Muerte violenta de un hijo

Por Verónica Álvarez

Esta mañana iba caminando por la calle y me disponía a cruzar un semáforo mientras dos señoras hablaban a mi lado. Comentaban que habían escuchado por la televisión de que habían pasado ya cuatro años de la desapación de Marta del Castillo, y que parecía increíble lo rápido que pasaba el tiempo. Y realmente tienen razón. Hace cuatro años media España estaba todavía con el aire contenido esperando noticias de la joven sevillana de la que jamás se supo el paradero y que fue asesinada por Miguel Carcaño, condenado a veinte años de prisión.

 

Estos cuatro años han pasado rápido para el resto del mundo, para la gente que no somos su familia, para aquellos que hemos vivido el caso de manera indirecta, pero, ¿Cómo lo han vivido esos padres? ¿Cómo se supera la muerte en semejantes circunstancias de una hija? ¿Se llega a superar alguna vez algo así? ¿Qué particularidades tiene el caso de Marta del Castillo para esa familia?

 

Pues bien, os voy a explicar un poquito como va el tema desde mi modesta perspectiva. Estudié una asignatura llamada «Intervención en Crisis y respuesta al trauma». En ella estudiábamos desde lo que era un trauma hasta sus efectos y las diferencias que puede causar en las personas dependiendo de su personalidad, los mecanismos de resolución de conflictos que tenga y el hecho que cause ese trauma. Para esto os recomiendo encarecidamente la lectura tanto de los artículos como de una monografía de Enrique Echeburúa titulada «Superando un trauma». Es un estupendo trabajo que puede ser de gran ayuda para gente que sufra una situación estresante causada por un hecho violento, donde se cuentan casos reales y que puede ayudar a entender como se sientes estas personas.

 

Antes de continuar debería avisar que puede ser que la entrada afecte demasiado a gente que haya vivido alguna situación de esta, por eso no recomiendo seguir leyendo a partir de aquí para evitar un atragantón innecesario.

 

Para empezar deberíamos decir que la muerte de un hijo siempre supone un trauma difícilmente superable, dado que se invierte la biología humana, es decir, lo normal es que tengamos que despedir a nuestros mayores, a personas que mejor o peor ya han vivido su vida, y no a los más jóvenes, que por las leyes vitales aún les queda mucho por hacer, pero lamentablemente esto no ocurre así. Y todo se intensifica si encima ocurre de manera violenta: en un asesinato, secuestro, o ataque terrorista, donde los efectos son todavía más devastadores.

 

En estas situaciones los padres sienten que no tienen el poder sobre la vida, y el dolor es mucho más agudo cuando ocurre una doble victimización (por ejemplo, que la víctima haya sido violada y asesinada), cuando el agresor no ha sido identificado, cuando se atribuye la muerte al estilo de vida de la víctima, o cuando no aparece su cuerpo, como ha sido precisamente el caso de Marta del Castillo, en el cuál, sus padres ya no se preocupan tanto por la pena que pueda tener el asesino confeso, sino por saber donde está su hija para poder enterrarla y tener un lugar al que poder ir a llevarle flores y llorar.

 

Cuando perdemos a un ser querido, las primeras reacciones que solemos sufrir es la pérdida de sueño y apetito. Podríamos decir que son los primeros síntomas que nos acarrera la pérdida, además de la tristeza y el dolor lógicos de cuando sabemos que la persona que se ha ido ya no va a volver. Es verdaderamente extraño que las personas no experimenten estos síntomas, o por ejemplo problemas de concentración cuando ocurre esto. En las personas más mayores es todavía peor, porque sienten los sentimientos de soledad y el temor a lo que pasará en el futuro. Tampoco es extraño que a la familia le queden sentimientos de culpa por no haber hecho más feliz a la víctima cuando vivía, lo que puede generar también asiedad y mucha frustración que pueden favorecer la aparición de enfermedades físicas y mentales a posteriori.

 

Y ahora es cuando nos plantemos. ¿Siempre nos sentimos de la misma manera cuando fallece un ser querido? ¿Atravesamos alguna fase? Pues sí, lamentablemente para superar la pérdida de un ser querido tenemos que ir pasando por una serie de fases que van dando paso a otra hasta la completa recuperación. Son cuatro y las describimos a continuación.

 

1. Shock o Parálisis. Se produce inmediatamente después de la muerte y nos provoca agitación y embotamiento, no nos creemos que esa persona ya no esté y tratamos de buscar explicaciones y culpables. Es mucho más acentuado en una muerte violenta e inesperada, porque necesitamos saber quién ha sido y porqué, buscamos desahogar la ira contra alguien, de ahí la agitación y ansiedad que provoca.

 

2. Dolor y Alivio. Cuando llegamos a esta fase más o menos habrán pasado dos semanas de la muerte de la persona fallecida. Ya comenzamos a aceptar que se ha ido, pero se instauran en nosotros la pena y el dolor, y la resignación al saber que por mucho que nos empeñemos, no va a volver a estar aquí.

