El juego del gato y el ratón, 1

 

“ Vivimos así unos años, y creo que consideró que era mejor que ella se ocupara del día a día, ya que yo no lo hacía en absoluto. Ella se encargaba de las facturas, de pagar la comida, de hacer la compra… Para mí era fácil. Y un día, en medio de todo esto, me dice que se había quedado embarazada Y entonces me asus­té de verdad. No quería tener hijos. Los hijos implican responsabilidad, y nunca me había ido muy bien con las responsabilidades. Y entonces empecé a beber y a meterme en serio. Y empecé a fallar en el trabajo… Se me iba el texto, llegaba tarde a las funciones. Y al final, como siempre, ella se hizo cargo de todo. Me convenció para que fuera a un tera­peuta. Vamos, más bien me llevó de la oreja. Y empecé un trata­miento de rehabilitación. Y empecé a odiarla, a la pobre. Porque me sentía atrapado, con aquel hijo que iba a llegar. Y porque ella ya no cumplía su papel, el de hacer que yo estuviera bien, ella ya no cuidaba de mí, y sobre todo porque ella parecía tan fuerte cuando yo me sentía tan débil e indefenso. Y pasó lo que tenía que pasar… Me pasé tres días de marcha. Y así perdí el trabajo y perdí a Eva, claro”

 

Esta es una parte de la verdad, pero no toda la verdad. La historia, por supuesto, es mucho más larga.

El primer año fue perfecto. El salía del teatro y llegaba a casa, y ella le esperaba despierta, pese a que supiera que tenía que levantarse a las siete y que casi no dormiría. Hacían el amor, hablaban, se enredaban el uno en los brazos del otro,  avarientos de vértigos,  iluminados, llenos de deseo, derramándose. Se querían, se deseaban, se idealizaban, se devoraban, se imaginaban el uno al otro. Iluminados, ciegos, se susurraban los nombres rompiendo el silencio de la noche, los repetían, los intercambiaban, los reinventaban,  entre caricias que eran como documentos de compraventa.

Pero pasado el primer año, cuando él llegaba ella ya estaba dormida, y entonces él decidió que no tenía sentido llegar a casa para dormir a su lado. Así que empezó a hacer lo mismo que hacíaa antes de conocerla. A la salida del teatro, se iba a tomar algo con los compañeros. Al principio nunca salía hasta muy tarde, pero a poco las noches se fueron extendiendo. Había un límite. Tenía que llegar a casa antes de las seis y media, porque Eva se despertaba a las siete, y era importante que le encontrara allí, y que por lo menos desayunaran juntos. Y él llegaba a las seis y media y se duchaba para quitarse el olor a humo, y también la borrachera.

Pero llegó el día en el que no llegó a las siete. Y ese fue el principio del fin.

Desde ese día, empezaron un juego de gato y ratón. Eva sufría porque él no llegaba. Eva imaginaba que él dormía con otras mujeres. Eva lloraba por las noches. Eva empezó a tomar pastillas para dormir. Eva empezó a mirar los mensajes del móvil. Eva registraba bolsillos. Eva preguntaba, Eva se quejaba, Eva se desesperaba, y Eva se convirtió en un manojo de nervios.

De noche, Eva dormía como los delfines, con un ojo abierto, atenta a cada ruido, esperando su vuelta, receptiva a cada rumor tímido de mueble que crujía, a cada resplandor de farola que se reflejaba en la ventana. Sola en la alta noche, como si estuviera en un vasto desierto, nunca conseguía dormir un sueño profundo, solo un sueño intermitente que se interrumpía a cada rato, constelado de pesadillas que eran como arañas monstruosas,  siempre a la espera de que David regresara.

Eva pensaba que su amor  duraría toda la vida. Lo pensaba muy en serio. Pero todo se acaba. Todo se acaba cuando permites que la conducta de otra persona te afecte, cuando sufres la peculiar dependencia de gente peculiar, cuando te defines en la atracción por y en la tolerancia de la angustia, de la tristeza, de la autodestrucción, de la intensidad de otros, cuando estás tan centrado en otro que te abandonas a ti mismo, cuando te dejas caer porque el otro cae.

Todo se acabó cuando Eva se empeñó en proteger, en controlar, en perseguir.

Eva se insinuaba con sigilo o irrumpía sin avisar en la intimidad de David. Ya he escrito que  registraba los bolsillos o miraba los mensajes del móvil. También había noches en que sin avisar se presentaba a la salida del teatro solo para verificar que él no estaba con otra. Y David estaba condenado a hacerle el juego. Si ambos hubiesen sido reales no se hubieran desgastado en aquella estrategia estéril, pero su servidumbre es la misma: desde el momento en el que estaban controlados por el miedo ( el miedo al abandono de ella, el miedo a la intrusión de él) , dejaron de ser ellos mismos, y se convirtieron en personajes interpretando un papel, el de la perseguidora y el perseguido. Eva y David se confundían, se entretejían, se intrincaban sin querer, y como él no se iba nunca, como dejaba que aquello sucediera, colaboraba en la persecución, la incitaba y la alentaba, porque nunca se plantó y exigió que terminara.  Se necesitan dos para bailar un tango.  Eva siempre contó con el apoyo tácito de David, Eva siempre creyó o supo que a David en el fondo le encantaba sentirse perseguido, porque lo confundía con sentirse amado. Nunca en realidad fue David  contrapeso para las demandas de Eva. Siempre firmó  sus acusaciones, sus ataques sorpresivos, sus listas de agravios. Siempre contó con Eva el respaldo que necesitaba para mi tarea, cuando a su acoso atroz sólo podía oponerle  David unos ojos inmóviles.

