FUNDIDO A NEGRO FINAL

La pantalla se ha ido a negro de repente, y esta vez es de verdad. James Gandolfini nos ha dejado, pero nos lega uno de los personajes más icónicos de la televisión de los últimos tiempos, que es lo mismo que decir del mejor cine contemporáneo.

James Gandolfini había demostrado gran presencia escénica y carisma en papeles cinematográficos secundarios, como los de Amor a quemarropa (Tony Scott, 1993), Perdita Durango (Álex de la Iglesia, 1997), El hombre que nunca estuvo allí (Joel & Ethan Coen, 2001), The Mexican (Gore Verbinsky, 2001) o, recientemente, Donde viven los monstruos (Spike Jonze, 2009), Mátalos Suavemente (Andrew Dominik, 2012) o La noche más oscura (Kathryn Bigelow, 2012). Buenos papeles, aunque seguramente siempre condicionados en el ojo del espectador por su vampirizador personaje de Tony Soprano. También era muy reconocida su faceta teatral en Broadway. No cabe duda de que Gandolfini fue un enorme (en todos los sentidos) actor, pero muchos grandes actores no son capaces de convertirse en leyenda. Él lo hizo.

Los Soprano fue una de las series (por no decir LA SERIE) que marcó un punto y aparte en la Historia de la televisión. Y allí, en el centro de la misma, entre un montón de personajes también formidables pero satélites de la gran ballena, estaba Tony, un cabecilla mafioso alejado de la mitología épica de género, y por lo tanto más cercano, al que Galdolfini supo dar forma magistralmente como un coloso frágil, cruel y contradictorio, bello y repugnante, capaz de las mayores  brutalidad y fuerza unidas a la vulnerabilidad y el miedo. Una creación elevada ya a la categoría de mítica, imborrable del imaginario cinematográfico y audiovisual del último siglo. Muy pocos han logrado algo así.

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Nos deja demasiado pronto, con sólo 51 años. Estoy convencido de que alguien con su talento tarde o temprano hubiera podido desprenderse, o si no desprenderse puesto que es imposible, dejar de lado, a su némesis Tony y volvernos a epatar con otro gran personaje y otra gran interpretación. Ya no podrá ser. Una triste tragedia que sólo podemos mitigar evocando su recuerdo, su presencia y su trabajo, y volviéndonos a sumergir, una vez más, en las casi 80 horas de esa serie inmortal. Hasta que un brusco fundido a negro nos vuelva a golpear y nos deje esta triste sensación de orfandad.

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Gonzalo G. Chasco

gonzalogchasco@gmail.com