La responsabilidad de los maestros en el acoso escolar

_El acoso escolar es un problema real innegable, pero que solo se reconoce cuando las consecuencias se hacen notorias, graves y públicas._Mireia Long

Acoso escolar, un problema que empieza a ser prioritario. Suicidios, casos de abusos y maltrato entre compañeros, agresiones y situaciones de sufrimiento emocional intolerable que dejan secuelas de por vida. Sucede y, hasta que no llegamos a las más terribles consecuencias, es invisible en muchas ocasiones.

Recientemente hice una consulta a numerosos adultos que explicaban que habían sufrido acoso escolar en su infancia y la respuesta mayoritaria fue que no solo los abusos fueron minimizados por los profesionales de la Educación, sino que los negaban, revictimizaban al niño dando a entender que era responsable de lo que le pasaba o se oponían a cualquier acción o investigación. Era común que, quienes consiguieron revertir la situación habían confiado en sus padres y estos habían sido quienes habían tomado cartas presionando, a veces sin demasiado éxito, en el colegio. La mayoría de los que no recibieron ayuda explicaban que todavía sentían las secuelas, en forma de falta de confianza en ellos mismos y ansiedad en el trato con otras personas, dificultades para poner límites y una gran tristeza al pensar en su infancia. Muchas víctimas de acoso reclaman que los profesores banalizaron la violencia que estaban sufriendo y hoy, me temo, el problema sigue existiendo.
¿Cuál es el alcance real del problema del acoso en las aulas? El trabajo más completo en este sentido es el Informe Cisneros, que, pese a haber sido criticado por su metodología, intereses manifiestos o por no considerarse acoso muchos de los fenómenos que dicho informe calificaba como tales, la negación del problema creo que solo sirve para su perpetuación.

El Informe Cisneros (2006) indica que es en los primeros años de Primaria cuando las cifras de acoso escolar son mayores, llegando al 40% de los alumnos como víctimas en sentido amplio, pues se incluyen las burlas, el aislamiento y los motes despectivos. No solo, no nos equivoquemos, las palizas o humillaciones organizadas en grupo, que son los casos más graves, son los únicos modos de acoso.

Este estudio revela que un 23,2% de los niños españoles vive el acoso escolar a diario en cifras generales. Además, un 53,7% de las víctimas de acoso escolar presenta síntomas de estrés postraumático, el 54,8% sufre depresión, el 53% tiene una imagen negativa de sí mismo. Añade que también, la modalidad más frecuente de bullying es la que se refiere al bloqueo social (marginación, aislamiento), presente en el 30% de los casos. Le siguen el hostigamiento (21%), la manipulación (20%) y la coacción (17%), la exclusión social (16%), intimidación (14%), agresiones (13%) y amenazas (9%) completan la tabla.

A estos datos habría que añadir que los estudiantes LGTB y los superdotados son víctimas prioritarias del acoso, el 50% de ellos en el primer caso (y yo creo que son más) y el 80% en el segundo. Los niños que provienen de otras culturas o son de etnias diferentes a las mayoritarias, los que tienen algún rasgo físico fuera el canon, los estudiosos, los tímidos, los menos agresivos y los que tienen alguna discapacidad son también las víctimas preferidas aunque, realmente, hay que dejar de poner el foco en que es lo que provoca al agresor, sino en el mecanismo de la agresión y el rechazo al diferente.

La cuestión, por si misma, ya es terrorífica. Pero creo que es especialmente peligrosa la minimización de las conductas violentas en las aulas, pues, consentirlas en forma leve, simplemente enquista la situación, haciéndola permisible. Considerar “cosas de niños” las agresiones verbales, emocionales o físicas, de no ser que lleguen a más, evita que el agredido tome conciencia de que tiene recursos propios y que puede además, pedir ayuda a los adultos responsables de su cuidado en la escuela, sino que ofrece un apoyo implícito a los agresores, algunos de los cuales aumentarán la intensidad de estas agresiones y las convertirán en verdadero acoso sistemático.

El acoso escolar es un problema real innegable, pero que solo se reconoce cuando las consecuencias se hacen notorias, graves y públicas. El papel de los profesionales de la Educación es vital para su detección, apoyo a la víctima y atención a los niños que acosan para tratar de recuperarlos. Existen protocolos de actuación pero no están funcionando correctamente y las cifras del acoso escolar son una verdadera muestra de que los niños pueden estar sufriendo, en cifras muy altas, una exposición a la violencia en edades tempranas que va a marcarlos de por vida, tanto si son los que acosan, como los que reciben el acoso, como, también, si son sus espectadores.

