el secreto de Hanna Bergmann, 4

Laia estuvo dándole muchas vueltas al descubrimiento, pero no se atrevió a contárselo ni a su madre ni a su tío. Si en cuarenta años de vida jamás había escuchado a ninguno de los dos hablar de que su abuelo era miembro del Círculo de Viena o de que su tío abuelo era un reputado matemático esto podía obedecer a dos razones: Que no lo contaran porque había razones importantes para no contarlo, o que no lo contaran porque no lo sabían, y esta segunda hipótesis era en la que Laia creía.  Así que hasta que ella no estuviera segurísima de por qué su abuela había ocultado la realidad de su familia a sus propios hijos, prefería esperar.

Unos diez días más tarde, recibió un mail. El mail y la carta adjunta están  escritos en inglés, así que traduzco

“Estimada Sra Laia de Sagarra

El Departamento de Matemáticas de ITT nos ha hecho llegar su mail.  La que le escribe es Ruth Bergmann. Soy la hija de Otto Bergmann, y por tanto técnicamente creo que yo soy la tía de usted.  Mi padre, como usted sabe, tiene 84 años, no ve bien y le cuesta teclear debido a la edad y a que su pulso ya no es tan firme como era. Me ha dictado pues una carta y me ha rogado que se la envíe, porque él no está en condiciones de redactar a mano una carta. Además, ¡dada la relación de mi padre con el ITT siempre estaremos a favor de las nuevas tecnologías!

Espero que algún día podamos conocernos en persona.

Un cordial saludo

Ruth Bergmann”

 

En documento adjunto puede usted leer la carta de mi padre.

 

La carta de Otto Bergmann decía lo siguiente

“ Dear  Laia

Ha sido una enorme sorpresa, y muy grata para mí, haber recibido su carta. Por supuesto, sabía que mi hermana Hannah había tenido hijos, y también nietos y nietas. Y sí, puedo explicarle por qué mi hermana se vio obligada a ocultar su condición de judía.

Mi padre como quizá usted sabe era médico. Mi padre estudió medicina en la Universidad de Viena y se especializó en neurología y psiquiatría. Desde 1920  hasta 1929 trabajó en el Hospital General de Viena. Más tarde,  en  el departamento de neurología del Hospital Rothschild que dirigiría más tarde Viktor Frankl. También tenía una consulta privada.

Mi padre fue uno de los pocos judíos que supo prever lo que iba a  pasar. Su colega, Viktor Frankl, por ejemplo, no  quiso creerlo, y, como usted sabe, acabó en un campo de concentración al que sobrevivió, pero en el que fallecieron mi esposa y sus padres.

 

Mi madre era una mujer muy creyente y una noche tuvo un sueño en el cual un ángel le decía que debía abandonar Viena inmediatamente. Mi padre adoraba a mi madre y se fiaba mucho de ella. Por ejemplo, mi madre había soñado con la muerte de su padre (el padre de mi padre, mi abuelo)  antes de que sucediera, y la soñó  como más tarde sucedió: mi abuelo se desplomó sobre la taza de su desayuno, víctima de un ataque al corazón, tal y como mi madre lo había soñado. Y mi madre había predicho más acotamientos, pero no me quiero extender sobre el tema. La cuestión es que en 1939 mi padre decidió marchar a Londres. Fue una decisión arriesgada, puesto que mi padre tenía una vida más que acomodada en Viena, y cuando marchamos a Londres mi padre no tenía ningún trabajo, pero el tiempo demostró que la decisión de mi padre había sido la acertada. Desde Londres viajamos a estados Unidos.

Mi padre había mantenido, por su profesión, una relación profesional estrecha con Sigmund Freud, Gustav Jung y Viktor Fankl, y gracias a sus contactos le ofrecieron un trabajo como profesor asistente en una universidad americana. Un trabajo, he de decir, que estaba muy por debajo de su capacitación. Aún así, y  como usted sabe, mi familia pudo considerarse muy afortunada.

 

Como también sabe usted, yo era nueve años más joven que mi hermana. Eso quiere decir que cuando mi hermana se fue yo tenía seis años, y no conservo muchos recuerdos de aquella época. Además, la infancia de entonces nada tenía que ver con la actual. Los niños no preguntábamos, aceptábamos. Yo no pregunté dónde estaba mi hermana, o por qué ya no la veíamos, y más tarde, inmerso en el torbellino de los acontecimientos (el cambio de países, las noticias desde Austria, nuestros familiares muertos o desaparecidos), tampoco pregunté mucho más.

