putilla

ESCRITO POR LAURA PLANA GONZALEZ

 

 

Retorcida e incómoda dentro del baúl de madera, Sabina retenía el aliento mientras espiaba por la cerradura los movimientos del intruso. ¿Era un hombre solo o había más? Sentía estallar el corazón en el pecho y en las sienes. No podía controlar un leve temblor de manos. Era muy consciente de que el más mínimo movimiento o ruido delataría su presencia ahí dentro. El individuo se movía sigiloso, atento, pistola en mano. Seguramente, pensó Sabina, estaba comprobando que no había nadie más en la casa. Ella se había escapado por los pelos. Los disparos la habían sacado bruscamente de su sueño, llevándose la paz y la seguridad que siempre había sentido entre aquellas paredes. Ya nunca más volvería a ser así. Sus padres yacían muertos en el vestíbulo. Había necesitado toda su fuerza de voluntad y autocontrol para no gritar cuando los vio. Su padre sostenía en la mano – inerte pero todavía caliente- una llave inglesa, que ella, en un impulso, le había arrebatado. Y luego, unos instantes después, el ruido de unos pasos y el abrir y cerrar de una puerta, le habían hecho salir corriendo de allí y esconderse en el baúl, el primer sitio que encontró.

 

 

“Putilla, putilla, putilla…” De repente, como un mantra autoconvocado, estas palabras se colaron en su mente, recordándole al desagradable tipo que, desde hacía varias semanas, se las susurraba a sus espaldas y luego desaparecía. En el metro, en la calle, en alguna tienda.  No cada día, no en el mismo lugar, no a la misma hora. Ella no había comentado nada en casa. ¡Sólo hubiera faltado esto! Sus padres –como todos los padres, suponía Sabina- les habían advertido mil veces que no hablasen con desconocidos, que si se quedaban solos en casa, cerrasen puertas y ventanas, y, en fin, todas las recomendaciones que se hacen a niños y adolescentes y que éstos no siempre toman en serio. Pero en los últimos meses, la cosa parecía más grave. Sus padres no lograban ocultar su preocupación. Suponía (sólo suposiciones siempre, ninguna certeza) que alguna cosa iba mal. En casa no se hablaba nunca de trabajo. Al menos, delante de ella y de su hermano. Pero era evidente que los ingresos familiares habían aumentado en los últimos dos años y también empezaba a intuir que su padre se ganaba la vida de una forma no muy políticamente correcta, por decirlo de una manera suave. Sobres, reuniones secretas a altas horas de la noche, desconocidos que se encerraban en su despacho, viajes repentinos, incluso un guardaespaldas durante unas semanas… Sabina todavía era muy joven, pero no tanto como para no darse cuenta de ciertas cosas.  “Putilla, putilla, putilla”

 

Se sentía terriblemente culpable. Aquella noche se había quedado a cenar en casa de una amiga y había vuelto tarde. Sus padres le habían insistido en que cerrase la puerta con llave.  Pero no lo había hecho. Ni siquiera se había acordado. En realidad, nunca se había tomado demasiado en serio los temores de sus padres. Vivían en una zona poblada y tranquila, con muy poca delincuencia, rondas frecuentes de la policía y bares abiertos hasta tarde. Juzgaba exagerada tanta precaución en poner cerrojos y bajar persianas. Estúpida. Ingenua. ¿En qué mundo vives? Se recriminaba mientras no podía apartar de su mente la visión de sus padres, en el suelo, inmóviles sobre su propia sangre.

 

Y también sentía una rabia poderosa, que la ahogaba y le daba fuerzas, contra aquel hombre que había entrado en su casa y había decidido acabar con la vida de sus habitantes. ¿Quién se había creído que era para entrar en el hogar de los demás a destrozar su vida? ¿Qué buscaba?  ¿Dinero? ¿Violencia? ¿Emoción? ¿O a sus padres en concreto?

 

 “Putilla, putilla, putilla” ¿Por qué precisamente ahora estas palabras se repetían una y otra vez? El primer encuentro fue en el supermercado. Ella había entrado a comprar su merienda y él estaba detrás suyo, en la cola. Era un hombre joven -rondaría la treintena-, corpulento, con un rostro agradable al que su mirada fría y su sonrisa torcida quitaban todo encanto. Ella ni se había fijado en él, hasta que, al ir a pagar, oyó estas palabras por primera vez, muy cerca, susurradas sobre sus hombros. Se giró bruscamente y miró al hombre quien, burlón, le aguantó la mirada. Sabina pagó y salió forzando el paso. Dos manzanas más allá, miró atrás con temor. Pero no había ni rastro del hombre del supermercado. Más tranquila, decidió no comentar nada a sus padres. Y por la noche ya casi había olvidado el incidente.

