LA FUNCIÓN

Los amigos se despiden con un abrazo teatral, excesivo, motivado por un achispado Julián más que por Roberto, el eterno sobrio que soporta las ruidosas palmadas en la espalda con estoicismo y las devuelve con delicadeza, como si acariciase el lomo de un perro viejo. Nos llamamos, nos vemos, recuerdos a los tuyos, de tu parte, saludo militar de Julián recordando viejos tiempos, mentón alzado de Roberto que pocas fuerzas alberga para nada más.
Avanza por la calle en dirección al hogar en el que esperan Carmen y la pequeña Berta, quince meses que esta noche, por la hora que es, duermen sin el beso de dulces sueños de papá. Las primeras calles del camino a casa coinciden con las que conducen al club Reinas de Corazones, calle Esperanza número veinticuatro, bajos, desde la acera se ve qué tipo de local es, Roberto, por eso entré, era evidente, una luz roja ilumina el descansillo, unas cortinas de terciopelo a los costados que ponen en situación, frente a la de la izquierda una estatua de mármol de una mujer pudorosa que se tapa las pocas vergüenzas que tienen las que trabajan dentro. Roberto pasea con lentitud el trecho libre de culpa, el que lo mismo acompaña al caminante al cielo que al infierno, el que precede al limbo del semáforo de la calle de Santa Catalina, llegado a este punto sí tocará decidir. Recuerda la confesión no solicitada de su amigo de ocasiones contadas y salpicadas de compromiso, cada vez más espaciadas y tediosas, alimentadas de las sombras de una época en las que les unían más lazos, o acaso les unían lazos. Una cana al aire, Roberto, más que importante es que es necesaria, imprescindible para no caer en el aburrimiento de pareja, etcétera. Lo mejor es recurrir a ellas, aunque sean unas hijas de su profesión, ríe. Para estos apaños son lo menos complicado, las que menos problemas te darán mientras mantengas la premisa intocable. Silencio que obliga a Roberto a arrastrar las palabras hacia la pregunta qué premisa. No has de fiarte nunca de ellas, paladea Julián como si recitase la réplica de un texto. Eh, exclama, como si algo en la actitud de Roberto hubiese indicado una disposición contraria al consejo. Eh, mentón alzado, mirada altiva fija en señal de advertencia. No has de fiarte nunca de ellas. Se crea un silencio de los que se llaman incómodos, calificativo que aquí no tiene cabida pues uno degusta la cerveza con la satisfacción de saberse el centro del diálogo, el otro aprovecha el vacío de palabras para mirar a su alrededor en busca de una mano que venga a socorrerle, sea cual sea el guante que la disfrace. O es que su mirada ansía una distracción que no encuentra en clientes ni camareros ni en una decoración austera de la que sólo destacan unos cuadros africanos de figuras estilizadas perdidas en el desierto que en la penumbra del local parecen otra cosa. A lo que vamos, a que no sabes quién trabaja allí, mil suposiciones que hicieras, mil veces que te equivocarías. Raquel, piensa Roberto descabelladamente, a qué viene eso ahora. Raquel, dice Julián entre trago y trago de la botella, da el último, se enjuga la boca con la manga de la camisa, abre tanto los ojos para acentuar la sorpresa de la noticia que parece que se la hayan dado a él. ¿Te acuerdas de ella? ¿No te gustaba? Roberto se encoge de hombros y niega con la cabeza con indiferencia, en verdad sí había estado enamorado de todo lo referente a Raquel, desde su mente hasta su cuerpo pasando por la eterna negativa que recibió todo intento de acercamiento adolescente. El primer amor, dejémoslo en el rango cronológico. Después, Carmen, estabilidad, Berta. Como si no estuviera muy convencido de la respuesta de su amigo, Julián detalla cómo llegar al local, requisitos de entrada, tal y como vas ahora no creo que te planteen ninguna objeción, precio de la consumición, el mismo pidas lo que pidas, también según el plan que tengas, claro, otra cosa es el precio del privado, aquí sí que digo yo que irá por hembra, ya me entiendes, que yo pagué lo que pagué pero lo mismo Raquel te hace un descuento por los viejos tiempos, ni me vio ni se lo pregunté, ya sabes que a mí nunca me cayó bien.