Años más tarde mi propio padre me explicaría la historia,

Como le he dicho, mi padre trabajaba por las mañanas en el hospital pero algunas tardes por semana atendía en una consulta privada. A su consulta acudían sobre todo mujeres acomodadas de Viena. Mi padre, como le he dicho, era neurólogo y psiquiatra. Mi hermana tenía entonces quince años y estudiaba en el Gimnasium de Viena y se había destacado desde pequeña en la asignatura de música. Tenía un talento para el violín, como les ocurría a muchos judíos, y había dado conciertos a los doce años.

Por alguna razón mi padre se quedó sin ayudante y mi hermana empezó a asistirle en la consulta. Mi hermana era la encargada de recibir a los pacientes, atenderles en la sala de espera y llevar la agenda de mi padre. Solo tenía quince años pero según me cuentan no era ninguna niña, sino una mujer ya, era más alta que mi propio padre. Y más organizada y hábil  que su predecesora, la mujer que había trabajado antes para mi padre. Mi padre estaba muy orgulloso de ella.

Precisamente en la consulta mi hermana conoció a un hombre que trabajaba en la Embajada Española. Era pariente del embajador. He escuchado varias versiones sobre el tema. En algunas era el hijo del embajador, en otras un pariente. En cualquier caso, este hombre vino acompañando a su hermana, que en unas versiones era epiléptica y en otras padecía de problemas de insomnio.

De esta manera mi hermana trabó relación con la Embajada Española, Mi hermana, como le digo, era una wunderkind, una niña prodigio, que tocaba el violín y hablaba francés con soltura. Mi hermana quiso aprender español y por eso se puso en contacto con la Embajada.

En alguna versión él es el profesor de español y en otras es el hijo del embajador pero en cualquier caso mi hermana inicia una relación con ese hombre, mayor que ella, y se queda embarazada.  Para mi madre, que, como le digo, era una persona  muy religiosa, eso supone un choque tremendo, y la relación con su hija se enfría. Mi hermana abandona los estudios y se casa con ese hombre, para gran consternación  de mis padres. Mi padre lamenta que mi hermana abandone los estudios, para mi madre el problema es moral. Lo que le duele es que su hija se haya casado embarazada.

Mi hermana sigue residiendo en Viena pero el contacto con mis padres es bastante tenso. Mi hermana tiene un hijo varón,  que es bautizado en la fe católica de su padre, lo que provoca un enfrentamiento abierto con mi madre. Mi padre, como hombre de ciencia que era, no era un hombre religioso, pero mi madre sí.

Como usted sabe, el 12 de marzo de 1938, el Anschluss  supuso la incorporación de Austria a la Alemania nazi  como una provincia del III Reich, pasando de Österreich aOstmark .

 

A partir de entonces se aplicaban las  Leyes de Nuremberg que desposeían de la ciudadanía alemana y austriaca a todo judío directo e indirecto. Bastaba tener un abuelo judío para ser considerado como tal o el hecho de estar casado con un cónyuge judío podría ser motivo de represalias.  A partir de entonces la ley exige todos los pasaportes judíos para imprimirles una gran “J” roja.

 

Hay una frase de un superviviente de Auschwitz que refleja con severidad lo que ocurría en Alemania y Austria: sólo los pesimistas se salvaban. Los optimistas, los que pensaban que aquello no llegaría a mayores, terminaron lamentablemente muertos.  Mis padres fueron lo suficientemente pesimistas para decidir marcharse, pero mi hermana se quedó en Viena junto a su marido.

Al año siguiente acaba la guerra en España. El marido de mi hermana, el abuelo de usted, según me contaron, y espero que usted me lo confirme, era de una buena familia española, noble al parecer. Como trabajaba en la embajada o al menos tenía contactos con ella consiguió para mi hermana un pasaporte español en el que mi hermana figuraba como ciudadana española, y sin que la J roja figurase.  Su nombre se cambió de Hannah a Anna pero el apellido permaneció porque el apellido Bergmann puede ser alemán o sueco, no necesariamente judío. También se trata de un apellido holandés muy común.  A efectos prácticos mi hermana ya no era judía. Pero en cuanto la situación empeoró y se  empezó a hablar de campos de concentración, ambos decidieron marchar a España, porque no parecía seguro permanecer en Austria.

