La sociedad de consumo y las necesidades creadas

Reflexiones tras un viaje a Colombia. La pregunta es: ¿ hasta qué punto los objetivos finales, individuales y colectivos (sentido de la vida, autoestima, felicidad personal, solidaridad colectiva….) ha sido eclipsada por los objetivos utilitaristas, productivistas y consumistas de la sociedad de consumo?

 

Ayer llegué de Colombia ( sí, era colombiano el piloto que por dos veces nos comunicó que nos aproximábamos al aeropuerto Alfonso Suárez, aunque él dijo Suáres) y el shock al llegar aquí ha sido mayúsculo. Los colores, los olores, la luz, todo era diferente. Por no hablar del jet lag, del horror de deshacer maletas, del hecho de que una de mis maletas apareció destrozada y con gran parte del contenido roto, etc, etc, etc.  Es muy complicado reajustar la cabeza desde un paisaje y un modo de vida tan diferente y volver a situarse aquí. Ente otras cosas he comprendido que el concepto de «pobreza» es muy diferente en unos sitios que en otro. Aquí se cree pobre el que no llega a fin de mes para pagar la luz y el agua. Allí he visto a muchísima gente que vive sin luz ni agua, sin más. Cuyos niños no usaban zapatos y se vestían con la primera camiseta que encuentran tendida, que no consideraban «suya» porque también la podría usar su hermano, Y eran personas felices, con niños felices. Desde luego, los niños eran felices. Al menos los que traté yo.

Por supuesto sé que en una vida en la que no haya comida ni salud es imposible ser feliz, pero a esos niños se les veía razonablemente bien alimentados y sanos. Y, lo más importante, sonrientes. Muy sociables. Se reían en cuanto jugabas con ellos y en seguida estaban dispuestos a enseñarte a su hermana, su casa, su gato, el pez que había en el río. No ves a muchos niños así en salas de espera de aeropuertos, por ejemplo. Esos niños rubios y bien cuidados pero que no sonríen y que tienen pinta de estar aburridos, cansados y perpetuamente enfadados.

En realidad, se puede vivir perfectamente sin  aparatos eléctricos, electrodomésticos, gadgets de última generación, conexión a internet, teléfono móvil, coche, tarjetas de crédito o viajes El consumo a fin de cuentas no es más que consumo que derroche  donde lo superfluo precede a lo necesario, donde el gasto precede en valor a la acumulación y la apropiación. En realidad ¿es más feliz el alto ejecutivo de una multinacional  que vive en una casa con piscina  que un pescador del amazonas  que vivían en equilibrada armonía con su medio natural y no sujeto a un duro estrés competitivo?.

La respuesta, en última instancia depende, tan sólo, de cada persona, puesto que, si bien es verdad que nos encontramos en una sociedad desarrollada, con avances científicos que hace un siglo parecerían sacados de una novela de ciencia-ficción, también, es cierto que vivimos en una sociedad donde la miseria psicológica y cultural es elevada, como revelan, entre otros datos, las estadísticas de asistencia psiquiátrica, de alcoholismo, de toxicomanía y adicciones varias ( a las compras, al móvil, al sexo, a las drogas) , las tasas de divorcios y de suicidios…

 

¿Cuánto influyen unos bolsillos llenos en lucia una amplia sonrisa ? ¿ Por qué algunos millonarios viven su vida tan a disgusto, mientras que personas que apenas ganan para sobrevivir confiesan ser felices?

El psicólogo Daniel Kahneman, de la Universidad de Princeton, premio Nobel de Economía 2002, y su equipo- se evaluaron las respuestas de 1.700 mujeres, con diferentes niveles de ingresos, respecto a cuán felices se sentían. La conclusión:  quienes reciben ingresos más altos no necesariamente lo pasan mejor.

“La gente con un ingreso por sobre el promedio está relativamente satisfecha con su vida, pero es apenas un poco más feliz que otras personas, tiende a vivir más tensa y no pasa más tiempo en actividades particularmente agradables”, dicen los autores de la investigación, en la que también participaron economistas y psicólogos de las universidades de California en San Diego, de Michigan y de Nueva York.

Para realizar la encuesta, se diseñó el “Método de la reconstrucción del día”, una herramienta que mide la calidad de vida según la satisfacción que se experimenta en diferentes momentos en cada jornada.

Al comparar las respuestas de quienes ganaban menos de 20.000 dólares al año ) con las de aquellos que recibían más de 100.000 dólares al año, se vio que los primeros destinaban casi el doble de tiempo a actividades placenteras, como ver televisión o conversar con amigos. En cambio, los de mayores ingresos ocupaban gran parte de su día en actividades “obligatorias”, como el trabajo. Y cuando se trata de pasarlo bien, no es raro que recurran a actividades sencillas y nada costosas.

El estudio, aparecido en la revista “Science”, se suma a trabajos previos en los que se cuestiona la verdadera relevancia del dinero en la felicidad. De hecho, el profesor Kahneman precisa que si bien “los niveles de ingreso en países desarrollados han aumentado, los de felicidad no han experimentado un crecimiento similar”, e incluso han disminuido en algunos casos.

Los datos sugieren que una vez que se ha conseguido tener un techo, comida y ropa, el dinero extra no hace más feliz a la gente.