DERECHOS ANIMALES

Por Kepa Tamames


En el preludio de la próxima Navidad cumplirá sesenta y cinco años la primera  Declaración Universal de los Derechos de los Animales. Se firmó en París, y hacía referencia tan solo a los seres humanos, lo que la convertía en una carta extraordinariamente restrictiva. Tuvieron que pasar tres décadas para que surgiera otra Declaración de similar naturaleza y espíritu que abarcara al resto de especies, en muchos aspectos laxa, pues entre otras cosas admite la eliminación masiva y sistemática de ciertos individuos si posteriormente se hace un uso gastronómico de sus cuerpos, o si se asumen como instrumentos de investigación.

 [Si el lector o lectora se ha hecho un pequeño lío con el párrafo anterior, vuelva a leerlo, por favor]

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Somos animales. Lo somos independientemente de nuestra profesión, raza, edad, sexo, ideología o estado mental. Nadie que no sea un “animal en toda regla” podrá leer esas líneas. El carácter animal solo puede desplegarse desde una perspectiva biológica. Con el término «animal» se da un curioso fenómeno. En nuestro lenguaje cotidiano, su significado engloba al menos dos conjuntos de seres diferentes. Por una parte, a «todos los animales», incluidos por supuesto los humanos. Por otra, todos excepto estos. Es como si el vocablo «perro» designara a todos sus miembros y al mismo tiempo a otro grupo del que quedarían descolgados los caniches. ¿Se imaginan? De igual manera podríamos referirnos a las «mujeres» incluyendo a su conjunto total, y hacerlo de forma paralela prescindiendo de las que habitan el África subsahariana, pongo por caso. Así las cosas, convendremos en que tratar de comparar a humanos y animales equivale, stricto sensu, a tratar de establecer similar operación con pinos y árboles. El hecho de que la dualidad del término «animal» nos parezca perfectamente natural obedece a que con frecuencia nuestra mentalidad se adhiere a nuestro lenguaje. Simplemente a eso.

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Como acertadamente han apuntado diversos autores, un sujeto no posee derechos de la misma manera que posee brazos, uñas o tráquea. La posesión de estos elementos anatómicos no tiene nada que ver con la moral. Los derechos, sin embargo, surgen necesariamente de esta. Pero ¿qué son los derechos? ¿Qué implica su existencia? ¿Quién decide su conveniencia y quién se beneficia de esta? El derecho es ante todo un concepto, una idea cuya puesta en práctica trata de paliar ciertas consecuencia indeseables del comportamiento humano. En realidad, solo un restringido grupo de animales posee la capacidad de hacer juicios de valor sobre sus actos (son por tanto agentes morales) y su límite no coincide desde luego en rigor con el grupo humano. Los bebés, o quienes padecen discapacidades cognitivas severas, o los enfermos en coma no son, por descontado, seres “racionales”. Lo que no impide que puedan disfrutar de derechos básicos, como los que pretenden garantizar su vida o su integridad física. Conviene recordar en este punto el carácter limitado de los derechos, pues nadie los tiene en términos absolutos, y a menudo llegan a resultar incompatibles. Únicamente tiene sentido conceder el derecho a no ser torturado a quien pueda resultar perjudicado con la trasgresión de ese derecho; no importa a qué especie pertenezca. No atentamos contra la “vida” de un libro si le arrancamos las hojas, de la misma forma que no cercenamos la “libertad de expresión” de un niño al que no se permite votar.


Resulta descorazonador –y a la vez algo patético– comprobar cómo la sociedad humana en general, y determinados profesionales en particular, insisten con obstinación en negar la evidencia respecto a la cuestión de los derechos de los animales [no humanos], llegando a perpetrar auténticas cabriolas filosóficas, como aquella según la cual hombres y mujeres podemos tener “obligaciones morales” para con alguien sin necesidad de reconocer que ese alguien tiene en efecto “derechos”. ¡Algo sencillamente imposible! Es como desear “morir” sin “perder la vida”. Lo primero lleva a lo segundo, sin que importe qué nombre decidamos darle.

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Afirmar que solo los seres humanos podemos ser sujetos de derecho es como aseverar eso mismo respecto a las adolescentes británicas, al colibrí de cola roja o al lince ibérico. Se muestran todas meras demostraciones de una mentalidad tan simplista como obtusa, y responden en todo caso a la puesta en práctica de todo un esquema mental, milenario pero estanco (bobo eufemismo para “egoísta”). Solo de él pueden surgir determinados razonamientos que bien podríamos calificar como «teorías del porque sí«.

Quienes militamos en organizaciones animalistas preferimos no mostrarnos –creo– estúpidamente optimistas por cuanto a los avances que a corto y medio plazo se conseguirán en el trato que damos a las demás especies. Nada va a cambiar radicalmente de la noche a la mañana, lo sé. Pero a algunos nos dio por pensar que, en su momento, este siglo será recordado como el comienzo de la mayor revolución moral en la historia de la Humanidad.

 [*] Escribí el germen de este texto a finales del pasado siglo (¡cómo pasa el tiempo!), cuando acababan de cumplirse cincuenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Me pareció entonces buena la ocasión para reflexionar sobre una doble realidad: el mismo concepto de derecho (aplicado a sujetos parahumanos) y nuestra todavía incómoda “animalidad”. Me pregunto ahora si han cambiado sustancialmente una y otra. Y pudiera responderme con un lacónico “pueda que algo”. Pero prefiero vislumbrar cierta luz al final del túnel. Acaso sea la misma edad, que se encarga ella solita de insuflar una gotita de optimismo en este inmenso vertedero.


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3 comments for “DERECHOS ANIMALES

  1. pilar
    14 junio, 2013 at 08:23

    Derecho a vivir dignamente, porque sienten . sufren y quieren como nuestra especie, es cuestion de empatia, de respeto y recordar que durante toda la historia de la humanidad ,ha habido canibalismo , mucho mas de lo que creemos; la diferencia es que el animal humano ha podido redactar una ley contra ello .

  2. 14 junio, 2013 at 08:30

    Kepa, gracias por decir alto y claro estas verdades tan aplastantes. A quienes coincidimos, nos infunde ánimo para seguir adelante. A quienes empiezan a darse cuenta, les ayudan a abrir más los ojos, la mente y el corazón. A aquellos que aún no lo comprenden… ya llegará. La clave es dar herramientas para que cada cual comience a dar a la vida, de una vez, el valor que tiene por si misma: su inmenso valor. Sigue así.

  3. JAMAICA
    14 junio, 2013 at 16:22

    NO TENGO LA MENOR DUDA, AMIGO KEPA, QUE LAS COSAS HAN CAMBIADO MÁS QUE «ALGO». MUCHÍSIMO. Y NO LO VEAS COMO UN TÚNEL… YA ES UNA GRAN PRADERA. TODOS NOS ESTAMOS ENCARGANDO PARA QUE CADA DÍA SE EXTIENDA MÁS Y MÁS LA CONSIDERACIÓN HACIA LOS ANIMALES. Y LO VAMOS CONSIGUIENDO

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