La minoría que se queja

 

 

No quiero dejarle a mi hija una España en la que enterrar a un familiar supone pedir un crédito (IVA servicios funerarios y arreglos florales, 21%). En la que una peluquera de barrio pierde su negocio aunque ella no sea responsable de los errores de un modelo de desarrollo determinado y unas finanzas que han contaminado el sistema bancario (IVA peluquerías, 21%). Una España en la que un ministro “de Cultura” no se queja cuando se le impone a la industria cultural española el IVA más alto de toda la Unión Europea condenándola pues a una sentencia de muerte efectiva. En la que tenemos permanentemente apostados a un furgón de policía y varios agentes frente a un edificio vacío y de propiedad irreclamable, por si lo ocupan, pero en la que no podemos confiar en que la policía venga a casa si nos la roban.

 

En la que los continuos recortes en sanidad, educación y servicios sociales nos mantienen muy por debajo de la media de la UE en gasto social (22,7% en España frente al 30% en la UE). En la que el Estado pierde alrededor de 90.000 millones de euros cada año por el fraude fiscal, once veces más que lo que ha destinado este año a la Sanidad, los servicios sociales, la educación, la cooperación y la ley de dependencia juntos. En la que los menos favorecidos están pagando los errores de los bancos que han permitido un altísimo nivel de endeudamiento. En la que la reforma fiscal es un claro ataque contra la renta disponible de las clases medias. En la que la reforma laboral ha dejado claro que sólo servía para destruir empleo en vez de para crear nuevos puestos de trabajo, como lo prueba el hecho de que el paro aumentó, no descendió, tras la susodicha reforma. En la que las empresas pueden aprovechar para limpiar plantillas, sustituyendo el personal no deseado por jóvenes que cobran mucho menos y que además suponen unas ventajas importantes en ahorro de cotizaciones ala Seguridad Social.

 

En una España en la que las bajas por accidente laboral, huelga, maternidad, lactancia o por enfermedad superior a veinte días te pueden suponer un despido. En una España en la que trece millones de personas viven en la pobreza. En la que cuatro de cada diez parados no cobran prestación. En una España que hoy por hoy es el país con mayor desigualdad social de la eurozona.

 

Aprendimos de Churchill que las sociedades pueden aguantar austeridad, recortes y sacrificios si vislumbran una luz de esperanza al final del túnel y si alguien les alienta a luchar unidas por una fe en el bien común. Porque sólo los mediocres pueden pensar que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Porque el tiempo no puede cambiar las cosas si la voluntad colectiva no se esfuerza en cambiarlas. Pero aquí nadie vislumbra ni de lejos la salida de la crisis, sino aún más recesión y paro. La historia enseña que hay un umbral del dolor: sin avisos previos, el hilo social puede romperse si se somete a excesiva tensión.

 

Y ya se está rompiendo.

 

Pero en las situaciones que no habíamos previsto se encuentran las grandes ­oportunidades.

 

Ahora, escribir es un deber, no un capricho. Porque hace más ruido una persona gritando que cien mil calladas. Y es siempre preferible una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila.