¿DERECHOS PARA LOS ANIMALES?

DERECHOS ANIMALES¿ [imagen]

Por KEPA TAMAMES

 

El pasado miércoles se celebró –por parte de algunos colectivos– el Día Internacional de los Derechos de los Animales. Dicho así, no aporta demasiado, por cuanto toda ideología tiene marcado en el calendario su día, y algunas de ellas varios. Pero, si nos fijamos, estamos hablando del 10 de diciembre. En efecto: el Día Internacional de los Derechos Humanos. ¿Por qué hacer coincidir en la misma fecha los derechos de dos grupos zoológicos diferentes? Si ustedes se preguntan esto, añádanme a mí. Y, por lo que sé, hablamos de una decisión –la animalista– tomada a finales del pasado siglo. Parece claro que la propuesta trae consigo cierta provocación. Pero, de ser así, debería tomarse como una provocación didáctica, supongo. Pues pretende hacernos ver algo de lo que normalmente no nos percatamos: los humanos también somos animales. Aunque la evidencia no agrade a muchos, así es: somos animales, siempre y por completo. No es posible que “alguien” nazca flor y muera perro. Ni quien que sea animal “solo los fines de semana”. Recordemos la clave: si se nace (nacemos) animal, por completo y para los restos.

Conocido (¿sí?) el eje del tema, asumamos por igual que cuando tratamos sobre “animales” estamos tratando en realidad sobre los “animales no humanos”. Porque nosotros mismos somos tan “animales” como cualquier otro [animal], al menos desde una perspectiva biológica. Pero este artículo tiene por objeto dilucidar si los animales [no humanos] poseen derechos. Y quizá una pregunta tan directa merezca una respuesta igual de directa. Y mejor si –dado que nos movemos en un terreno filosófico– aceptamos que todos los dilemas se construyen sobre una pregunta esencial: ¿por qué? ¿Por qué derechos para los animales? Yo la respondería de una manera sencilla: porque para ellos es bueno. Y me atrevería a decir que hasta para nosotros mismos lo es.

Un derecho no es más que una herramienta moral. Solo que conviene añadir un detalle: una herramienta para impartir justicia; es decir, dar a cada cual lo que le corresponde. Nuestros derechos habrán de estar en íntima relación con nuestras necesidades (intereses). Existen pocas dudas de que el derecho es la herramienta más eficaz que hasta ahora hemos encontrado para tal fin.

Cuestión bien distinta es qué tipo de derechos merece tener cada cual (humano o animal). En dicho sentido, cabe resaltar que el derecho ha de ser capaz de garantizar lo que su beneficiario tenga por estimado. Así, sería completamente absurdo que cualquier ciudadano vasco reivindicase su “derecho” a vivir en la cuenca del río Orinoco. Pero ese mismo derecho sería del todo pertinente si quien lo reivindica es un yanomamo. Por tanto, cuando discutimos sobre si un derecho es “razonable”, deberíamos incorporar la siguiente doble cuestión: qué tipo de derecho y para quién. Aunque parezca que con ello trato de huir del centro del debate, no es así. ¡Ni de lejos!

Tenidas en cuenta todas las reflexiones que aquí dejo (¿para qué dejarlas si no?), vayamos con un ejemplo práctico. ¿Qué tipo de derecho necesita un gato? ¿Tener un mes de vacaciones laborales al año? ¡No! Pues a un gato se la trae al pairo tener reconocido (o no) un derecho de este pelaje. ¿Quizá votar en las elecciones municipales? ¡Tampoco! Pues a un gato se la suda votar (o no). ¿Tal vez a que alguien no le aseste una patada [gratuita]? ¡Eso sí que es bien interesante para él! Pues garantiza su integridad física (¿acaso hay algo más valioso?).

Por concretar: los animales [no humanos] tienen derechos. Derechos razonables, de idéntica forma que han de ser razonables los de los humanos. Y si aún no los tienen, deberíamos reconocérselos cuanto antes. Porque para ellos es un auténtico regalo. Y porque se lo debemos a nuestra naturaleza ética.

[*] Este artículo fue originalmente publicado por el periódico BERRIA.

 

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