Como probablemente usted sabe, el régimen franquista era antisemita.  La simpatía expresada por la República Española  a los judíos produjo como contrapartida de que el clericalismo español y las fuerzas antirrepublicanas arremetieran contra los judíos y en España crecía el antisemitismo popular agitado por el clero. Los judíos eran presentados como deicidas, responsables de la crucifixión y muerte de Jesús. El fascismo español tomó el antisemitismo racial alemán y lo amalgamó con el tradicional antisemitismo cristiano, de inspiración religiosa. A diferencia del antisemitismo Alemán, que era racista, el Español era católico.

El régimen español culpaba a los judíos de haber generado el socialismo, el comunismo, el capitalismo y la masonería, lo cual por supuesto era totalmente falso. Por esa razón en 1940, y en perfecta coordinación con los nazis, el régimen español negó el tránsito por España a judíos.

Mi hermana se convirtió entonces al catolicismo, primero bautizándose, y luego renunciando a su religión judía, en la Capilla española de París. Sé que muchos judíos residentes en España hicieron lo mismo, pues temían que si lo hacían, no podrían renovar su tarjeta de residencia en la España católica, franquista y antisemita.

Cuando mi hermana llegó a España la familia de su marido desconocía el origen judío de mi hermana, a excepción de su cuñada, la misma muchacha que había sido paciente de mi padre. La hermana, según tengo entendido, guardó el secreto, de forma que desde entonces, en España,  mi hermana era una ciudadana española más, de origen alemán,  casada con un español.

Mi hermana mantenía contacto con mis padres. Les escribía a Estados Unidos pero, por precaución, enviaba las cartas a uno de los profesores del departamento de mi padre, y todas estaban escritas en alemán, sin mencionar el nombre de mi padre. Mis padres a su vez le respondían en cartas en las que no figuraba su nombre, ni el de ellos, ni el nombre judío de ella, remitidas por el profesor  Ford y dirigidas a Anna Bergmann, no a Hannah.  Sé que mi madre conservó estas cartas durante años, pero desgraciadamente desconozco su paradero o si fueron destruidas.

A través de las cartas y de lo que me contaron mis padres, sé que mi hermana era profundamente infeliz en España. Vivía una existencia acomodada, pues su marido era rico, o eso me ha contado, pero el país, tras la guerra civil, estaba devastado.

Los primeros años de la posguerra fueron incluso peores que la misma guerra. Casi todo el mundo pasó hambre. El pan era  escaso, negro y duro. No había carbón ni gasolina. A todo esto se unía la restricción de la gasolina, que se vendía a cinco pesetas, por lo que el gasóleo se usaba como combustible. Casi todo el mundo en aquella época pasaba hambre, Las mujeres estraperlistas se instalaban a la entrada del mercado y ocultaban los productos bajo sus ropas.  En cualquier caso, la situación no era peor que la de Viena.

 

Franco respaldó sin restricciones a la Alemania nazi. La propaganda nazi y antijudía brillaba en toda la prensa y radio franquista. La Gestapo dominaba las comisarías de policía de las principales ciudades españolas y mi hermana la certeza de que los alemanes conocían el número de judíos, con sus direcciones de España y de Marruecos. La Falange, en especial mientras fue ministro de Asuntos Exteriores el cuñado de Franco, Ramón Serrano Suñer, dominaba todo lo que se relacionaba con la prensa y propaganda.

Solo se publicaban noticias procedentes de Berlín y la censura era extraordinaria. Franco dio discursos antisemitas notorios, más que nada porque él estaba obsesionado hasta la paranoia, con la idea de la existencia del complot judeo-masónico-marxista. Pero, sería deshonesto si no citáramos que Franco de alguna forma protegió a «sus» judíos de Marruecos y hasta cierto punto impidió que la Falange llevara a cabo alguna acción antisemita.,Aunque los judíos sabemos bien que cada antisemita tiene su amigo judío a quien quiere y admira.

En un momento se había publicado un libro de un autor judío americano en el que alababa la conducta de Franco que había salvado a muchos judíos, sobre todo sefardíes, de morir en los campos nazis. Lo que hasta ahora sé, al menos, y lo que mi hermana me confirmó  es que el salvamento de algunos centenares de judíos o quizás más, fue sobre todo debido a la acción y a la valentía de cónsules españoles que actuaron por su cuenta, y la mayoría de las veces incluso desobedeciendo las órdenes que recibían del ministerio de Asuntos Exteriores de Madrid, en especial mientras fue ministro Serrano Suñer, que incluso castigó y expulsó a los diplomáticos españoles que habían dado visado y pasaporte a los judíos. Fue solo al final de la guerra, cuando ya era evidente la derrota de Alemania, que al parecer Franco intervino y se consiguió sacar un tren lleno judíos desde el mismo campo de concentración hasta la frontera española.

