LA CASA DE LA CUPLETISTA

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Por David Hernández

El cuplé. Ay, el cuplé. Lo mismo les servía a las artistas para rondar a un mozo con mucha picardía, para mandarlos al Uruguay o para  lamentarse de la pérdida de su amante. No había hombre que no se resistiera a los divinos encantos de las cupletistas. Todos. Quienes no buscaban catapún-catapún chinela, deseaban parecerse a ellas, tener su libertad y poder conquistarlos a todos.

La casa de la cupletista 2Las cupletistas forman ya más parte de nuestro pasado que del presente. Algunas viejas glorias se han quedado atrapadas en aquella época, que día a día recuerdan con nostalgia. Las cartas de sus admiradores y sus amantes, ahora amarillentas, han perdido la tinta de las letras. Sin embargo, esas palabras se mantienen en la memoria. Palabras que ahora duelen al no ser escritas ni pronunciadas. Regalos y fotografías en blanco y negro de admiradores que se perdieron con el paso de los años. Llegó el último cuplé sin saber que sería el último, porque se suponía que nunca sería el último, sino el penúltimo.

El sábado, el actor Fede Rey me invitó a una casa muy especial, la de la cupletista Frivolina. Ha convertido el Teatro del Arte en su hogar. El público dejó de ir. El teatro cerró. Pero ella se quedó. Ahora, se imagina las butacas llenas y canta. Entona aquellas canciones picantotas que la encumbraron. Ha caído en el olvido y nadie más que su mayordomo y pianista, Federico, y su doncella Adela la recuerdan. No la abandonan pese a su enajenación para que, al menos, dos personas sigan manteniendo vivo el recuerdo de su época de gloria.

Me adentré en la casa de la cupletista sin saberlo. Traspasé la puerta del teatro y me encontré una vivienda vieja, con maletas antiguas, un espejo de camerino, pósters de películas de mediados del siglo pasado, vestidos y, por supuesto, maniquíes, maniquíes, fríos, muy fríos de aquí. Me quedé de pie, asombrado por lo que estaba viendo. No había rastro de las butacas del teatro. En ese momento, apareció Federico, con un viejo candelabro, se sentó al piano y comenzó a tocar ‘La violetera’. Entonces, como ave precursora en primavera, entró ella, vestida con un elegante batín de seda.

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Estrella Blanco con su arte, su salero y la picardía propia de las cupletistas me hizo pasar una noche inolvidable junto a dos maravillosos actores, Joan Salas y Ana Santos Olmo. Un espectáculo divertidísimo e interactivo dirigido por Didier Otaola. Un teatro lleno, con un público en el que se mezclaban quienes viven su primera juventud y los que la reviven tras la jubilación. Todos juntos nos fuimos bailando a modo de comba ‘Al Uruguay’ y nos reímos como pocas veces. Un humor sano y muy musical en un espectáculo que nos demuestra que el cuplé está resucitando.

Twitter: @_davidhernandez

‘La casa de la cupletista’ se representa en el Teatro del Arte. Última función el sábado 8 de febrero a las 22.00. C/ San Cosme y San Damián, 3. Madrid.