EL ÚLTIMO VIAJE DE HALSTON

El último viaje de Halston

de Raúl Ansola

Marzo de 1990. El Rolls-Royce Corniche negro, lujoso y alargado como un premonitorio ataúd brillante, avanza por los acantilados del sur de California, las olas del océano golpeando con virulencia contra las rocas. El conductor maniobra en silencio, deambulando sin rumbo fijo, como cada día de las últimas semanas. En el asiento de atrás, Halston contempla el paisaje en un silencio contemplativo, una tranquilidad que confiere una paz al momento que contrasta con la lucha a muerte, perdida de antemano, que está sucediendo en su interior contra la epidemia de la que él tampoco va a escapar. Acaso se cruce de brazos y se acomode en el asiento; acaso pose la frente contra el vidrio y observe, tras su propio reflejo demacrado, cómo el devenir de las aguas, al igual que su vida, va quedando lentamente atrás.
Es una distancia física, temporal, vital. Se encuentra tan alejado como pueda estarlo, y aún así. Estertores de una resaca que siempre supo que llegaría, pero que creía que no sucedería jamás. El despertar de un insomnio que enlazaba noches en vela con largas jornadas de trabajo, un día, otro, tantos como despedidas se han ido produciendo en los últimos meses, decepciones, abandonos. Al igual que muchos, hizo arder su vida y se quemó, dirán en el futuro, a quién le importa eso cuando es una opción temporal que ya no le pertenece.

El coche avanza, retrocede hasta mediados de los ochenta. La memoria camina de puntillas por el momento en el que pierde su imperio textil, su nombre presidiendo una firma que ya no le dejan representar. El país al que vistió, que se ha despojado de su estilo. Avanza, retrocede. 1990, arruinado, solo y moribundo. 1978. La Olympic Tower de la Quinta Avenida acoge, en su planta 22, la nueva sede de su empresa. Se trata de un palacio de cristal que le rinde Manhattan, es decir, el mundo, a sus pies.

olympic tower

Los nombres más importantes lucen sus diseños, pero también la calle sigue sus designios, su estilo es sinónimo de elegancia y sofisticación, su corte es omnipresente. El coche avanza, retrocede. Fiesta de inauguración, Liza Minnelli, amiga íntima, canta por Sinatra mientras, tras los cristales, la gran ciudad contiene el aliento y sueña despierta (ya que nunca duerme, canta Liza) con la grandeza del imperio Halston que toca el cielo. Brindis, champagne exclusivo, el lujo elevado a la máxima expresión. Fiesta, más fiestas, desenfreno, ambición y poder, glamour, explosión visceral de un presente que no podrá perpetuarse, pero en el que no importa lo que pase después, ya que no puede haber un después. No tiene cabida en el Studio 54.
Flashes en la entrada, locura, música disco que les da la bienvenida noche tras noche, un siempre infinito que desde la distancia de su deambular desde el asiento de atrás se percibe como un nunca no menos eterno. El coche avanza ahora por senderos rodeados de árboles de hojas rojizas que dan nombre a los bosques, retrocede. En el sofá que tiene reservado en la discoteca se sientan sus amigos de fama inalcanzable, artistas y magnates que se mezclan con anónimos que quieren acercarse al calor de su poder, individuos que ofrecen drogas y sexo a cambio de sexo y drogas. Es la expresión máxima del exceso, el orden entrópico donde convive el baile con el aullido del lobo.
Música, amenazas. El silencio del avanzar del coche, su retroceder por el pavimento, se diluye entre los ecos del pasado. Halston, siempre elegante en el vestir, gritando a sus empleados, taxistas, a todo aquel que trabaja para él, que está a su servicio. La voz alzada como autoridad, como plasmación necesaria de quién está al mando. Desde lo más alto de la pirámide mira hacia abajo con complacencia y firmeza, no puede permitirse concesiones, ha de vestir el presente con sus mejores galas. Gritos, enfados, el coche que avanza con lentitud dejando atrás, también, el sonido lejano de sus indicaciones cargadas de autosuficiencia. Es fácil presuponer un leve ataque de tos, paréntesis que manchan el silencio. El vehículo inicia un leve ascenso en su recorrido que pronto se convierte en bajada, el sótano de Studio 54, las escaleras que descienden a lo más alto, a la gloria, a la inmortalidad del que se le acaban los días.
El coche que tras el último paseo será subastado para una organización que lucha contra el virus de su muerte, el futuro que da la espalda a su pasado, en concreto este tramo del trayecto azaroso le remite a finales de los años cincuenta, el Halston que aún está lejos de cumplir los treinta que llega a Nueva York dejando atrás un origen humilde, condición imprescindible para que el sueño americano se acabe cumpliendo. Origen y futuro que pertenecen a la tierra, que se asfixian sepultados bajo el peso de la indiferencia a la que condenó, a la que le han condenado.

Cierra los ojos y desaparece el paisaje para materializarse las fiestas, inauguraciones, presentaciones, secretos y habladurías, viajes en jet privado a París, Londres, luces de neón, restaurantes, mansiones, portadas, bailes, trajes, sexo conocido, anónimo, las mejores bebidas, las peores drogas, risas, enfados, exceso, nada. Nada. La limusina que le conduce al evento del año de cada noche, la majestuosidad hecha rutina. Los recuerdos se agolpan mecidos por el vaivén del trayecto, las reminiscencias de la luminosidad insultante de una época en la que todo no era posible, sólo parecía serlo. Podía ser superficial como un niño malcriado y respetado como la autoridad más intransigente. Los neumáticos se deslizan sobre el pavimento. La vida avanza hacia ninguna parte, la memoria retrocede a ese mismo lugar. Se encienden las luces, acaba la fiesta, hace años que escuchó la última nota de la noche. Abre los ojos y se enfrenta al Halston que apura los últimos días. Ni perdón ni agradecimiento. Fue otra época, infierno y paraíso conviviendo en una implosión a la que solo sobrevivieron los más centrados y los más cobardes. Marzo de 1990. Halston se refugia en su reflejo y se mira a los ojos. Ni siquiera le queda el consuelo de una posible magnificación de lo vivido ya que sabe que no exagera, que fue así, como asume que, a pesar de haber exprimido cada momento al límite, o precisamente por eso, ya sólo le une a la vida su pasado.

hombre-sexy

1990_Rolls-Royce_Corniche-1

Raúl Ansola (Barcelona, 1977), es un autor difícil de encasillar. Ganador y finalista de diversos premios de relato, novela y guion, irrumpió con una primera novela, ‘Illius’ (Grupo Editorial AJEC, 2009), que oscilaba entre el misterio paranormal y el terror social. Posteriormente publicaría la antología ‘Columpios en el Cementerio’ (Premio III Certamen Ediciones Oblicuas, 2010), en la que sus inquietantes relatos giraban en torno a la desesperación que produce la pérdida. Con su siguiente novela, ‘La Obra Imperfecta’ (Egales, 2011), cambió nuevamente de registro, adentrándose en una trama que, tras su engañosa fachada nostálgica, escondía un inesperado trasfondo sórdido. En ‘La vida real’, su último trabajo, el autor rompe de nuevo con sus anteriores publicaciones, ofreciéndonos una historia que, por su estructura y desarrollo, no dejará indiferente a nadie.