Volvamos a mi hermana, en plena posguerra española. Mi hermana no tenía amigos, no podía contar con su familia, se veía obligada a mentir… El problema se agudizó cuando en enero de 1943 Alemania dio un ultimátum a España -y a otros países neutrales- para que repatriaran a los judíos que tuvieran pasaporte español en un plazo de pocos meses, o serían enviados al este de donde no podrían volver hasta el final de la guerra. En realidad serían exterminados en los campos de la muerte de Polonia, un hecho del que entonces el gobierno español ya poseía alguna información, y que mi hermana conocía perfectamente. Por esta razón se hacía vital que el origen judío de mi hermana no se revelara.  Mi hermana deseaba con todas sus fuerzas marchar a vivir a los Estados Unidos. Pero para viajar en aquella época en la España de Franco necesitaba del permiso de su marido, y su marido se negaba a concedérselo. Su marido quería vivir en España y no quería que su mujer le abandonase. Por otra parte, mi hermana tenía para entonces tres hijos. En la España de la época no existía el divorcio, y si una mujer abandonaba a su marido la ley establecía que los hijos habían de quedarse con el padre. Mi hermana estaba pues atrapada.”

Nota de Lucía : En la España Franquista, la patria potestad es siempre del padre y la tutela de los hijos, en caso de viudedad, la tendrá otro familiar varón. Sólo el marido puede disponer de los bienes económicos familiares y para cualquier actividad relacionada con negocios, bancos, compra-venta, alquileres, cesión a familiares, viajes (en realidad está prohibido cualquier desplazamiento sin permiso de la autoridad gubernativa), es necesario aportar la firma del esposo. La nacionalidad y el lugar de residencia de la mujer son siempre, obligatoriamente, los del marido.

 

“Ni siquiera a partir del 46 la situación en España mejoró para los judíos. España seguía siendo profundamente antisemita y mi hermana siguió ocultando su identidad. Y obligada a permanecer en el país por amor a sus hijos. El contacto epistolar con mis padres era frecuente, pero mi hermana no podía salir del país sin permiso de su marido, de forma que no podía viajar a verlos, y mis padres tampoco querían viajar a España.

 

Para afianzarse en el interior, la propaganda del régimen había recurrido entonces al mito de la conspiración antiespañola, de la que formarían parte los judíos. Israel se había negado a reconocer al régimen franquista, por ser un antiguo aliado de Hitler, y además votó en la ONU en contra del levantamiento de las sanciones decretadas en 1946, lo que desató una campaña antisemita en la prensa española, en la que participó el propio general Franco según me contó mi hermana, así como su ministro Carrero Blanco. Mi hermana por lo tanto, seguía guardando celosamente su secreto.

Más tarde, cuando se puso se pone fin al aislamiento del régimen gracias al viraje de Estados Unidos y del resto de potencias occidentales motivado por la guerra fría, el discurso antisemita perdió  cada vez más peso y hubo ciertas medidas aperturistas respecto de los judíos.  Se abrieron algunas sinagogas, pero la legalización de las comunidades judías peninsulares no se produciría hasta 1965, de forma que mi hermana, casada con un funcionario del Gobierno, que estaba relacionado con la alta sociedad de la época, sociedad  profundamente antisemita, siguió guardando su secreto, que no reveló siquiera a la familia del marido.  Y según veo, tampoco a sus hijos.

Mi hermana me contaría más tarde que un día su hija al volver del colegio le dijo que “ los judíos habían matado a Cristo” , que se lo habían dicho en clase de religión. Cuando mi hermana intentó explicar a su hija que aquello no era cierto su propio marido se lo impidió. La niña era pequeña y el marido no quería que hablara en el colegio de lo que su madre iba diciendo. Para mi hermana, aquel día supuso el principio del fin de su matrimonio.

En 1968, al amparo de la llamada ley de libertad religiosa aprobada el año anterior,  se inaugura la nueva sinagoga y el centro comunitario de Madrid.  Mi hermana hizo enormes donativos para la construcción de esa sinagoga. Precisamente en ese año, en 1968, yo viajé a España con mi mujer para reencontrarme, por fin, con mi hermana.

