NIÑOS & ANIMALES

NIÑOS Y ANIMALES [imagen]

Por KEPA TAMAMES

 

Corren tiempos de grandes cambios por lo que al concepto de familia concierne. Salvo los sectores sociales más conservadores, cada vez se acepta con mayor naturalidad el núcleo familiar como grupo “de facto”, y por lo tanto no tan sujeto a ideas preconcebidas y dogmáticas. La clásica fórmula del “matrimonio y parejita” se nos vuelve arcaica por momentos.

Así las cosas, resulta cuando menos paradójico que, al tiempo que el progresismo ético va ganando terreno a modelos estancos, todavía demasiada gente sigue considerando casi ofensivo el hecho de que pueda aceptarse a un perro (o a un gato, hámster, pez, tortuga o periquito) como un miembro más de nuestro grupo afectivo. Pero tales posturas pertenecen al campo de las mezquindades humanas, de las que, a la vista de los hechos, tanto nos cuesta zafarnos.

Para otros, el grupo familiar incluye –desde una perspectiva emocional– a individuos que no pertenecen a nuestra especie. No se trata ciertamente de una actitud novedosa dentro de nuestro sistema moral. Esta predisposición afectiva nos acompaña desde siempre, y la sociedad del bienestar no ha hecho sino acentuarla y ponerla de manifiesto. Y –también en este campo– son los niños quienes adoptan un comportamiento más natural, libres aún de clichés arbitrarios que, una vez asumidos, les acompañarán durante toda la vida.

Especialmente ilustrativa resulta la encuesta realizada hace algunos años a niños y niñas de entre 7 y 12 años pertenecientes a cinco países europeos, entre los que se encontraba el España. La consulta reveló que aquellos incluían de manera natural a sus animales entre los miembros de la familia. Tan revelador dato puede ser un excelente punto de partida para una reflexión genérica sobre el papel que juega la presencia de animales en la educación, y en general en el desarrollo emocional de cada uno de nosotros. En dicho sentido, parece claro que la convivencia diaria con animales aporta, cuando menos, elementos y valores deseables en cualquier sociedad, como la responsabilidad, el respeto a los demás y la empatía, además de conseguir una familiarización del niño con realidades dolorosas pero inevitables, como la enfermedad, el deterioro físico y la muerte. Si se establece un contacto honesto, libre de actitudes egoístas o de supremacía grupal, la relación con ellos representa una fuente continua de estímulos positivos, que aportan un gran equilibrio emocional para todas las partes. Así las cosas, se hace difícil imaginar algunas de las trágicas situaciones que con tanto énfasis (¿puro y simple morbo?) recogen los medios de comunicación, en las que determinados animales han causado daños irreparables a personas. La estadística se muestra tozuda en este aspecto, y evidencia que el sentido común y una buena dosis de responsabilidad hacen más que cualquier educador profesional.

Los estudios realizados en torno a la experiencia de niños que conviven cotidianamente con animales diagnostican que los primeros desarrollan con el tiempo un sentido de la autoestima más acusado, una mayor responsabilidad en todos sus actos y que, en general, suelen afrontar con mayores garantías de éxito situaciones personales conflictivas, como en el caso de episodios depresivos. El niño o niña crea con el animal (especialmente si se trata de seres con una gran capacidad de comunicación, como los perros, gatos o caballos) un mundo paralelo en el que se refugia cuando otras alternativas han fracasado. Se confiere así a los compañeros animales el papel de confidentes, con la seguridad añadida de que no nos van a contradecir. Precisamente por todo ello, la utilización de los animales con fines terapéuticos por parte de determinadas disciplinas de la medicina es hoy algo asumido por buena parte de los profesionales de numerosos campos científicos. Sin embargo, conviene recordar en este punto que se corre el riesgo de acabar viendo a los animales como meros recursos, condicionando su bienestar a los beneficios que obtengamos de ellos. Debe quedar claro, en consecuencia, que los animales tienen sus propios intereses. Es lo que muchos filósofos denominan “valor inherente”, es decir, aquel que debe ser reconocido con independencia de la interacción que los humanos tengamos con ellos o la simpatía que despierten en nosotros.

