Por qué si te deprimes por amor, eso no es amor

Cuando nos preguntamos ” Por qué el amor nos duele tanto” en realidad no caemos en la cuenta de que lo que nos duele nunca es amor.
Voy a poner un ejemplo,
Como algunos sabéis, estoy en Sevilla ( la prueba fehaciente, en mi perfil de Instagram)
Ayer una mujer que estaba en nuestro grupo de amigos me contó una historia típicamente sevillana.
Conoce al novio en el instituto. Se casan en cuanto ambos acaban la carrera. Boda y piso pagados por los padres.
Ella se queda embarazada. Como los pisos en Sevilla están por las nubes, se van a vivir a una ciudad dormitorio en las afueras de Sevilla. En teoría, e media hora de Sevilla. En la práctica, e veces se tarda una hora en llegar.
Ella deja su trabajo con la idea de cuidar del niño y de la casa, y volver a trabajar pronto. Pero el entorno presiona con lo de “la parejita”.
Y al poco tiempo nuestra protagonista ha cubierto el expediente social. Ha cumplido con lo que se espera de ella. Marido guapo, bien situado, dos niños, niño y niña; chalet adosado. Y hasta el perro preceptivo en estos casos.
Su marido sale de casa cada mañana a las siete. Vuelve a casa cada noche entre las ocho y las nueve. Muchas veces tiene que viajar o salir a cenar con clientes.
Los fines de semana comen el sábado en casa de los padres de él, el domingo en los de ella. Sábado por la noche el va a ver el fútbol con amigos. Los domingos suelen llevar a los niños a alguna actividad recreativa.
Ella se convierte en la secretaria del marido, la chofer de los niños, la cocinera y limpiadora de todos, la gestora de las cuentas del hogar, la decoradora, a electricista, la fontanera. Trabaja mucho en realidad, pero desde fuera existe la percepcion de que no trabaja.

 

Y sucede lo de siempre. Los viajes del marido, sus cenas fuera de casa con clientes, esconden lo que todas estáis adivinado. Es tan tópico que no lo debo ni explicar.
Ella acaba en la consulta de un psicólogo. Enormemente deprimida. En teoría por amor, en teoría por la ruptura. En teoría porque quiere que él vuelva.
Pero allí no había amor ninguno. Ellos dos casi no se veían. En realidad el marido compartía mucho más tiempo con su compañera de trabajo que con su esposa, con la que casi nunca pasaba tiempo a solas, excepto para dormir y para algún encuentro sexual esporádico. Esa esposa con la que no compartia afinidades, ni sueños, ni confdencias ni intimidad.
Ella no se deprime por amor.
Se deprime porque la han educado en la dependencia y nunca ha estado sola.
Se deprime porque el hecho de que la sustituyan por otra es un golpe brutal al ego y al orgullo.
Se deprime porque ha sido utilizada.
Pero el amor no tiene nada que ver en todo esto.
 
El amor romántico se nos ha vendido como el estado civil ideal cuyo lógico fin ha sido la formación de una familia nuclear tradicional.
Los niños y las niñas aprenden pronto lo que es “natural”, lo que es “normal”.
Primero se nos enseña a ser hombres y mujeres, se nos enseña a adquirir unos determinados roles según el grupo al que pertenezcamos. Y luego se nos dice que tenemos que buscar a alguien que nos complemente para ser felices.
Se nos educa bajo la premisa de que hombres y mujeres somos diferentes, que por tanto nos complementamos.
Por eso nuestra protagonista hizo lo que se esperaba de ella.
 
En base a la identidad de género aprendemos no sólo a ser lo que se espera que seamos, sino que además aprendemos las pautas establecidas para la relacionarnos con el otro grupo. Generalmente estas pautas nos llevan a relaciones de dominación y sumisión, en las cuales unos son superiores a otros. Y unos se aprovechan de otros.
Aunque todo sea muy sutil, aunque no se note.
 
Nos enseñan que lo sano es que las mujeres se encierren en sus hogares y creen familias de dos o tres hijos. Que tengan capacidad adquisitiva y de ahorro. Que consuman todos los productos, que se aten a sus sueldos, que produzcan y se reproduzcan en un orden. Que sigan la lógica de la familia tradicional.
No es tan tradicional, en realidad. La familia nuclear solo es occidental y apenas tiene un siglo de vida. En otros países y en otras épocas en una casa vivían papá, mamá, hijos, los abuelos, la tía soltera y a veces dos personas más.
 
Los hijos e hijas del amor romántico harán lo mismo que sus padres: nacer, crecer, consumir, enamorarse, trabajar y reproducirse. Y enseñarán a sus hijos e hijas como es el mundo y como deben comportarse si quieren ser aceptados.
 
La gente se casa y se encierra; ese es el objetivo final: consumir en los centros comerciales y trabajar durante toda la semana.. La cultura mitifica e idealiza a la pareja feliz, y vende historias de amor para ser consumidas. Las parejas felices llenan los centros comerciales, sostienen la industria inmobiliaria, viven en la industria del entretenimiento
Todo el consumo pasa por estas parejas, que a lo largo de su vida compran niditos de amor, coches, joyas y flores, muebles para la casa, ropita y accesorios de bebé, etc.
.
 
A través de la cultura idealizamos este modelo de familia feliz formada por un papá, una mamá y unos hijos. Porque nos lo ofrecen sublimado, mitificado como el colmo de la armonía, la felicidad y la paz.
Y por eso nuestra protagonista cumplió con lo que se esperaba de ella.
Pero en su vida no había amor.
 
” Por qué el amor nos duele tanto” no es un ensayo, es una novela. Y esta nota NO es un extracto del libro. Pero el libro trata una historia parecida: la de la mujer que se esfuerza en cumplir con lo que se espera de ella y que se encuentra un día con que lo tiene todo: la casa ideal, la niña perfecta, el marido guapo. Lo tiene todo menos la felicidad.
 
Con esto no quiero decir que no existan los matrimonios felices y con amor: existen. Pero también existen los infelices, y también existen los solteros felices. La felicidad no pasa necesariamente por casarse o por cumplir con ciertas pautas