Fernando Vaquero

“Si en unos meses no me sale nada, tendré que irme al extranjero”

Por David Hernández

Madrid. Gran Vía. 11.00. La calle vive un ir y venir de gente. La arteria principal de la ciudad está acelerada. Se cruzan personas que caminan a paso ligero con paseantes que disfrutan de una jornada de descanso, de tiendas y bares. Personas alegres y personas irritadas. Coches con la ventanilla bajada y la música a todo volumen. Y coches manejados por amargados conductores, que se enconan y aporrean el claxon si el turismo de delante tarda más de un segundo en retomar la marcha cuando la luz del semáforo se torna verde. Una historia que se repite a diario.

Turgentes edificios, con cafeterías, locutorios, tiendas de recuerdos, boutiques y teatros en sus bajos componen la escenografía. En las aceras, marquesinas, quioscos, algún que otro banco para que descansen los paseantes y terrazas. En una de ellas, frente al teatro Coliseo, se encuentra un grupo de personas de la tercera edad. Han viajado desde la Comunidad Valenciana para disfrutar de unos días en la capital. Están atentos a lo que sucede en la mesa de al lado.

Un hombre entrado en la treintena, rubio, de pelo revuelto y barba de unos tres días conversa con otro, unos años más joven que él. El grupo de la mesa de al lado no les quita ojo. El hombre les resulta familiar. Se preguntan si es Rafaelín, el personaje que cada tarde se cuela en sus hogares a través de la televisión. Uno de ellos se ha fijado en que el chico que comparte mesa con él está grabando la conversación. Ya no les cabe ninguna duda. Se trata de Fernando Vaquero.

– ‘Bandolera’ se encuentra en la recta final de la serie. En ella, has podido interpretar a Rafaelín, el personaje con el que más has disfrutado.

– Terminamos de rodar este mes, pero, como vamos con un mes y medio de margen de grabación, todavía queda serie hasta diciembre. Rafaelín es un personaje para disfrutarlo. A cualquier actor le gustaría hacer un personaje de este tipo, donde puedas crear y donde te dejen improvisar.

– ¡Un tonto del pueblo!

– Lo del tonto del pueblo es muy gracioso porque luego resulta que, en la trama final, casi siempre es el que termina resolviendo los misterios o el que da índices de por dónde llevar la investigación. Y de tonto realmente… lo que tiene es una tara mental, una inocencia más potenciada que otros personajes. Lo característico de Rafaelín es su inocencia.

– Cuando tu representante te llamó para contarte que te habían dado el papel, te tiraste al suelo y comenzaste a reír sin parar.

– Fue así porque tenía muchas ganas, primero, de trabajar, porque no tenía nada, y, segundo, de hacer un personaje característico. Venía de trabajar el polo opuesto en ‘Sin tetas no hay paraíso’, donde interpreté a Agus, un macarra medio psicópata. Entonces, que me dieran la oportunidad de hacer el polo opuesto de antagonista en este papel me llamaba mucho la atención.

– Más de uno cree que, cuando uno es ya un actor conocido, no tiene que seguir haciendo pruebas para conseguir un personaje. Pero no es así. Me imagino que te tocó pasar un casting.

– Hoy en día, no te voy a decir Javier Bardem, pero gente de talla muy alta tiene que pasar un casting. Y yo, que no soy nadie, más aún. Voy a tener que pasar por uno o por los que hagan falta.

– ¿Queman mucho los cástines? Sobre todo por las negativas que se reciben una y otra vez…

– A mí no me gustan nada. Es un momento en el que tienes que dar todo condensado. Y, si tienes un día malo, que no te lo puedes permitir, adiós oportunidad. Y no solo adiós a la oportunidad para ese papel, puede que te vea mal la directora de casting y no te vuelva a llamar más para otro.

– ¿Cómo fue la prueba para el personaje de Rafaelín?

Yo partía con la ventaja de que era con Juan León. Es un tipo entrañable que va siempre a favor del actor. Me ayudó mucho y me hizo repetir el casting hasta que me sintiese cómodo.  Lo recuerdo como un juego. Disfruté mucho.

– ¿Cómo es que te inspiraste en tu sobrino de cuatro años para transmitir la inocencia que requería el personaje?

– No todo, pero gran parte, por la inocencia que transmite cualquier niño de esa edad. En la espontaneidad que transmiten, el preguntar sin pasar por ningún filtro la pregunta… Un poco todo este tipo de cosas que hacen que los niños sean tan geniales a veces.

– Otra de las características de este personaje es su vestuario. Dices que te encanta, pero ¿no es demasiado agobiante para los rodajes?

– No, no es agobiante. Lo agradezco porque creo que el diseño es maravilloso. Y, segundo, porque el resto de personajes tienen siempre diferentes cambios, y por lo tanto, es un trasiego de subir y bajar muy grande, y yo lo agradezco porque voy todo el tiempo con la misma ropa. Es muy cómodo.

– Pero esas pieles, sobre todo durante los días de verano, rodando al sol…

– Eso es cierto, pero ya llegaron a un acuerdo entre ellos para que, por ejemplo, la capa de pieles que utilizaba, en verano, no la llevase. Los que van de guardias civiles yo creo que pasan más calor del que paso yo.

– ¿Cómo es el trajín de hacer una serie diaria?

