Cine encantado de conocerse

Por Gonzalo G. Chasco

“Django desencadenado”, la nueva propuesta, vía ‘spaguetti western’, de Quentin Tarantino nos ofrece todos los ingredientes esperados: un delirante pastiche de influencias, agudos diálogos, altas dosis de violencia y humor macabro.

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Cineasta dotado de un talento excepcional para conjugar influencias y combinar elementos cinematográficos, Tarantino nos conquista en última instancia no por su tratamiento de la violencia, o por su particular humor, sino por su genial dominio de la armonía: armonía en la combinación de música e imagen, en la sucesión de extensos diálogos y repentinos arrebatos visuales, en el dominio del ritmo cinematográfico, jugando con el tiempo, dilatándolo o acelerándolo a su antojo. Al final, muy hábilmente, consigue ofrecer un producto con apariencia de novedoso, a pesar de la infinidad de referentes (o citas, o plagios) utilizados, que no le impiden  resultar personal, creando un universo propio totalmente reconocible. Icono del posmodernismo cinéfilo de las últimas décadas, muchos lo han imitado, a menudo animados por el propio Tarantino que les ríe las gracias. Pero generalmente con desastrosos resultados, porque ese talento se lo guarda para él.

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Es cierto que muchos de sus espectadores más entusiastas, quienes se sintieron cautivados con sus primeros filmes, los ya lejanos pero muy presentes “Reservoir Dogs” (1992), “Pulp Fiction” (1994), incluso “Jackie Brown” (1997), se vienen sintiendo un poco decepcionados con las últimas entregas tarantinianas, como si el éxito popular alcanzado le hubiera acomodado y la fórmula, a pesar de los cambios de género, comenzara a resultar ya vista y mucho menos impactante.

Algo de eso puede haber en un Tarantino crecido y encantado de conocerse, juguetón con los ingredientes que maneja y cuya fórmula sabe que funciona, la de un cine que en sí mismo aparenta estar también encantado de conocerse, a sí mismo, y a todo ese cine anterior que reverencia. Pero los méritos siguen siendo incontestables: “Django desencadenado” es un excelente entretenimiento, una diversión muy atractiva que se sigue viendo, como la mayor parte de su cine, con cierta adicción, a pesar de sus muchos minutos (algo habitual en su cine, aunque en mi caso, y es algo que no me suele ocurrir con otras de sus películas, en esta ocasión la atención se me va dispersando hacia el final).

El marco lo proporciona el western, pero que el patrón lo proporcione un género estandarizado no significa que Tarantino no vaya a romper la convencionalidad, como se aprecia desde la propia elección de los personajes protagónicos: Django, un esclavo (Jamie Foxx) es comprado / liberado por un cazarrecompensas de origen alemán (ese prodigio que es Christoph Waltz) para llevar a cabo la captura de unos forajidos, y juntos, de paso, irán a liberar a la novia del primero, en posesión de un malvado esclavista (Leonardo Dicaprio).

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Así que tenemos a un negro y a un alemán de protagonistas en un western lleno de violencia y sangre, atravesado de un estimulante humor paródico (magnífica la burla del Ku Kux Klan a cuenta de sus capuchas), con una interesante relación de amistad y lealtad entre los protagonistas, un fascinante personaje de cabrón y siniestro negro negrero (Samuel L. Jackson), cierta crudeza que va más allá de la habitual trivialización de la violencia característica de su autor (a mí, lo relativo a las peleas de los mandingos, o las salvajadas cometidas sobre los esclavos, me afecta), inevitables guiños a la blaxploitation, al cine oriental, los dibujos animados, o incluso a la mitología germánica, y música rap sonando para ilustrar acciones del siglo XIX.

¿Excesivo? Pues esos son sólo alguno de los ingredientes entre otros muchos que, probablemente, cada espectador detectará en función de sus debilidades “frikis” particulares, porque al amigo Quentin le da por tratar de acaparar todo lo que puede. Sin embargo, yo termino echando de menos algo, alguna de esas secuencias antológicas marca de la casa que encontrabas en abundancia en sus primeras películas, pero de las que también hay ejemplos en su anterior film, “Malditos Bastardos” (recuerdo la escena inicial, o la de la taberna…). Aquí, el conjunto me sigue resultando magnífico, pero me falta algún pico de brillantez. En todo caso, creo que no pasará mucho tiempo antes de que me apetezca pasar un buen rato viéndola de nuevo, lo cual es de lo mejor que se puede decir de una película.

Gonzalo G. Chasco

gonzalogchasco@gmail.com