A David nunca se le olvidan las instrucciones de cómo usar la máscara de oxígeno en caso de emergencia. Lo importante no es el uso de la máscara, sino el ORDEN de las instrucciones.
La clave es el paso 3. ” Colóquese la máscara”.  Luego viene el paso 4 . ” Ayude a los niños con las suyas. Los niños no van primero, van después. Y es que en la vida, en muchas ocasiones, queremos ayudar a otros. Nos importan tanto que sus necesidades parecen más importantes que las nuestras. Pero si somos vulnerables, si estamos desprotegidos… ¿cómo vamos a ayudar a otros?

Y en el fondo Eva, aunque parecía tan fuerte, tan segura, tan organizada, tan entera,  era muy vulnerable, muy necesitada de amor, muy desprotegida. Eva dependía de los demás: de sus estados de ánimo, de su conducta, de su enfermedad o bienestar y de su amor. Era una dependencia paradójica. Desde fuera, cualquiera hubiera dicho que David dependía de Eva (ella cocinaba, ella organizaba, ella pagaba facturas, ella ponía orden) pero en realidad Eva dependía de David. Parecía fuerte pero estaba desamparada. Parecía controladora, pero en realidad David la controlaba.

Deberían decirlo con tanta contundencia como lo expresan en las cajetillas de tabaco: Permanecer en una relación perjudicial puede ser peligroso para su salud. Puede trastornar su autoestima y destruir la confianza en usted mismo con la misma virulencia y saña con la que la nicotina y el alquitrán destroza los pulmones. Cuando la gente dice que la relación con su  pareja le está matando, puede que sea verdad.  Eva lo decía a menudo: esto me está matando, esto me está matando. Lo decía entre lágrimas y sollozos, lo decía entre suspiros, lo decía a gritos, a veces enfadada, a veces triste y a veces resignada. Lo decía y se iba apagando poco a poco, cada vez más desvaída, el pelo y los ojos sin brillo,  el paso cansino, arrastrando los pies. Lo decía y no se iba. Y no se hubiera ido si su familia no hubiera intervenido, si no la hubieran llevado a terapia, si no le hubieran convencido de que lo mejor para el niño que iba a venir era romper con aquello; no se hubiera ido si el propio David no le hubiera dicho en un momento dado  aquella frase asesina de amor – lo había dicho muchas veces antes, ésa es la verdad, y luego siempre se había retractado y luego siempre Eva le había aceptado de nuevo olvidando lo que David había dicho- que le rompió el alma, no se hubiera ido si el propio David no le hubiera dicho en un momento dado que ya no le quería. No se hubiera ido, David está seguro, si él le hubiera suplicado que se quedase. Pero estaba demasiado asustado como para suplicar.

Eva no era nadie especial, no eran distinta a tantas  personas fundamentalmente racionales y prácticas se encuentran con que no son capaces de dejar una relación aunque saben de sobra  que esa relación es perjudicial para ellas. Su sentido común les dice que deben terminarla pero, con frecuencia, para su desesperación, se quedan enganchados al amor como una droga, tan enganchados como David lo estaba a la coca.  Hablan y actúan como si algo les retuviera, como si su relación fuera una cárcel y estuvieran recluidos en ella.  En realidad, la puerta de su cárcel  está abierta de par en par y  lo único que deben hacer es dar un paso para salir. Pero, a pesar de lo desesperados que están, siguen ahí. Algunos se acercan al umbral y después vacilan. Otros hacen breves salidas, lo intentan, lo desean incluso, pero el miedo les puede,   rápidamente vuelven a la seguridad de la cárcel infundidos en una espesa y confusa mezcla, dulzona y mareante, de  alivio y desesperación. Algo les dice que deben salir. Algo en ellos sabe que no deben vivir de esta manera. Sin embargo, multitud de personas  como Eva eligen quedarse en sus cárceles, sin hacer ningún esfuerzo para cambiar su vida.  Pueden acabar languideciendo, agonizando,  en una esquina de su celda sin haber estado realmente vivos en muchos años.   Cada persona construye su cárcel.  Para unos es la cárcel del amor, y para otros la cárcel del alcohol y de las drogas, y para otros la cárcel de la corrupción, la violencia o el trabajo. Cada persona se construye una cárcel. A veces la cárcel se comparte. La cárcel de Eva era la de David  y la cocaína que era la cárcel de David creo los barrotes de la cárcel de Eva.  Aquella garra lo aprisionaba todo con fría garra envuelta en guante de terciopelo, cárcel de amor, madura y  confortable,  narcótica en su apasionada mansedumbre, cárcel compartida de deseo y miedo, de emociones mezcladas.

Y por sus cárceles les conoceréis.

 

( continuará)