– Obviamente lo que distingue una serie diaria como ‘Bandolera’ de un prime time como ‘Sin tetas no hay paraíso’, es la velocidad, el poder permitirte decir “quiero otra toma.” Aquí no se puede porque vamos más deprisa. Pero, a mí, es algo que me gusta más. Si me dieran a elegir entre una semanal o una diaria, prefiero una diaria. Me gusta el ritmo de no pararte a pensar.

– Con una serie diaria, la gente te conoce más. Debido a esto has tenido más de una anécdota con el público. Sobre todo con las señoras mayores, como aquella que quería darte dinero para los bandoleros…

– ¡Eso fue muy gracioso! Llega un punto en el que algunos confunden la ficción con la realidad. La señora se lo tomó muy en serio y quería darme un donativo, bien para la sita Sara (Marta Hazas) o los bandoleros.

– ¿El donativo iba a ser en euros?

– ¡No tengo ni idea! Se lo tomó tan en serio que yo me fui al personaje y le dije: “no se preocupe, señora, que la sita Sara acaba de cobrar una herencia y estamos bien de dinero.”

También hubo una señora que me confundió con un personaje de ‘Los Simpson’.

– No sé con qué personaje te encontró parecido…

– A veces confunden ya las series y las historias. Es muy gracioso.

De pequeño, Fernando soñaba con ser astronauta. Era bastante tímido, por lo que nunca se había planteado el ser actor. Su primer contacto con la interpretación fue en el instituto. Una tarde acompañó a una amiga a un curso de teatro. Él pretendía ver la clase. Pero el profesor no se lo permitió. Le dijo que, si quería quedarse, tendría que participar. Así lo hizo. La experiencia le gustó y se quedó. Ese mismo año, debutó en la Escuela Municipal de Alcorcón. Tendría alrededor de 18 años cuando se subió a las tablas con la compañía amateur. Poco después, comenzó a hacer figuraciones en televisión. Por eso, a día de hoy, Fernando se identifica mucho con el equipo de extras. “Es muy frustrante a veces, porque no todas las productoras tratan igual a los figurantes”, explica. Y es que, aunque es una parte necesaria en cualquier rodaje, los extras trabajan once horas por treinta euros y un par de bocadillos.

Los actores tampoco ganan tanto como algunos creen. Está idealizada la profesión. Los artistas españoles no llevan esa vida llena de lujos. Madrid no es Hollywood. Los cachés han bajado y la incertidumbre de si tendrán trabajo al día, a la semana o al mes siguiente les acompaña constantemente. Sin embargo, Fernando afirma que nunca se quejará de lo que cobra. Le apasiona su profesión. “Si me da para mis necesidades básicas, suficiente.”

– ¿Los tiempos son tan oscuros como los pintan?

– Aunque intento no fiarme mucho de lo que me dicen, por lo que me llega, y también por lo que veo, está bastante mal. Pero soy optimista. Aunque es cierto que estoy mirando para cuando esto se termine… Si en dos o tres meses no me sale algo aquí, quizá me vaya a probar a Argentina, que hay más mercado.

– ¿No hay nada que podamos hacer para que los españoles no tengamos que salir en masa al extranjero a buscarnos las castañas?

– Supongo que la gente sale fuera como última opción. Supongo que todo el mundo quiere estar en su tierra, con su gente. Si yo lo supiera, estaría día y noche repartiendo panfletos diciendo: “ésta es la opción.” Pero no sé cuál es. Está todo tan pervertido a nivel político que se nos escapa de las manos. Es tan corrupto el poder y son tan malas las ideas…

– ¿Y para que el arte y la cultura no mueran?

– Aunque hay menos trabajo, están saliendo cosas muy interesantes a nivel de teatro. Iniciativas muy interesantes como Microteatro. La inquietud sigue ahí. Hay gente que quiere continuar haciendo cosas a pesar de no ganar dinero con ello.

– Las mejores ideas siempre han surgido en tiempos de crisis.

– Según muestra la historia sí, desde luego, y yo creo que es así.

– ¿Cambiará el mundo del teatro con todo esto?

– El teatro nunca va a desaparecer. Quizá el cine llegue un momento en que desaparezca por cuestión de digitalización… Pero el teatro siempre ha estado y siempre va a estar ahí. Creo que la inquietud de los actores y de la gente por ver teatro sigue estando ahí.

– ¿Volvemos a lo purista? Está el ejemplo en cine de ‘Dogville’, que ya lo están adoptando algunas obras de teatro. Escenario vacío y marcas en el suelo con tiza y descripción de lo que es: balcón, moqueta roja…

– ¡Me parece maravilloso! Eso es la esencia del teatro. Luego se puede poner una escenografía bonita, unas luces bonitas… como acompañamiento a una coreografía artística. Pero lo esencial es la interpretación y tener un buen texto.

– En estos momentos, son los propios actores los que están escribiendo, dirigiendo y protagonizando sus propias obras.

– Ha habido un despertar de esa inquietud. La parte positiva de toda esta amalgama negativa es que los actores no quieren quedarse de brazos cruzados y se lanzan a producir sus propios espectáculos.

– ¿Te has planteado montar algo?

– Sí. Me gusta mucho escribir. Quizá escriba para llevar algo al escenario… Eso si no me voy.

 

Twitter: @_davidhernandez