Respecto a la decisión de convivir con un animal, han de tenerse en cuenta ciertos factores, que, en todo caso, pueden quedar resumidos en dos apartados: responsabilidad (la que nosotros estamos dispuestos a invertir) y solidaridad (la que ellos merecen en su calidad de seres sensibles). En primer lugar, debemos siempre barajar como primera posibilidad la de adoptar uno abandonado. Existen demasiados animales sin dueño –a los que les espera una muerte segura, y en el peor de los casos una existencia miserable– como para decantarnos por acudir a un criadero profesional o a uno de los numerosos “establecimientos del ramo”. Con cariño y un poco de paciencia conseguiremos un extraordinario compañero para toda la vida.

La elección de la especie no es menos importante. En realidad, únicamente debería asumirse la tutela de aquellas cuya existencia no se conciba sino al lado del hombre, que a lo largo de la historia les ha ido dejando sin sitio en la naturaleza. Bajo ninguna circunstancia debemos colaborar con el tráfico de especies, sea este “legal” o “ilegal”, pues en ambos casos los animales provienen de un circuito comercial que les trata como meros objetos, y cuyo bienestar no se tiene en cuenta si los resultados económicos finales son los previstos. Además, no resulta fácil ofrecer un entorno adecuado a determinados animales para con los que nuestra capacidad de empatía emocional se muestra muy limitada. Es el caso de los peces o de la mayoría de los reptiles, que muchas veces languidecen durante largos periodos de tiempo en entornos absolutamente empobrecidos, y cuyas vidas convertimos –con toda seguridad sin mala intención– en una interminable agonía. Muchas veces, la compra de ciertos animales “exóticos” es fruto de un impulso momentáneo no controlado, creándonos falsas expectativas que luego los animales (¡pobres!) no satisfacen. Se origina así una frustración de la que ellos siempre acaban perdiendo. Como en tantos otros espacios vitales, no hay aquí fórmula secreta: la relación debe ser positiva para ambas partes (humanos y animales), con lo que el margen de elección se limita a poco más que perros y gatos.

Por último, y en una reflexión pública como lo es el presente artículo, no debe obviarse la relación casuística existente entre la violencia humana hacia los animales y hacia nuestros congéneres. No se trata de una cuestión menor. Numerosos trabajos de profesionales (en campos como la Psicología, la Psiquiatría o la Estadística) corroboran de manera irrefutable la estrecha conexión entre ambos tipos de maltrato. Como resumen, cabe hacer referencia a una de las conclusiones principales a las que llegan, y que afirma que “aunque no todos los que maltratan animales acaban maltratando personas, una amplia mayoría entre los maltratadores de personas agredieron en alguna ocasión a animales”. En cierto modo, este tipo de conductas obedecen a los esquemas de valores preponderantes en una sociedad dada, donde los animales siempre ocupan un estatuto claramente inferior al que disfrutan los humanos. Quien está predispuesto a conductas violentas agredirá primero a los más débiles e indefensos; aunque, por desgracia, muchas veces no se detienen ahí.

Aun teniendo la protección animal entidad propia –sin necesidad por tanto de condicionamiento alguno por las repercusiones que pueda tener en la convivencia entre humanos–, puede afirmarse con absoluta seguridad que “invertir” en protección animal es también hacerlo en respeto y consideración hacia las personas. Es por ello que si desde pequeños conseguimos inculcar a los niños valores como la empatía o el altruismo estaremos sembrando una sociedad justa.

 

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1 comment for “NIÑOS & ANIMALES

  1. nekane
    6 mayo, 2014 at 11:04

    Una vez más Kepa discrepo … Lo siento pero mi amor a los animales no me deja meterlos en el hogar y vestirlos de valentino o trapo reconvertido, los animales así no son tales!, esos que defines, son mascotas de verdad, educadas-robotizadas para premiar a cambio de un pienso, sepa dios de qué lo hagan!, caricias exageradas que no prodigamos a ningún ser humano! y, pasean con correa -lo que ya díce todo-, conducidos por sus amos -ya díce mucho más.. para mí el único y verdadero amante de los animales es san francisco de asís, y eso suponiendo que sea verdad lo que cuentan de él, de cómo quería-amaba a los animales sin distinción y a todos por igual! y sin querer domesticarlos-dominarlos, aunque sea como protección- encubierta-.. así que mi voto es por la libertad animal y no por la esclavitud en hogares en los que apenas cabemos nosotros

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