Puta vida

por  Andrea   Menéndez  Faya

La prostitución en España mueve 18.000 millones de euros anuales en prostitución legal, más la economía sumergida de la prostitución ilegal y la alegal.

Estos 18.000 millones los generan las 400.000 prostitutas legales que hay en nuestro país. Son datos oficiales de la Guardia Civil, que secunda la asociación de propietarios de Clubs de Alterne. Si tenemos en cuenta que los datos registrados son de un tercio del mercado sexual de España, podríamos hablar de que se mueven más de 60.000 millones de euros al año en el negocio del sexo. Otras asociaciones, como Hetaria –colectivo de trabajadoras del sexo- aseguran que para combatir esa economía sumergida la única solución sería legalizar la prostitución en nuestro país.

Terminaríamos así también con la trata de blancas y la explotación sexual, y el beneficio fiscal alcanzaría números impresionantes, de hecho, según los datos que presentaba la Agencia Tributaria en 2005, si las chicas cotizaran, la prostitución dejaría al año 1.124 millones anuales en las arcas de la Seguridad Social. Sin embargo, el 22 de septiembre de 2009 el Congreso rechazó regularizar la prostitución, con 5 votos a favor, 6 abstenciones y unos aplastantes 329 votos en contra y se estableció la Ley de 1999, artículo 188

Pero, ¿es esto suficiente?

 

En varios ayuntamientos de Andalucía, Valencia o Barcelona se han establecido multas que van desde los 300 a los 3000 euros tanto para clientes como para prostitutas. Se prohíbe tanto ofrecer servicios como aceptarlos, así como el sexo en lugares públicos –sean prostitutas o no-. Pero, teniendo en cuenta que se establece un contrato único y exclusivo entre cliente y prostituta, sea en la calle o no, ¿es justo que un gobierno municipal, autonómico o estatal se entrometa? ¿Bastaría con la normativa que prohíbe tener sexo en la calle o es necesario que se prohíba también la negociación?

Las mujeres que trabajan en la calle lo hacen porque no pueden hacerlo en otro lugar, o porque es su elección.

En base a la ley, sólo es ilegal la obligación a ejercer la prostitución, así como el tráfico de mujeres en el que se basa la trata de blancas. La autoridad moral con la que los ayuntamientos prohíben la prostitución en las calles viene más vinculada a las quejas de los vecinos que a la legalidad vigente. Pero teniendo en cuenta que las quejas son libres, y hasta un panadero de Granada interpuso una denuncia a la Oficina del Consumidor por una prostituta callejera que lo dejó insatisfecho, tendríamos que fiarnos más de la opinión de las propias prostitutas que de la voz vecinal. Son libres de demandar que la prostitución se realice lejos de colegios y parques, pero sólo debe atañerles en los casos de sexo en la vía pública. La negociación es libre. Y no olvidemos que en España, hasta 1935, la prostitución era legal.  

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Gabrielle. 

 

No es fácil comenzar a escribir las historias de estas chicas. ¿Qué orden seguir? ¿La primera que conocí? ¿Aquella a la que más conozco? He intercambiado historias con más de 100 chicas y sería una pérdida de tiempo escribirlas todas, porque más de la mitad repiten el mismo hilo argumental. En mi país no hay plata, me vine acá y me dediqué a ganar dinero así. Me metí en la droga, se me acabó el dinero, volví a trabajar en esto. Así que voy a intentar seleccionar las historias que más me han marcado a mí personalmente, comenzando por Gabrielle.

 

Su historia también puede parecer normal. Una joven chica brasileña con tres hijos. La primera la tuvo sólo con 15 años.  En Brasil el dinero no da para vivir, la corrupción y la pobreza acampan por las calles y hay que buscar una salida. Se cogió un avión a Portugal, buscando la experiencia europea y una lengua que controlar. Gabrielle fue quien me enseñó a hablar portugués, aunque su castellano era casi perfecto. Tenía inquietud por todo, por aprender, por enseñar, por vivir.

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Yo la conocí en uno de sus años sabáticos. Trabajaba en un pub poniendo copas y parecía la más mala del lugar. Se le había formado un caparazón entorno al cuerpo que no permitía que nada le hiciera daño. No había sufrido en exceso, pero tampoco podía confiar en la gente. Principalmente en los hombres. Los había visto engañar, mentir, le habían pedido cosas que no quería recordar. Pudo confiar, sin embargo, en su novio desde hacía siete años, aunque siempre se quejaba de él en la cama. Tal vez tanto tiempo sudando entre sábanas la había malacostumbrado y ahora pretendía exigirle a un solo hombre la potencia sexual de cien.

 

Llegó a España a través de Galicia. En Portugal las latinas no trabajan tanto como las chicas del este, así que puso rumbo a España, paraíso del sexo latino. En Galicia estuvo tres años, en todas las provincias. Dice que nunca ganó tanto dinero como el que ganaba en Pontevedra, pero tampoco lo había gastado tan rápido. Paraíso de la droga. Todas las noches caían dos o tres gramos antes de acostarse. El deterioro físico era evidente, y en el club tomaron medidas. Fue trasladada a Asturias en un intercambio de chicas, y se quedó aquí. Trabajó en ocho clubs durante cuatro años, pero siempre acababa volviendo al mismo. Cuando quería tomarse un descanso, bailaba en un club de streptease y era camarera.

