Perry necesita una casa

Por Nadiah A. Coira

 

La primera vez que le vi, ni siquiera le vi.

Y al parecer no era a la primera persona a la que le pasaba eso.

A veces no notamos la belleza aunque nos dé un puñetazo en la boca.

Pese a que desde niña he sentido un amor casi inmediato por los animales, éste se concentraba en los gatos. Crecí con uno a mi lado siempre, y no creo que pudiera vivir sin uno cerca, tal es mi adoración por ellos. Por eso, nunca pensé que otro animal, ni siquiera un perro, pudiera hacerme sentir lo mismo.

Perry llegó a mi vida por casualidad, no lo busqué, un hilo invisible unió nuestros pasos por obra y gracia de un precioso chow chow blanco que me miraba a través de la pantalla de mi portátil. Algo hizo click en mi corazón y lo demás ya fue obra del azar.

Aparte de él, nadie conoce muy bien su historia.

Creemos saber, parece que, diríamos esto o aquello, pero nadie sabe los detalles. Me dijeron, leí, se supone una historia mil veces contada:

Un cazador, como tantos, como todos, al que una bruja malvada le arrancó el corazón pero no la escopeta. Un hombre de hojalata armado que se dedicó a extinguir sin piedad la vida de quienes se cruzaban en su camino, pero también se aplicó en robarle todo lo bueno a la vida del perro que le acompañaba, víctima silenciosa, al que forzó a ser su cómplice, al que apagó hasta ser una sombra, al que mató también poco a poco; a veces no es necesario que haya sangre para que se cometa un crimen.

La primera vez que me vio, ni siquiera me vio, él solamente ladraba.

Le ladraba al aire, le ladraba a todo y a todos. Me decía, nos decía así, que ya hacía tiempo que había renunciado. Nos contaba que después de escapar del oscuro bosque, se conformaba con que la comida no fuera precedida de un disparo. ¡Oídme bien! Un ladrido, dos ladridos, tres ladridos. ¡Oídme bien! Cuatro ladridos, cinco ladridos, seis ladridos… Sí, ¡oídme bien! ¡Quedaos sordos! No hay camino de regreso, no os necesito…

El más chulo del canil, el alborotador, el golfo. El que ponía a todos sus peludos compañeros en vereda cuando de comida se trataba. El pretendido dueño del lugar siempre buscando pelea se convertía en un ladrido invisible cuando un humano se cruzaba con él.

Pregunté, me interesé, pero nadie sabía de este maestro del camuflaje, de este canino Mortadelo que se transformaba en gris para pasar desapercibido año tras año. Me decían, nadie se ha interesado, nadie jamás ha preguntado por él: habíamos perdido la esperanza.

Un día, en uno de nuestros primeros paseos, se paró e intenté tocarle, pero se retiró temblando, intentando esquivar el imaginado golpe. Mi desconocida caricia le aterrorizó, lo vi en sus ojitos marrones (sin duda robados a un oso de peluche). Entonces lo comprendí todo de pronto, ¿acaso son necesarias las palabras para comunicarse?

Y me explicó: aunque no te haré daño nunca moveré el rabo al verte, nunca haré ver que me gustan tus mimos, que me peines, que me digas bajito, en la oreja, que me quieres. Nunca jamás. Porque no sé cómo hacerlo, porque es tarde, porque nadie me ha enseñado.

Entonces le miré y le hice una promesa: nunca te haré daño, nunca dejaré de venir a verte, de preocuparme por ti, de quererte. Porque no sabría ya cómo dejar de hacerlo…

La primera vez que nos vieron juntos sí que nos vieron.

Y así, unos a otros pudieron contarse cómo una mujer paseaba tranquila con un perro a su lado. Cómo ella sonreía y le acariciaba el pelo, cómo el perro parecía que quería alejarse pero siempre se quedaba cerca, esperando un nuevo mimo, una nueva carantoña.

Parecían felices, se decían unos a otros, parecían felices…

Y la verdad, lo eran.

 

Me llamo Nadiah A. Coira y colaboro con la protectora APADAN, una protectora de animales que está en la provincia de A Coruña. Con esta historia pretendo reflejar otra cara de los perros que tienen la suerte de ser recogidos por una protectora. Perros que han sufrido mucho y que  es muy difícil que encuentren una familia en la que estar, porque necesitan a alguien con más paciencia de lo habitual y que tenga el amor suficiente como para no esperar que a la primera de cambio el perro en cuestión mueva el rabito.

El perro está en adopción. Necesita un dueño.

Éste es Perry  y ésta soy yo:

zzzzzzzz. perrito

2 comments for “Perry necesita una casa

  1. Bea
    22 enero, 2013 at 13:28

    Precioso.
    Me ha hecho llorar.
    Gracias.

  2. Santi
    24 enero, 2013 at 10:26

    Qué historia tan bonita! Espero que Perry tenga suerte.

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