Mi hermana para entonces ya no vivía con su marido, ambos vivían en residencias separadas pero no estaban divorciados al no existir divorcio en España. Mi hermana estaba preparando su partida a Viena. Sus hijos eran ya mayores y no la necesitaban y aunque en principio y en teoría  seguía necesitando de la autorización de su marido para viajar,  contaba con que en la práctica en la aduana no se le solicitara jamás dicha autorización. De alguna manera, había conseguido recuperar la nacionalidad austriaca pese a que el Gobierno Español no se la reconociera pues por ley en la España franquista la mujer tenía la nacionalidad de su marido. Me contó que para este trámite le había ayudado un amigo español que era funcionario en el Ministerio de Exteriores. No me lo dijo claramente pero deduje que este amigo había sido su pareja o que habían mantenido algún tipo de relación sentimental .

Mi hermana estaba profundamente dolida porque mis padres ya habían fallecido y ella no había podido volverlos a ver. Albergaba un resentimiento muy profundo contra su marido (legalmente lo era) al que acusaba de haberle puesto en contra de sus hijos. Me explicó que sus hijos no aprobaban la separación.  Para entonces mi hermana tenía casi cincuenta años y sin embargo tanto a mi esposa como a mí nos impresionó su belleza.  Nadie le hubiera calculado ni siquiera los cuarenta. No tenía una arruga, y como usted sabe entonces no existía la cirugía estética, o, si existía, no era muy común. Mi hermana tenía el cuerpo de una mujer joven, esbelto, y el cabello largo, y vestía con jeans, algo no tan desusado en las calles de Madrid en la época, pero sí entre las mujeres de su edad y de su clase.  Estaba deseosa de salir de España e iniciar una nueva vida.

Para mí este encuentro resultó profundamente transformador. No había visto a mi hermana en treinta años, y no puedo, matemático como soy y no poeta, transmitirle de qué manera removió este encuentro lo más profundo de mi conciencia.  Encontré a una mujer culta, inteligente, bella, fuerte, y me dolió mucho que la vida nos hubiera separado de esa manera, y a ella de mis padres.

Hannah era una mujer extraordinaria.

Nos vimos tres veces más antes de que Hannah falleciera, dos veces en Viena y una en Berlín, aprovechando mis viajes a Europa para asistir a congresos académicos. Hannah vivía en Viena y parecía feliz. Mantenía una relación sentimental que duró hasta su muerte con un hombre español, al que había conocido en España. Este hombre residía entre Madrid y Viena. Como usted sabe quizá, Hannah nunca se divorció de su marido, el abuelo de usted, y el compañero de Hannah estaba en la misma situación, casado con una mujer española. Hannah me explicó que en ambos casos la decisión de mantener el matrimonio se debía a un acuerdo de conveniencia. Ella parecía feliz con la situación.  Vivía en parte gracias al dinero que había heredado tras el fallecimiento de mis padres y en parte de una cantidad mensual que su todavía marido le enviaba. Sé que Hannah viajaba con frecuencia a España para asistir a actos sociales tales como las bodas y bautizos de sus parientes y que en esas ocasiones asistía del brazo de su marido, lo cual Hannah encontraba muy gracioso y yo también.

Recibí la noticia del fallecimiento de Hannah precisamente a través de un telegrama que me envío  este hombre. Se llamaba Emilio Santaella. Supongo que con un nombre tan poco común, no le será difícil a usted localizar a algún familiar, porque lo más probable es que él ya haya fallecido.

Le he contado a usted, querida sobrina nieta, todo lo que sé sobre mi hermana, y espero que si tiene usted alguna otra información que complete la historia, me la haga saber. Espero también que la vida nos conceda la oportunidad de poder conocernos en un futuro próximo, y digo próximo porque la mía está llegado a su fin. No lo digo con pena , soy científico y por lo tanto poco dado a sentimentalismos. Mi vida ha sido feliz, tengo tres hijos estupendos y nueve nietos, y he podido trabajar en lo que me gusta. Espero que la suya también lo sea.

Quedo a la espera de sus noticias.

Otto Bergmann”

 

4 comments for “el secreto de Hanna Bergmann, 4

  1. Encarna
    22 mayo, 2014 at 13:18

    ¿Y el libro para cuándo? Me he enganchado a esta historia…

  2. Basilense
    22 mayo, 2014 at 13:48

    Estoy enganchadísimo a esta historia. Gracias Lucía!

  3. Anna Castellano
    22 mayo, 2014 at 14:12

    me encanta, que bien escribes…

  4. Helena
    23 mayo, 2014 at 00:55

    Me tiene enganchada este relato!!!!! Me encanta!

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