 

Una tarde me llamó para ir a ver un bar nuevo que buscaba bailarinas, fue la primera vez que hablamos de dinero. La recogí en el club y me iba contando las cifras que tenía apuntadas en su libreta. Esa semana había ganado 1200 euros y había gastado 700. Su principal gasto era el teléfono, llamaba a Brasil todos los días una hora y media para hablar con sus hijos y quería tomarse un descanso porque su cuerpo se lo pedía, así que bailaría durante un par de meses y después volvería a prostituirse.

 

Hablamos con la encargada, también brasileña. Conocí a varias chicas, las bailarinas hacían tres pases diarios y también shows lésbicos dos veces por semana. Yo encontré otra fuente de ingresos con disfraces y lencería, pero Gabrielle me dio una lección que jamás olvidaré.

 

-¿Cuánto pagáis por baile? 

-30 euros. 50 por el show lésbico a cada chica. 

-Mi chocho no vale 30 euros. 

 

Cogió su bolso y salió por la puerta sin decir ni una palabra más, con la cabeza muy alta. Yo acabé mi copa, pagué, le dejé mi tarjeta a la encargada y le dije que volvería al día siguiente con mi maleta de ropa. Gabrielle estaba esperándome junto a la puerta del coche, con el ceño fruncido y la mirada clavada en la puerta del bar.

 

Se piensan que vamos a arrastrarnos por todo, que estamos tan desesperadas por dinero que vamos a desnudarnos ahí y patrocinarles pajas a todos esos gordos por 30 euros. Yo no valgo 30 euros. Yo no tengo precio. Puedo estar con un tío en una habitación por 100 euros o por 50, eso es cosa mía. ¿Pero aguantar a todos estos babosos por 30 euros? ¿Tú has visto mi culo? Pagarían el doble por poder tocarlo, cada uno de ellos. Se le llena el bar todas las noches para ver las tetas resbalando por la barra, se imaginan que es su polla, y les pone tan cachondos que luego van al puticlub de al lado a ver a quién se pueden follar. Prefiero estar allí esperándoles. Uno a uno. Esa zorra gana más pasta vendiendo copas en un mes que yo en un año. ¿Y me quiere pagar 30 euros? 

 

 Volvimos al club, siguió trabajando en lo que sabía que le daba un dinero justo. A los pocos meses, se hartó y se fue a vivir con su novio. Empezó a trabajar de camarera en un pub con la eterna promesa de que le arreglarían los papeles y tendría un trabajo estable. Nunca sucedió.

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Yo solía prepararle la cena un par de veces al mes, un arroz con pollo, verduras y cilantro. Le encantaba el cilantro porque le recordaba a Brasil, a la comida de su madre. Me llamaba y me decía: Menina, hazme un arrocito rico y unas galletas. Lo de las galletas era por pura gula, en realidad eran pan de molde con leche condensada y cacahuetes que metía en el horno hasta turrar, y Gabrielle engullía una docena de esas galletas de una sentada. Pero su cuerpo ni lo notaba. Tenía un cuerpo escultural, moldeado tal vez a ritmo de samba.

No había pisado un gimnasio jamás. Salía del bar, se iba a casa, por la mañana la dejaba como los chorros del oro, le hacía la comida a su novio, se la dejaba en la nevera y volvía al bar. Nada que ver con la rutina que había vivido años atrás. Se quejaba de que su novio la follaba poco, y que ella necesitaba más, pero nunca le fue infiel. Tenía un sentido muy desarrollado de la fidelidad y la pareja. Le ofrecieron mil veces volver a prostituirse, pero su decisión era firme. Tenía ahorrado lo suficiente para vivir y había mandado dinero a Brasil para que su madre se ocupara de sus hijos sin cargo alguno durante un tiempo. Quería casarse con su novio, pero no tener más hijos. Quería sus papeles en regla, pero quería obtenerlos a través de su trabajo.

 

Pero eso no era tan fácil. Hay demasiado empresario dispuesto a contratar mano de obra ilegal que sale mucho más económica, y darle los papeles a Gabrielle era un gasto que nunca tenían previsto. Intentó moverlo por su cuenta, y me llamó desde Madrid desesperada porque no tenía forma de conseguirlos. Volvió a casa, nos vimos un par de veces, y cuando fui a buscarla la tercera vez, ya no estaba. Una orden de expulsión y una denuncia estúpida por algo que ni siquiera había hecho se encargaron de llevarla junto a su familia.

 

La última vez que hablamos por teléfono me dijo que había conseguido un trabajo, que vivía frente a casa de su madre y que veía a su hija todos los días. Está guapísima, Andrea, es una mujer. Es alta, es muy guapa, tiene unos ojos azules preciosos. Es el orgullo de su mamá. Quiere aprovechar para estar el mayor tiempo posible con ella ahora que puede. Lleva en Brasil dos años, pero piensa volver. Sabe que para ello alguien tendrá que pagarle el billete y que después tendrá que devolver ese dinero prostituyéndose. No le importa. Es algo que tiene asumido, que ya ha hecho y que no le importará volver a hacer. Su novio aún la espera. Todo lo que dejó aquí, aquí lo tiene.