo encabeza supone ya una muestra diáfana de que, o bien hemos perdido definitivamente la razón –en el más que improbable caso de que alguna vez la tuviéramos, pues hay vacas sagradas que cobran una pasta por taco escrito, ustedes lo saben tan bien como yo–, o acaso hayamos tocado techo, y esto último constituye en sí mismo un signo de esperanza, sabiendo que de ahí no pasa. Pero a lo que vamos.

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Quiero hacerles partícipes esta vez de la indignación que me corroyó en cierta ocasión al comprobar el pábulo que determinada televisión pública española daba a una de esas fiestas patrias en las que un animal tiene el dudoso honor de convertirse en protagonista sin consulta previa. No me pregunten ni por el lugar del evento ni qué santo celebraban, porque ni lo sé ni me importa. Hablo de uno de esos programas idiotas e idiotizantes –sí, todo en el mismo pack–, donde lo mismo te orientan sobre cómo hacer unas patatas bravas que informan sobre violaciones múltiples (también todo en uno; parece que la fórmula funciona, y con ella van tirando temporada tras temporada). La presentadora, maquillada hasta las cachas y con sonrisa superglú, animaba entre histérica y bobalicona a los telespectadores para que se acercasen al villorrio durante el finde y participasen en la fiesta, a pesar de lo arriesgado de la empresa, ojo, porque hay que ser muy, pero que muy aguerrido para ponerse delante de un morlaco de quinientos kilos psicológicamente derrotado, jadeante y amarrado de la testuz por una maroma, un animal que no entiende nada de lo que le sucede y que no alcanza a ver qué es lo que ha hecho mal para merecer tal castigo, tranquilo como él estaba hasta hace tres días en el campo, con sus compañeros de manada –digamos mejor sus amigos, que hasta los toritos bravos los tienen–, con sus viejas encinas donde rascarse el lomo, con su charca de barro, bendita terapia antimosquitos cuando llega la caló… Solo un héroe es capaz de tal hazaña: acosar en masa a un reo condenado a muerte. “Veintiún heridos, uno de ellos grave”, subrayaba el enviado especial a tan cultural acto –recién salido el pipiolo de la pelu y de la facul–, sin que en la cifra incluyera por supuesto al pobre animal, ese no cuenta en el cómputo, los toros son apenas peluches sustituibles, mientras pague el consistorio, que puso de patitas en la calle a la mitad de la plantilla eventual, pero que, eso sí, mantiene la Fiesta, para solaz popular. Contusionados por docenas, pero al toro no se le cuenta. Mucho me temo que a eso se refieren algunos con el tan traído y llevado “rigor informativo”. ¡Pásate varios años recibiendo clases magistrales en la uni para tan pírrica cosecha!

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”¡Que se jodan!”. Con esta lapidaria expresión resumía su ánimo una amiga a la cual hacía partícipe de mi congoja. “¡Que se jodan los veintiuno –incluido el grave– y cuantos con su pasividad permiten estos actos de terrorismo lúdico, sean concejales, fachas de recto bigotito o progres de vitrina!”. Porque mi amiga hace ya mucho tiempo que se confiesa incapaz de distinguir los unos de los otros. Ella es una vieja militante por los derechos de los animales. Digo “vieja” –cuando debí decir “veterana”, qué poco tacto tenemos los hombres– en tanto que lleva media vida dejándosela por ellos, los más indefensos entre los indefensos, las Víctimas con mayúscula de este santo país. (Si usted cree que le ha tocado el peor boleto por ser pobre, mujer o cargo público amenazado, consuélese pensando que al menos no nació toro, o gallina, o galgo, o burro, o cerdo…).

”¡Y que quede claro que aquí al toro no se le maltrata!”, manifestaba ufana en improvisada rueda de prensa una doña rechoncha que pasaba por allí y decidió erigirse en portavoz oficial del populacho. “¡Aquí, de maltrato, nada!”. [Procedería insertar en este punto una pausa valorativa, por tomar aliento y contar hasta diez, para arremeter a continuación sin duelo de ninguna clase contra todo lo que se mueve, particularmente si se trata del perfil que tenemos entre manos]. Usted es boba, señora, déjeme que se lo escriba; permita que lo cuelgue aquí a falta de poder colgar otras cosas y hasta otras personas. Usted ha de ser por fuerza rematadamente tonta si llega a la conclusión de que secuestrar a punta de engaño a un animal pacífico por naturaleza, llevarlo ante la masa vociferante, amarrarlo por los cuernos –su defensa natural, como la suya de usted será, imagino, una sartén, o un rodillo–, acosarlo hasta la extenuación y ejecutarlo finalmente a tiros, no supone un claro caso de maltrato unilateral y gratuito. Con toda seguridad usted debe de padecer alguna suerte de idiocia –ignoro si de carácter congénito o sobrevenido, aunque poco importa a los efectos– si tras este cúmulo de hechos incontestables concluye solita que no –¡por el amor de Dios, qué cosas tiene la gente; exageraciones de los ecologistas esos, los muy pesados!–, que al toro no se le maltrata. ¡Con lo que queremos los de este pueblo a los animalicos!

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¿Qué nos está pasando? ¿Qué demonios nos está sucediendo a los humanos? Los mozos de las peñas, el alcalde, el comandante en jefe de la Guardia Civil y hasta la mencionada señora, pobrecita mía, podrían al menos defender el linchamiento recurriendo a la sacrosanta tradición, al consabido arte, a la sempiterna cultura, todos unos clásicos de la estulticia intelectual en que parecemos estar sumidos. ¡Incluso podrían rescatar para la ocasión el recurrente “más sufro yo cuando voy a trabajar”! Incluso eso valdría, abonados al desvarío mental. Pero afirmar que en el descrito escenario no hay maltrato, nos retrotrae al punto más nebuloso de nuestra historia evolutiva.