 

La cerradura le permitía un campo de visión muy pequeño, pero unos minutos después, llegó a la conclusión de que el sujeto estaba sólo. Al menos, en la casa. Quizá tenía compinches esperándolo fuera. Prefirió no contemplar esta posibilidad. ¿Qué debería hacer? ¿Quedarse ahí encerrada hasta que el individuo decidiera marchar? No podía arriesgarse a salir de ahí dentro sin estar segura de que aquel hombre no estaba cerca. Pero le dolía muchísimo la espalda y se le estaban durmiendo las piernas. La llave inglesa le resbalaba de la mano sudada y temblorosa. Y cada vez le costaba más respirar. Pegó la nariz a la cerradura y aspiró con fuerza. Se sintió levemente mejor. Hasta que cayó en la cuenta de que su hermano estaba durmiendo en el piso de arriba. ¿O también lo habrían despertado los disparos? ¿Se habría escondido? O, quizá… No, no quería ni pensar en la posibilidad de que también lo hubiera matado a él.

 

La segunda vez que se lo encontró fue en el metro, unos días después. Ella estaba distraída, consultado su móvil, cuando de nuevo la acosaron esas palabras susurradas muy cerca: “Putilla, putilla, putilla”. Se giró en redondo. Y ahí estaba él, mirándola fijo, con esa mueca burlona de quien te podría aplastar con un solo dedo, pero que, de momento, ha decidido no hacerlo. Todavía. El escaso minuto que necesitó el metro para llegar a la próxima estación se le hizo interminable. Cuando se abrieron las puertas, bajó sin mirar atrás. Pero él no la siguió. Cuando las puertas se cerraron de nuevo, ella se atrevió a mirarle y él la obsequió con un rápido guiño de ojos. Tuvo que sentarse un rato para que sus pulsaciones recobrasen el ritmo normal. Estaba segura que ese hombre la había seguido y sabía quién era. Se lo tendría que contar a sus padres, pero tampoco lo hizo esta vez. Le preocupaba su reacción. Quizá le pondrían otro guardaespaldas. O la acompañarían a todos los sitios. O no la dejarían salir de casa. O, peor aún, la enviarían a pasar una temporada con su tía o sus abuelos.

 

 

Sin embargo, no tenía ninguna prueba de que ese individuo fuera el mismo que hurgaba ahora por su casa. No le había visto. Quizá nada tenía que ver una cosa con la otra. Entonces, ¿por qué no se lo quitaba de la cabeza? ¿Por qué sabía que era él? Le pareció oír los pasos más cerca. Escuchó atentamente, con todo su cuerpo retorcido y en tensión. Si, se estaba acercando. Seguramente iría a inspeccionar la cocina, a la que se accedía por la puerta que estaba justo frente al baúl. Y entonces encontró la respuesta. La colonia. O el masaje. Un olor dulzón y penetrante. El mismo que acompañaba siempre a aquellas palabras. Un perfume que temía y ya conocía demasiado bien. Era él.

 

Fue ese perfume el que la avisó la tercera vez que se cruzaron. Estaba en la calle, esperando a que el semáforo le permitiera cruzar la calzada. Y, de repente, ese olor. Cerca, muy cerca, a sus espaldas. Y, al mismo tiempo que el semáforo cambiaba al verde, las palabras “Putilla, putilla, putilla”. Esta vez ni se giró. Cruzo corriendo la calle y entró en la primera tienda que encontró. Para cuando se atrevió a alzar la mirada y mirar a través del cristal, el hombre ya había desaparecido.

 

Los pasos volvieron a pasar muy cerca de ella, alejándose esta vez. Le pareció que el perfume había quedado suspendido envolviendo al baúl en una neblina amenazadora. Y con cada bocanada de aire que respiraba le parecía que lo absorbía y que éste iba impregnando todo su cuerpo. Esa imagen le produjo una arcada. Apenas pudo reprimir un violento acceso de tos. Oyó abrir otra puerta, muy cerca de las escaleras que conducían al piso superior, dónde debería estar su hermano.  Y luego el sonido del agua. El hombre estaba en el lavabo. ¡Ahora! Antes de que salga. Oyó como orinaba. ¡Ahora! ¡Corre! Abrió la tapa del baúl, echó un rápido vistazo a ambos lados y, lo más silenciosamente que pudo, se arrastró hacia la cocina. Las piernas apenas le respondían y la espalda le dolía terriblemente. Oyó el sonido de la cadena del wáter. En la cocina no había sitio para esconderse. No podía quedarse allí. “Ahora subirá arriba”, pensó, mientras la respiración se le volvía a acelerar. Muy despacio, se asomó por el quicio de la puerta. Él estaba a unos metros de distancia, de espaldas a ella. Llevaba un pasamontañas, pero su figura coincidía, efectivamente, con el sujeto que la llevaba acosando varias semanas. Se había detenido frente a las escaleras. ¿Qué hacía? Le pareció que tenía alguna cosa en la mano libre. ¿El móvil? Si, seguro.  ¿Noticias de los compinches que esperaban fuera? Evaluó la situación: ella sólo tenía una llave inglesa y era mucho más débil y lenta que él. Sólo dos factores jugaban a su favor: en este preciso momento, él estaba distraído, concentrado en el móvil, intentando escribir algo con la misma mano con la que sujetaba la pistola. Tenía que aprovechar esta circunstancia que seguramente no se volvería a repetir. Y el otro factor con el que podía contar –no tenía otra opción- era su gran puntería. Era la campeona de los bolos, del billar, de los dardos. Siempre decía que, si no fuera porque se trataba de un trabajo  peligroso, se convertiría en la francotiradora más cotizada de todo el planeta. Y, en aquel momento, por primera vez, encontró una utilidad mucho más trascedente a su don que la de ganar siempre a sus amigos o conseguir el peluche más grande de las casetas de tiro en las ferias. El tiempo apremiaba. En cualquier instante podía aparecer su hermano. Si todavía estaba vivo. En cualquier momento, aquel monstruo podía volver sobre sus pasos y verla. En cualquier momento, acabaría de escribir su mensaje y volvería a estar alerta. Y llevaba una pistola en la mano.