A los maestros les puede costar detectar y reconocer es que en su aula se está produciendo un caso de acoso escolar. Si bien en Primaria el contacto con los alumnos es mayor, en Secundaria la situación es más complicada por pasar menos tiempo con la clase, pero igualmente serán los profesores, y especialmente el tutor, quien debería alertarse de lo que sucede para poder acudir a los orientadores inmediatamente.

Los niños normalizan la violencia. Se les ha enseñado a despreciar al diferente, al débil y sobre todo, a callar para ser aceptados y a no ser chivatos. Pero, cuanto más tardemos en ver los síntomas y menos dispuestos estemos a señalar que la violencia, de cualquier tipo, es inadmisible y la reconozcamos como tal, más posibilidades habrá de que se convierta en algo habitual y nos encontremos con víctimas de bullying y con una clase que asiste a esas actuaciones y las normaliza.

La semana pasada hablé sobre como los padres son modelos que enseñan a los niños a acosar. Pero, ¿y los maestros tienen alguna culpa?
Como no todos los padres acosan y son modelo de acoso, no todos los maestros son responsables, pero negar que ciertos comportamientos normalizados son causa de la normalización del acoso sería negar una realidad.

Los propios maestros pueden llegar a convertirse en un mal ejemplo si se burlan de los alumnos, los humillan aunque piensen que es solo una broma, o los tratan con gritos o les dirigen palabras negativas. También pueden hacerlo si, en alguna ocasión, se permiten expresar opiniones discriminatorias. Quizá esto no os haya sucedido nunca o no conozcáis a nadie que lo hace, pues, por supuesto, no es lo habitual, pero sucede, desgraciadamente sucede y si preguntamos a los niños, sin prejuicios, sobre cómo se sienten con algunos tratos recibidos durante los años de su escolarización por parte de adultos del centro y nos quitamos la venda de los ojos, podremos asumir que no es un hecho imposible.

Cuando a un niño se le etiqueta de tonto o de malo, o se hace desprecio de su trabajo, están los maestros enseñando a acosar. Cuando a un niño al que le han pegado en el recreo de Infantil y nadie actúa minimizando su sufrimiento, estamos dando alas a los acosadores futuros. Cuando se permite que un grupo, generalmente de jugadores de futbol, se apropie del uso de los campos de juego, apartando a los demás, se propician las relaciones de violencia encubierta. Cuando no intervenimos para evitar burlas a un niño que está menos dotado para el deporte, o prefiere juegos “de niñas”, o hacen comentarios sexistas u homófobos, estamos preparando el acoso. Cuando a un pequeñín se le reprende por llorar, se le deja meado en clase, se le manda “a la clase de los bebés” por no estar en silencio o se le señala la manita con una pegatina negativa que todos ven, estamos poniendo semillas de acoso. Cuando una maestra, y no me digáis que nunca ha pasado, le rompe el niño sus deberes porque están hechos una marranada, está enseñando a acosar. Cuando un profesor se refiere despectivamente a sus alumnos en una reunión de claustro, o les habla con sarcasmo hiriente, o los amenaza con un castigo colectivo, está enseñando a acosar. Podría seguir, pero está claro que hay educadores que necesitan cambiar su manera de entender y acompañar a los niños en su crecimiento.

Además de una cultura que minimiza las burlas y agresiones si no son “demasiado graves” o son cosas de niños, hay más razones en la misma escuela para propiciar estos comportamientos. La más importante es la propia naturaleza de la organización escolar que impide la presencia de los padres en los centros de manera libre, que separa prematuramente a los niños de sus figuras de apego, que reúne niños de la misma edad con una ratio por educador que hace imposible realmente que los atienda de la manera natural en la que los seres humanos atienden a sus cachorros, que machaca a los niños desde temprana edad con unas clases aburridas, exámenes bajo presión, notas y deberes que los dejan exhaustos…

Y es que para detectar el acoso una de las herramientas más poderosas es la observación del grupo y sus dinámicas. Nunca debe permitir que se burlen de un compañero en la clase y, si presencia cualquier insulto o agresión, pararlo inmediatamente, no minimizarlo, y acudir a la dirección del centro si es necesario. No son cosas de niños. Pero si un solo maestro debe supervisar a 25 niños es imposible, por más motivado y entregado que esté, que pueda participar en sus dinámicas de relación y educarlos, con ejemplo, contención y modelos adecuados, para reconducirlas. Es imposible que deje de haber acoso escolar mientras las necesidades de los niños y sus emociones no sean la prioridad y eso no puede hacerlo una única persona por 25.