“¿Por qué hay que pagarle a los agresores heridos un solo punto de sutura?”. “¿Por qué regalar a esa gente un solo centímetro cúbico de sangre ajena para compensar la pérdida de la propia?”. ¿Es que acaso se preocupan ellos y ellas por la que empapa el cuerpo de sus víctimas?”. Preguntas de este pelaje me regalaba mi amiga animalista cuando le contaba lo ocurrido; y créanme si les digo que no tengo claro si acabé por apoyarla en cuanto al contenido de su monólogo, mas sí en la esencia de su mensaje, que no era sino desesperanza. ¡Que se jodan! Una veterana y correosa activista que en su día escribió cientos de meticulosos artículos tratando de diseccionar cada una de las razones aducidas por los contrarios con el noble fin de refutarlas, que arrebató en incursiones nocturnas perros a sus dueños legales para buscarles una vida mejor, que pasó sus buenas horas en el calabozo por manifestarse ante una plaza bulliciosa y colorista, ha acabado derrotada, igual que el toro ensogado que vi en la pantalla del televisor. Para terminar rubricando con un sonoro ¡Que se jodan!, que a un servidor le sonó a crudo epitafio ideológico.

Me ha cogido el arrebato. A cierta edad, hay cosas que no se pueden evitar, supongo. En estos momentos sigo siendo incapaz de arrepentirme de nada de lo que acabo de escribir. Es lo que tiene la indignación. Pero… ¿saben ustedes lo malo, lo peor de todo esto? Lo malo es que se me acabará pasando. Eso es lo peor.

 

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11 comments for “¡QUE SE JODAN!

  1. Kike
    26 abril, 2013 at 09:26

    ¡¡Qué se jodan los putos tortutadores! Así revienten todos. ¡¡¡ASESINOS!!!

  2. ana jimenez
    26 abril, 2013 at 09:31

    Pues sí, Que se jodan repito y coreo con vosotros. Ellos se lo buscan. Pero el español es tan brutal con los animales como con sus humanoides…porque con tal de divertirse, poco les importa que también haya heridos «racionales» o incluso muertos. El caso es divertirse. «Y si no saben aguantar una broma, que se vayan a su pueblo», como decía Gila, de nuestra quinta. Si un consistorio, un gobierno, no prohibe unas fiestas que cuestan -además- vidas humanas todos los años, ¿como pensar en que consideren el sufrimiento del poble animal? La única ocasión en que pienso que la ley del talión sería más que justa aplicar, es cuando se veja y maltrata a los animales. No quito ni una coma. Y de momento, la indignación no se me pasa. ¡que se jodan!

  3. pilar
    26 abril, 2013 at 13:16

    Estoy totalmente de acuerdo.

  4. pilar
    26 abril, 2013 at 14:37

    Que se jodan, y paguen con el mismo martirio causado , incluyo a los complices, esos que dicen ( y que no saben ni lo que dicen , por falta de sensibilidad y todo les de igual, pero ojo ,que no les pisen el callo ) , «cada uno es libre de hacer lo que quiera». me provocan sarpullido.

  5. Luis NAVARRO-ALCARAZ
    27 abril, 2013 at 08:47

    Las palabras son como son porque tienen mucha historia tras ellas. Las castellanas, derivan del latín; muchas palabras latinas se «copiaron» del griego, y es posible que el griego las tomara de otras lenguas previas. Y después de varios miles de años, no creo que haya equivocación.
    La misma palabra lo dice: «Animales: seres dotados de ánima…»
    («Ánima = alma»).

  6. Tani
    27 abril, 2013 at 10:50

    Yo estoy super de acuerdo. los argumentos de muchos no me sirven, además cuantas veces en mi larga estancia en el extranjero me duele el ser identificada como mi nacionalidad con esas brutalidades.

  7. 27 abril, 2013 at 13:31

    De acuerdo 100% aunque, con el optimismo que me caracteriza, debo decir que las cosas han cambiado mucho y seguirán cambiando pero mientras tanto… ¡que se jodan!

  8. Sergio
    28 abril, 2013 at 07:44

    QUE SE JODAN!!! Y quiero el Facebook de esa veterana defensora de los animales pero ya!!! Esa es de las mías!!!

  9. 28 abril, 2013 at 11:08

    El hombre que aplaude esto y paga por verlo es un psicópata aunque no esté diagnosticado.
    El que lo hace y cobra por ello es un criminal a pesar de que su conducta no esté tipificada como delito.
    El artista que lo ensalza es un desequilibrado por muy virtuoso que sea en su oficio.
    El gobierno que lo protege es un fascismo por mucho que haya salido elegido en las urnas.
    Y aquel que lo rechaza pero calla y consiente es un cobarde. Probablemente la postura más difícil de justificar y la peor de las hemorragias. La que más duele y mata.

    De Julio Ortega.

  10. Tamara
    28 abril, 2013 at 12:31

    Soy una persona antitaurina desde que tengo uso de razón. Pero he de decir que no soy de esas que prefiere que muera el torero al toro… Creo que si pensamos así estamos perdiendo parte de la razón.

  11. yolanda cadierno diez
    28 abril, 2013 at 14:37

    no tendria que quedar ninguno.

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