 

El sudor –frío y espeso- le empapaba todo el cuerpo. Pasó la llave inglesa a su mano izquierda y se frotó la derecha en el pijama, para secarla. Respiró hondo. Si no dejaba de temblar no tendría ninguna posibilidad. Volvió a mirar. El hombre había dejado de escribir e hizo el gesto de meter el móvil en el bolsillo trasero. Seguía de espaldas a ella.  Tenía que jugárselo todo a una carta. Una sola oportunidad. Si fallaba, estaba muerta. Cómo sus padres. Y después le tocaría el turno a su hermano.  Salió de la cocina y se acercó sigilosamente al hombre. Ya no había marcha atrás. Volvió a respirar hondo, entrecerró los ojos, calculó la distancia, apuntó y le lanzó con todas sus fuerzas la llave inglesa a la cabeza. Le dio de lleno. No pudo evitar una sonrisa de satisfacción cuando lo vio caer al suelo, soltando la pistola en la caída, que le quedó fuera del alcance de la mano. De nuevo, sus piernas estaban perfectamente firmes. Se había pasado el calambre. Corrió hacía el individuo, que yacía inconsciente, boca arriba y sangrando, pero todavía vivo. El pasamontañas dejaba al descubierto los ojos y la boca. Sabina recogió la pistola. No estaba segura de qué tenía que hacer a continuación. Unos pasos quedos la sacaron de sus reflexiones. Levantó la vista. Su hermano, con la mirada fija en el sujeto inconsciente, bajaba muy despacio y descalzo las escaleras. Sabina sintió un alivio inmenso al verlo. _Vuelve a subir arriba y avisa a la policía- le ordenó en un susurro.

 

Pero su hermano se había quedado paralizado, con los ojos y la boca muy abiertos. Todavía era pequeño y no se sentía el responsable de solucionar la situación. Todavía buscaba y necesitaba la ayuda de los demás. La de ella. La de ella que hubiese tenido que cerrar la puerta y las ventanas la noche anterior y no lo había hecho.

 

Y, en ese instante, el individuo parpadeó. Tardó unos minutos en reaccionar. Supuso Sabina que, de entrada, no sabía ni dónde se encontraba ni mucho menos qué había pasado. Intentaba incorporarse. Los dos hermanos permanecieron inmóviles. Luego, Sabina lo apuntó con la pistola. Nunca había tenido en la mano una de verdad. Sólo las de las ferias.

 

  • Avisa a la policía- repitió la muchacha, nerviosa.

Pero el chico continuó inmóvil. De un momento a otro rompería a llorar o a gritar o saldría corriendo. ¡No! Quizá fuera esperaba alguien.

 

El hombre pasó torpemente una mano por su cabeza, palpando la herida. Luego la miró aturdido. El guante estaba manchado de sangre también. Y entonces su expresión cambió. Del asombro pasó a la ira. Hizo un nuevo esfuerzo para incorporarse. Parecía que el tiempo se había detenido. Silencio y miedo. Y, entonces, nuevo cambio de expresión. La ira dio paso a esa mueca burlona que ella reconoció al instante. Y él sonrió. Sonrió. Aquel monstruo que había entrado en una casa que no era la suya para hacer daño a los que allí vivían, que había asesinado a sangre fría a sus padres y que estaba herido, desarmado y tumbado en el suelo, sonreía. Una sonrisa cínica, cruel. Una sonrisa que significaba que la partida no había terminado. La miró burlón, iniciando el tercer intento para incorporarse.

 

  • ¿Qué me has hecho, putilla?- preguntó con una voz ronca y amenazadora.

Y entonces Sabina, reaccionando de golpe y sin pensarlo dos veces, disparó.

Ella no lo supo nunca, pero el disparo había acertado de lleno justo en el centro del corazón.

 

 

1 comment for “putilla

  1. Olga
    19 mayo, 2016 at 11:13

    Es un texto impresionante!!! Se lee con la respiración contenida, no pierde el ritmo en ningún momento y está descrito todo al detalle y con tal realismo que te introduce completamente en la historia..
    Felicidades Laura, no dejes de escribir!!! Y gracias a ti, Lucía, por compartir el escrito

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