Otra cuestión es la de darle confianza a los niños para que puedan contar lo que les sucede. Y para que un niño confíe debes tratarlo con respeto y confiar en él. Una vez rota la conexión, el niño callará, pues la primera vez que habló se negó el que lo que contaba tuviera importancia. Los niños tienen que saber que van a ser escuchados y defendidos por la autoridad, como cualquier adulto puede acudir también a instituciones si es agredido de algún modo. No hay diferencias, pero ellos están más indefensos, y además, el proceso de victimización puede convertirlos en personas vulnerables a largo plazo, con consecuencias terribles. Tenemos que creerlos, nunca decirles que se defiendan o que no es para tanto.

Además deberíamos realizar en clase debates y dinámicas que favorezcan las relaciones cordiales del grupo, la confianza en ellos mismos y la seguridad de que van a poder contarlo y ser atendidos. Uno de los mayores problemas que relatan las familias es que los colegios no actúan rápida y contundentemente cuando sus hijos se lo explican y acuden pidiendo soluciones.

No hay que esperar ni hay que dejar que un niño acosado siga pasando ni un día más por esas situaciones, hay que ser rápidos y, si es necesario, separar al agresor lo antes posible de su víctima. Pero sobre todo hay que favorecer que los niños hablen, pues muchos callan durante demasiado tiempo pensando que nadie les va a escuchar, creer o ayudar.

También es papel del maestro evitar acciones que provoquen competitividad o señalar públicamente la falta de aseo, aplicación, mal rendimiento o las calificaciones dadas. Los mensajes a los alumnos deben ser positivos, de reforzamiento, alabanza o consuelo, ayudándoles a superarse pero nunca poniéndolos en evidencia. Y por supuesto debe ser muy cuidadoso tratándolos por igual, que no haya ninguna preferencia o se distinga a alguno como el mejor o el peor.

Cuando el maestro observa a los niños puede darse cuenta de si hay alguno en evidente aislamiento o si se apartan de él y recibe comentarios o cuchicheos. Además, el propio niño nos va a mostrar, aunque no lo cuente, que está bajo tensión, sus calificaciones pueden bajar y su actitud ser triste y huidiza. Habrá niños más populares o que disfruten más de los grupos grandes y otros que tengan menos amigos o jueguen menos en grupos, pero el aislamiento y los gestos de desprecio se notan, y mucho.

Sería indispensable que, de todos modos, los centros no dejaran este peso sobre los hombros de los maestros individualmente, sino que existan instrucciones, protocolos y medidas de formación y concienciación a todos los niveles, para que maestros y niños sepan reconocer lo intolerable de la violencia escolar en todas sus manifestaciones.

Desgraciadamente el acoso escolar salta a los medios cada vez que se produce un caso extremo o dramático con resultado de muerte, pero mientras tanto, permanece invisible. Y una de las responsabildades de los maestros es actuar para evitarlo y pararlo, si no lo hacen, son cómplices.

Mireia Long. Co-directora y fundadora de La Pedagogía Blanca. Experta en antropología de la crianza y la educación, en pensamiento divergente, en establecer límites sin castigos y comunicación no-violenta, en aprendizaje online y cooperativo, en organización de espacios educativos y en altas capacidades.
Licenciada en Geografía e Historia, profesora, conferenciante, madre homeschooler. Ha trabajado además como periodista, publicista y actriz. Autora de los libros: “Una nueva maternidad” y “Una nueva paternidad”.
http://www.pedagogiablanca.net/
http://mireialong.com/

1 comment for “La responsabilidad de los maestros en el acoso escolar

  1. Carolina
    23 marzo, 2016 at 10:36

    Totalmente de acuerdo con este artículo. Me gustaría incidir especialmente en la etapa de Educación Infantil: tantos maestros y familias obsesionados con las fichas, con la lectoescritura, etiquetando a niñ@s (el listo, el malo, el que se hace pis)… y no se preocupan de favorecer las actividades de cohesión del grupo. Cuando hay situaciones violentas lo achacan a la corta edad de los niños y lo normalizan y minimizan.
    En mi humilde opinión (sólo soy una mamá, no soy profesional de la enseñanza), de estos polvos de Infantil vienen más adelante los lodos del acoso escolar en Primaria y Secundaria. Desde Infantil los niños aprenden a manejarse en la ley del más fuerte, aprenden a evidenciar las debilidades y fortalezas de cada compañero, y luego es como una bola de nieve que va creciendo con ellos.

Comments are closed.