Santa Catalina, semáforo en rojo, se detiene a esperar aunque no se aproxima ningún coche. Recuesta todo el peso de su cuerpo entrado en años y carnes sobre la pierna izquierda, sopesa los pros y contras de comprobar la veracidad de las palabras de Julián. Quizá haya confundido a Raquel con otra cualquiera, posibilidad que no se sostiene por ningún lado. Ir a ese local es mala idea se mire como se mire. Y si no va, sabe que la duda estará siempre presente, que tarde o temprano tomará la decisión, que sólo dejará de querer ir si acaba yendo cuando quizá ella no esté y agonice para siempre la duda de si alguna vez estuvo.

La entrada es tal y como se la ha descrito, puede que más pequeña que la imagen formada a partir de las palabras. Llama a la puerta y aún no ha acabado de golpearla con los nudillos que se abre, como si le estuviesen esperando o una cámara oculta hubiese anunciado su llegada. Una mole uniformada le da las buenas noches y le pregunta si ya ha visitado con anterioridad el local. Sí, miente, aunque en verdad conoce normas y pormenores mejor que si lo hubiese hecho. Dentro, el escenario de los focos azules, una bailarina que se contornea junto a una barra metálica, humo ambiental, solitarios que pasean copa en mano o conversan en la barra o la zona de mesas con chicas ligeras de ropa, todo tan típico, tan de película de burdel que parece una parodia, un decorado destinado a ridiculizarlos mostrando sin pudor sus miserias. Una copa y adiós, con o sin Raquel. Un hombre de unos cincuenta años de aspecto impecable que desprende una seguridad en sí mismo insultante pasa a su lado abrazado a una chica poco agraciada pero de curvas interminables que podría ser su hija. El final de su discurso lo dirige a los dos, a la joven y a Roberto, como si le interesase lo más mínimo o hubiese escuchado el principio de la anécdota. Habla sobre una figura de cerámica tasada muy por encima de su valor histórico y sentimental, una estafa encubierta que todos pasaron por alto, un absurdo insoportable ante el que Roberto se ve obligado a sonreír educadamente, parece que le importara. Busca a Raquel, la confunde entre sombras y juegos de luces, miradas que se insinúan bajo el manto del desinterés o la complicidad. Sentada cara al mostrador, en una esquina, una chica que supera en edad la media veinteañera del público femenino del local se distrae con algo que sostiene entre sus manos, se lleva a la boca, vuelve a rebuscar y comer. Frutos secos, no, golosinas en una bolsa de plástico, nubes, regalices, caramelos de colores de los que se compran a peso, de los que Berta devoraría a manos llenas si la dejasen. Se acerca y se sienta a su lado, como en el bar de delante del instituto durante el café de antes de entrar a clase, de después, de durante. Raquel le mira, suspira con resignación y vuelve a su bolsa. No hay que perder el contacto con la niñez, habla como si estuviese sola. No hay que perder ese punto de niña que todas hemos sido. Nada indica que estas palabras escondan una segunda intención. Arrastra la bolsa hasta situarla entre los dos. No te prives, engordan pero son un placer, aunque no es el que estás buscando. Roberto coge una gominola, se la lleva a la boca y mastica sin ganas, duda que sea capaz de tragar la bola dulce que se forma bajo el paladar. Cruza las manos y las mira, no se atreve a alzar la vista y enfrentarse a un pasado que, con todas sus consecuencias, está más presente que nunca, aunque Raquel parezca su hermana mayor, no la misma persona con más años, es otra distinta con los mismos rasgos, la misma sangre, relación familiar directa, inconfundible, pero no la misma persona. Viste una falda lila de la que cuelga un cinturón de cadena metálica medio escondido bajo una camiseta blanca ajustada de cuello alto, abierta tres botones sin llegar a mostrar. La melena, rubia pero más oscura que en sus años jóvenes, la lleva recogida en una