 

3. Resentimiento. Habrán pasado entre dos semanas y cuatro meses. Los sentimientos más característicos de esta fase son la depresión, la ansiedad, irritabilidad e inseguridad. De nuevo tendemos a buscar culpables, a saber porqué lo han hecho, ahora que hemos aceptado que esa persona ya no está queremos saber qué es lo que ha pasado y porqué, nos reconcome la rabia y tendemos a pensar que no estamos seguros, y este sentimiento es muy importante. Hay que trabajar mucho con él especialmente con personas que sufren una ataque terrorista, porque es algo que los atormenta poderosamente, el hecho de saber que no pueden confiar en nadie, que no pueden diferenciar a simple vista a quien les hace daño y que el mundo es un lugar donde ocurren cosas aunque haya mucha gente trabajando para evitarlo.

 

4. Recuerdo. De tres a doce meses desde el fallecimiento. El tiempo no borra el dolor que hemos pasado. Para mí, aquel refrán de «el tiempo todo lo cura» es una mentira gordísima. El tiempo no hace milagros, no hace que de buenas a primeras hagamos como que nada ha ocurrido y tengamos una vida normal. Y menos como digo cuando ocurre en el caso de la muerte violenta de un hijo, donde por mucho que nos empeñemos, de una u otra forma nada vuelve a ser igual. Recordemos que según un estudio que hizo Echeburúa, el 20’% de los padres que pierden a sus hijos en estas circunstancias no llegan a superarlo jamás. Lo que hacemos es aprender a vivir con ello, a pensar que la vida sigue y que esa persona descansa y que no sufre, por eso vuelven los recuerdos a nuestra mente, y sobre todo, la pena, esa compañera de viaje a quien tanto le cuesta abandonarnos.

 

Los primeros síntomas posteriormes a la muerte no marcan la tendencia de cómo afrontará el duelo esa persona. Es posible que al principio reaccione positivamente y el duelo sobrevenga convirtiéndose en crónico, es posible que la tristeza perdure durante años y se convierta en duelo patológico, o es posible que la persona lo supere con cierta facilidad y recupere su vida normal pronto, depende de cómo han sido las circunstancias, el lazo que nos una a esa persona y sobre todo los mecanimos de afrontamiento que tenga cada uno. Cada persona afronta la muerte de manera diferente. Y para ello, os relataré un caso que he tomado del libro de Echeburúa:

 

«Un padre superviviente del asesinato en un atraco de un niño de 12 años, que perdió la vida junto a una chica de 20, logró volver al trabajo y llevar una vida normal. Pero, cada tarde, al regresar del trabajo, cerraba los ojos y apretaba el jersey del pequeño entre sus manos: sólo con su olor era capaz de calmar transitoriamete la ansiedad de los recuerdos».

 

«La madre de la otra víctima quitó los muebles, tiró la ropa, quemó las fotos… etc. Ea otra manera de tratar de espantar el dolor».

 

Como veis, ante un mismo hecho las reacciones pueden ser muy diversas. Todo depende de como enfrentemos el dolor y como pensemos que podemos sobreponernos antes, unos los hacen de una forma, y otros de otra, el caso es salir adelante juntos. No hay que olvidar además que en los casos en que un hijo muere de manera repentina y violenta la relación de pareja se resiente notablemente, dado que es posible que uno de los dos progenitores esté más afectado y tienda a echar culpas al otro, lo que debilita la situación. Por ejemplo, en casos en que la víctima ha sido violada y asesinada el padre puede sentir vergüenza de ser hombre y puede costarle tener relaciones con su pareja, e incluso tener muestras de afecto con sus otras hijas.

 

Pero centrémonos ahora más en el caso en que el cuerpo de la víctima no aparece, que como sabemos, es lo que ocurrió en el caso Marta del Castillo. Si de por sí la muerte de un hjo es traumática, es más todavía cuando se le da por desaparecido que por muerto inequívocamente. Cuando se muere un hijo, existe un cadáver, existe una fecha que recordar, existe un lugar dónde está enterrado y dónde se le puede ir a llorar, por todo ello se facilita la elaboración del duelo y se pasan las fases con una mayor «facilidad».

 

¿Pero y si el cuerpo del hijo no aparece nunca? Pues bien, esto ocurrió por ejemplo también en caso de las Torres Gemelas del World Trade Center en los atentados del 11-S, cuando el 60% de las víctimas de las mismas desaparecieron entre los escombros. Las estrategias de afrontamiento cuando la víctima no aparece es todavía peor, dado que a pesar de que sabían que habían muerto, la ansiedad generalizada por la no aparición intensifica el sentimiento de dolor y es necesario buscar otra red de apoyos diferente. Por eso se dice dentro del lenguaje psicológico que «es preferible tener un cadáver que un fantasma». Porque cuando existe un cuerpo te resignas sabiendo que está ahí, que ha fallecido y que no hay nada que hacer, que tarde o temprano aprenderás a vivir con ello, pero en cambio cuando desaparece, especialmente los padres, guardan la esperanza de que vuelva y nunca abandonan del todo ese sentimiento. Es más, es posible incluso que sigan haciendo labores domésticas que hagan pensar que el joven no ha muerto, como por ejemplo dejar intacta su habitación, plancharle la ropa o no echar el cerrojo de la puerta por si vuelve en medio de la noche. Eso significa que el duelo no se ha idealizado, que no se ha aceptado, y por tanto se niegan a reconocer que el hijo ha muerto.

