LOU REED Y YO

Mi primer contacto con Lou Reed fue como empezar la casa por el tejado: con su disco de 1989 “New York”. Cuestión generacional. Yo entonces era un adolescente que se sentía invadido por el espíritu del rock y sus mensajes (tópicos) de rebeldía, con muchas ganas de distinguirme de la música más comercial, popera, discotequera y blandita que enganchaba a las quinceañeras circundantes. Claro que lo cierto era que tampoco yo iba mucho más allá de U2 o Bruce Springsteen, pero con esa inocencia juvenil me iba creyendo lo de alternativo, duro y rockero, y sentía que era momento de conocer el legado de los Rolling Stones y otros descendientes de Satán.

Con ese ánimo me enteré de que había un tipo, por lo visto historia viviente del rock ya que venía de ser uno de los pioneros desde los años sesenta, que cantaba sobre sexo explícito, putas, y maricones, y concretamente le escuché contarme algo de un niño marginal que soñaba evadirse de la miseria en la que vivía alrededor de un “Dirty Boulevard”. La estructura musical de este tema, esa extraña voz, ese recitado, me resultaban distintos de la música que yo solía escuchar, pero curioso, morboso y muy adolescente, decidí profundizar en aquello. Asumiendo el riesgo me compré el vinilo en cuestión sin muchas más pistas (eran tiempos pre-internet y la radio no ayudaba demasiado en cuestión de Lou Reed). Pronto intuí que ahí había algo más allá de los tópicos musicales y clichés que, al fin y al cabo, me servían como referentes fuera yo consciente de ello o no.
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Y entonces ya no fue una cuestión de melodías o ritmos con gancho; de súbito descubrí una nueva manera de entender las canciones de rock, la importancia de un sonido distintivo, quizás no de inmediata digestión pero lleno de matices que te van calando hasta el fondo y, sobre todo, el poder de unos textos. Fue más tarde cuando me enteré que este “New York” representaba el renacer en la carrera discográfica de un icono como Lou Reed, un Lp brillante a la altura de lo mejor de una obra que, por aquel entonces, se percibía ya casi como una cosa más del pasado que del presente. Me subí tarde al tren de Lou Reed, pero el momento fue el adecuado.

“New York” fue mi portal de entrada, un momento decisivo en la creación de mi devoción por eso del Rock & Roll, pero en realidad no fue el momento más impactante que me provocaría la música de Lou Reed. Desde luego, ya había decidido que seguiría la carrera de este señor, y así fui adquiriendo sus siguientes (y magníficos) discos “Songs for Drella” o “Magic and Loss”, pero lo cierto es que inmediatamente tampoco profundicé en su obra pasada (repito que entonces no era tan fácil tener acceso a escuchar todo lo que a uno le llamaba la atención). Como mucho, pude leer en algún medio especializado (una revista de esas que se publican en papel) que hubo en los años sesenta una banda a la que perteneció Lou Reed que debió haber sido ser muy influyente y mítica, la Velvet Underground.

El verdadero shock fue cuando, a través de una cinta virgen grabada (tan habituales en los años ochenta y primeros noventa) que rondaba por mi casa y de procedencia desconocida, y que incluía la banda sonora de la película “The Doors” de Oliver Stone, y que decidí emplear como toma de contacto para conocer la banda de Jim Morrison, me sacudió un tema que, precisamente, no era de The Doors. Un sonido oscuro y extraño, unos versos intrigantes y una intensidad malsana me sacudieron completamente. Me acerqué a comprobar el nombre de la canción y del artista en los garabatos escritos a mano por quien hubiera grabado aquella cinta. Se trataba de “Heroin”, de la Velvet Underground.
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El impacto fue tal que me lancé a investigar ya a fondo sobre la banda y ya por fin conseguí el famoso álbum de debut con el plátano de Andy Warhol en la portada. El impacto inicial de “Heroin” se multiplicó con “Venus in Furs”, “All Tomorrow Parties”, “Waiting for the Man” o “I’ll Be Your Mirror”. Devoré los textos cantados por Reed o por Nico, me informé de lo que rodeaba a Lou Reed y la banda en aquellos años, me sentí completamente fascinado por lo que representó la Factory y su universo creativo, libre, extremo, autodestructivo (un mundo que yo, lógicamente, idealizaba). Deseé haber vivido en el Nueva York de mediados de los sesenta. Aquello fue, claro, una fase muy juvenil, muy de descubrimiento, pero la recuerdo con enorme afecto y fue trascendental en muchos de los criterios personales que en esas edades se afianzan.
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A menudo los descubrimientos musicales que hacemos los realizamos guiados por referencias previas, actos conscientes que nos llevan a buscar la música (o el cine, o la literatura, o la pintura…) de un artista u otro. En mi caso, tanto con Lou Reed como con la Velvet Underground me ocurrió espontáneamente, sin buscarlo. Se dice que la Velvet acabó con la inocencia juvenil en el rock, que supuso un punto de inflexión que llevó esta música a una posición más adulta y radical, incluso más intelectual. Es un lugar común discutible (mucho podría opinar alguien como Bob Dylan al respecto), pero en mi caso sí que fue un detonante decisivo a la hora de entender el valor y el potencial de la música que me cautivaba.

Evidentemente, ya a partir de entonces abordé con ansia la búsqueda de la música que tanto la Velvet Underground como Lou Reed habían creado en el pasado. No sé si después de este homenaje que busco hacer a Lou Reed con este texto me animaré a emprender en este mismo espacio un recorrido por esa trayectoria musical, porque textos al respecto por parte de eruditos y estudiosos ya hay muchos, y probablemente notablemente mejores que lo que yo pueda contar, pero debo subrayar, en estos días en los que le despedimos, que Lou Reed no sólo es una de las figuras más míticas e influyentes de la historia del rock por derecho propio, uno de los artistas que tiene más que ganado un lugar en las enciclopedias, uno de los mejores letristas, un punto de inflexión en el proceso de madurez de la música contemporánea, un referente para el rock, para el glam, para el punk, para el metal, para el noise… Lou Reed es parte de mi historia personal.

El pasado Sunday Morning murió, pero dejó detrás de él un montón de grandes canciones y brillantes textos.  Muchas gracias Lou.

Gonzalo G. Chasco

gonzalogchasco@gmail.com

1 comment for “LOU REED Y YO

  1. Pedro.
    5 noviembre, 2013 at 16:48

    El poeta de las cloacas que caminaba por el lado oscuro del alma. Verdades que raspan como la lija. Versos de terciopelo.
    R.I.P.

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