trenza de austeridad aislada entre tanta apariencia. Incluso en esta competición parece la mejor. Y su mirada, los ojos entrecerrados como si una luz brillante la cegase, los abre y cierra en parpadeos lentos en los que Roberto desaparece de su vista para aparecer rodeado de una bruma que requiere concentración para vestirle de nitidez, ¿ya estamos?, vamos allá. Qué haces por aquí, pregunta sin interrogantes, que lo mismo le ha reconocido (no es la única aquejada por las agujas del reloj) como ha iniciado el ritual de siempre o las dos opciones juntas. No lo sé muy bien, la verdad. Cariño, te sorprendería la de veces que he escuchado las mismas palabras, las esposas esperando en camas de matrimonio son una fuente inagotable de dudas. Ríe a carcajadas, cada golpe de voz un paso que la aleja de quien fue, una zancada que la acerca a sus nuevas compañeras y la confunde entre ellas. Qué buscas, al menos. Déjame adivinar. A mí mismo. Olvidar problemas. No dárselos a mi mujer. Cuesta creerlo pero pasar un buen rato no está ni de lejos entre las respuestas más utilizadas. Forma parte del síndrome de las camas vacías. Te estoy aburriendo. No, para nada. Entonces di algo o la que se aburrirá seré yo. Qué quieres que diga. Puedes empezar por qué quieres hacer conmigo. Que no te cohíba el tema del dinero, no notarás nada, será todo bonito y natural y al final me das una pequeña ayudita, eso es todo. Nada de lo que avergonzarse. Y puedes estar tranquilo, confía en mi discreción. Si quieres nos volveremos a ver y repetimos, si no será la primera y última vez o aún podremos coincidir de nuevo y hacer ver que no nos conocemos, que no nos recordamos. Cada uno tiene su morbo o su necesidad, cada uno mantiene la mirada firme ante el espejo a su manera. Y me da a mí que tu reflejo no sabe qué hacer conmigo. Roberto ríe, agradece el descanso del comentario, la aceptación de su categoría de novel en tales menesteres para no tener que pensar en el siguiente paso. ¿Qué te trae por aquí un jueves? ¿No trabajas mañana? Sí, es mucho más fácil responder a lo segundo que a lo primero, no intenta encontrar un sentido a la visita. ¿A qué te dedicas? No pienses que me interesa de verdad, puedes contarme lo que quieras y si no se te ocurre nada te doy opciones, profesiones descabelladas no le faltan por escuchar a mis oídos, alguna de ellas incluso quizá fuera cierta. Por un momento Roberto sopesa comenzar a hablar del taller pero lo aburrido del asunto más que la protección de su intimidad le disuade de hacerlo. ¿A qué te dedicas tú? La mujer abre su bolso de piel de cebra que no ocupa más que el tamaño de una mano abierta, la misma que aún no ha venido a rescatarle, coge una pitillera, se lleva un cigarrillo a la boca y lo enciende, aspira, cierra los ojos, todo sucede como en una función, la misma que representaba Julián, todo tiene algo de falso, de demasiado cierto para serlo. Es cuando expulsa el humo que sonríe, niega con la cabeza, la nube asciende y muere sin crear ninguna forma simbólica, el ambiente ficticio de la noche no da para tanto. Mira, no te ofendas, pero no esperaba escuchar de tus labios algo que nunca me hubieran dicho. No te importará que lo recuerde a futuras visitas, me ayudará a no olvidarlo. Una punzada de celos absurdos hiere a Roberto, es algo extraño, inédito, hacia el mismo lugar oscuro del que procede el sentimiento se dirige para morir cuando asume lo innecesario del mismo. Raquel nunca le ha dado motivos. Carmen tampoco. Y será porque la sombra del remordimiento tiñe de bruma el rostro del hombre que Raquel, en apariencia apartada, se acelera en retomar el pulso de la conversación, que a qué me dedico, repite la pregunta, Roberto disipa dudas, el deseo ardiente de abrazar a Carmen se aparta en silencio para dar paso al final de la respuesta. Para abrazar a su mujer, gracias a quien haya que dárselas, entidad divina o fortuna, siempre tendrá tiempo.