 

En estos casos, la incertidumbre de lo ocurrido provoca que los familiares sigan en vilo y se atormenten continuamente con lo sucedido, alimentan la esperanza de su regreso y están dispuestos a casi todo con tal de encontrarlo vivo o muerto, la búsqueda pasa a ser el centro de su vida, por eso se dificulta la aceptación y se convierte a la persona en una especie de verdugo que no hace sino empeorar la situación.

 

Para saber a qué nos estamos refiriendo nos puede venir estupendamente bien el caso de la familia Martini, que sufrieron la pérdida de dos hijos en la dictadura militar Argentina en 1976.

 

«Jorge, de 47 años, arquitecto de profesón, y Claudia, maestra, son una familia de clase media-alta de Buenos Aires, muy religiosa y de ideas políticas conservadoras. Tienen 3 hijos: Raúl, de 21 años, estudiante de Derecho; Juan Domingo, de 20 años, alumno de Arquitectura; y Eva, de 19 años y estudiante de Medicina. Sus hijos mayores tienen ideas izquierdistas y están compometidos con actividades pacíficas de oposión a la dictadura militar. Al término de una manifestación, Raúl cae muerto por disparos de la policía. La familia queda sumida en una depresión, pero los padres, gracias a su equilibrio emocional, su religiosidad y el apoyo social recibido por parte de sus amigos, consiguen recuperarse paulatinamente y reemprender su vida normal. A los 9 meses, en un período de agitación estudiantil en la Escuela de Arquitectura, desaparece Juan Domingo, sin que se tengan noticias de él pese a las reiteradas e intensas gestiones realizadas por la familia ante la Policía y el Ejército. El apoyo social recibido es muy alto, pero la madre manifiesta un trastorno de estrés postraumático del que no logra recuperarse. Un año después, a pesar de los meses transcurridos, no se resigna a pensar que su hijo ha sido asesinado y tiene pensamientos recurrentes, incluso alucinaciones, en relación con el regreso del hijo desaparecido, rechazando de plano cualquier insinuación de su mardo e hija referida a la posibilidad de que haya muerto. No acepta que pueda celebrarse un funeral por el alma de su hijo. Es más, deja la habitación de Juan Domingo preparada y con la cama hecha, incluso con la guitarra en su sitio, para cuando llegue a casa. Los padres son capaces de hablar con tristeza, pero con sosiego, de su hijo Raúl, y de los momentos alegres vividos con él, pero se sienten atenazados por la angustia cuando surge el nombre de Juan Domingo. La madre ha abandonado el trabajo de maestra e invierte todo el tiempo disponible en reuniones con otras madres de desaparecidos y en gestiones para poder dar con el paradero de su hijo ausente».

 

Como veis podríamos pasarnos horas hablando sobre el tema y llegaríamos a la misma conclusión: si ya de por sí la pérdida de un hijo supone algo contrario a la biología humana, no digamos el trauma de por vida que puede causar el hecho de que no aparezca el cuerpo de la víctima, como ha ocurrido en el caso de los padres de la joven Marta del Castillo, desaparecida hace cuatro años en Sevilla y de la que todavía se desconoce su paradero a pesar de que ya se ha condenado en firme al asesino confeso.

 

He llegado a escuchar de palabras de su padre que ya prácticamente les da igual la pena que le impongan, ellos lo único que quieren es saber lo que ha pasado con su hija, recuperar el cuerpo, enterrarla y tener un sitio en el que llorarla. Y no me extraña, porque en esas circunstancias esa pobre gente no va a parar de sufrir nunca.

 

Lo mismo ocurrió casi con el caso de los niños de Córdoba, asesinados presuntamente (recordemos que no ha salido juicio) a manos de su padre, José Bretón. Lo único que pedía Ruth Ortiz era encontrar a sus pequeños para darles sepultura, tal y como ocurrió el pasado verano gracias a las investigaciones del profesor Etxebarría que verificó que los huesos encontrados en Las Quemadillas pertenecían a dos pequeños y no a animales como originariamente habría dicho Josefina Lamas, perito de la policía de Córdoba.

 

A pesar de que los restos no han sido entregados todavía, la madre ya puede saber que se trata de sus pequeños y puede ir haciéndose a la idea de que han fallecido, por lo que el duelo ya puede comenzar y así ir recuperando progresivamente su vida normal, aunque dudo realmente que todo pueda volver a ser normal para ella algún día después de haber pasado eso. Como para los padres de Marta en el caso en que se llegara a encontrar el cuerpo, solo por lo que han pasado no creo que levanten cabeza en la vida.

 

1 comment for “Muerte violenta de un hijo

  1. 28 enero, 2013 at 14:04

    He leido vuestro articulo con mucha atecion y me ha parecido muy ameno ademas de claro en su contenido. No dejeis de cuidar este blog es bueno.

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