Antes mi misión era hacerme la dura con los hombres (calada, aspiración de humo, más de lo mismo, Roberto piensa en la palabra ritual) y ahora, ya ves, mi misión es ponérsela, ya sabes. No han cambiado tanto las cosas. Se le acelera la respiración como si fuera a toser pero acaba en una carcajada estridente que obliga a Roberto a unirse a lo jocoso de la ocurrencia aunque un jarro de agua fría, todo tan típico, casi obviemos por manido el símil de la vasija para profundizar en la repercusión en el maltrecho ánimo del desorientado. Pero contigo lo tengo duro, concluye. Y ríe de nuevo, de un modo más forzado, de acuerdo, a sabiendas de que ese no es el camino de este cliente, como sea perpetúa una hilaridad que Roberto, si en ningún momento ha compartido, ahora rechaza sin miramientos, rostro enjuto, esa curiosa sensación de saberse fuera de lugar que en ocasiones ha recordado con la visión empática del espectador que siente nostalgia por ese momento que tan mal lo pasó y que ahora, por no saber, ni siquiera intuye el modo en que será recordado cuando llegue el momento de mirar atrás para ver cómo ella da una nueva calada, la última, lo que queda del cigarrillo muere ahogado en un cenicero con forma de góndola. ¿En qué piensa Roberto, que se pierde en la piscina de ceniza en la que flotan cadáveres de humo como barcos en la noche? ¿En qué piensas? En nada, o en ti, pero no en ti ahora. Y siente un escalofrío. Es algo que ha dicho. No sabe el qué. Eres interesante, señor desconocido. Ni me agobias ni juegas a dejarte agobiar. Si llevas una máscara es de un material tan fino que trasparenta y sólo deja ver tu piel, tu rostro desnudo. Y lo que veo no me desagrada, algo que juro que puedo decir tan pocas veces. Es, cómo explicarlo, es como el eco de una canción preciosa que se repite en las paredes de una habitación, la reminiscencia de una canción que me gusta pero que deja de sonar en el momento que entro en el cuarto y sólo queda el vacío y las últimas notas que se deslizan como agua vertida hasta morir. Mano a la bolsa de caramelos. Demasiada profundidad me abre el apetito. Roberto no asiente, no niega, corrige o confirma la disertación. Sólo piensa en aquel día, a la salida de la escuela… dormir conmigo. ¿Perdona? La palabra activa un dispositivo, despierta de una ensoñación, de un bosque. Decía que me parece que no quieres dormir conmigo. No, desde luego que no quiero eso, y así, sabiendo o no la implicación de lo que dice, ateniéndonos a las diferentes acepciones y percepciones de cada acto, no cierra la puerta a nada. El lenguaje corporal es un idioma que Raquel domina con fluencia y percibe el indicio con claridad, en su noche a noche lo que no se dice acostumbra a ser más explícito que las declaraciones de validez perenne que cubren su lecho de textos ensayados para otras representaciones. No te molestes por lo que te voy a decir pero estoy trabajando. Tu compañía es agradable. No me importaría estar más rato contigo. Pero necesito ganar dinero. No eres el único que paga por estar aquí y hay mucha compañera que mordería por sentarse en este precioso sillón, pasa la mano por la tapicería y la mira con resignación, es un momento bello que no queda del todo logrado, la exageración demasiado artificiosa con la que la mano acaricia el respaldo desluce el conjunto. Si quieres subimos, es la única manera en la que podemos seguir hablando sin llamar ni que me llamen la atención. Roberto aparta la mirada, busca la mano cubierta de cortinas que, a modo de telón, descienda hasta cubrir el escenario y lo suma en una oscuridad acompañada de un estruendo ensordecedor, la ovación del patio de butacas, un clamor, el público puesto en pie que sigue con admiración la figura del actor que, lejos de recrearse en reverencias de gratitud, decisión que Roberto supone que para unos es timidez y para otros modestia, asciende de la mano de Raquel las escaleras que conducen al amanecer.

 

Raúl Ansola (Barcelona, 1977), es un autor difícil de encasillar. Ganador y finalista de diversos premios de relato, novela y guion, irrumpió con una primera novela, ‘Illius’ (Grupo Editorial AJEC, 2009), que oscilaba entre el misterio paranormal y el terror social. Posteriormente publicaría la antología ‘Columpios en el Cementerio’ (Premio III Certamen Ediciones Oblicuas, 2010), en la que sus inquietantes relatos giraban en torno a la desesperación que produce la pérdida. Con su siguiente novela, ‘La Obra Imperfecta’ (Egales, 2011), cambió nuevamente de registro, adentrándose en una trama que, tras su engañosa fachada nostálgica, escondía un inesperado trasfondo sórdido. En ‘La vida real’, su último trabajo, el autor rompe de nuevo con sus anteriores publicaciones, ofreciéndonos una historia que, por su estructura y desarrollo, no dejará indiferente a nadie.