Mi recuerdo de Ana María Matute

 

Hoy he tenido, por decisión personal, el teléfono desconectado desde las nueve hasta la una. Había pensado que necesitaba tiempo para mí. Tengo que decir que en estas horas no percibí ninguna señal. No vi una bandada de cuervos que cruzaba el cielo ni sentí en ningún momento un vuelco al corazón. Nada me hacía pensar que iba a llegar a casa y encontrarme con el teléfono saturado de mensajes. Nada me hacía pensar que iba a recibir esta noticia

Vais a leer en todos los periódicos lo maravillosa escritora que era Ana María Matute. No sé si muchos hablarán de lo gran persona que era. En un medio extremadamente competitivo, de capillitas, amiguismos, odios, inquinas, envidias y  guerras enfrentadas, digno de las propias novelas de Ana María, jamás escuché a esta mujer hablar mal de nadie ni quejarse del trato que recibía. Ella vivía en un territorio privado que se había construido, y era feliz en ese mundo. No se rebajaba a involucrarse en esas tonterías, porque Ana María era la elegancia personificada.

Me decía que cuando era pequeña, en el enorme caserón en el que vivía, se encontró una vez con la figura de un obispo, sentado, y que se dio cuenta entonces de que había otros mundos dentro de éste, y que por eso sabía que hay otras dimensiones invisibles que no podemos abarcar ni comprender, pero que ella sentía, percibía, e incluso, en cierto modo, conocía y traducía.

También me contaba, y esto lo ha contado muchas veces, que de pequeñita, cuando la castigaban encerrándola en el cuarto oscuro, veía lucecitas en ese cuarto y se decía a sí misma ” soy un hada”. Porque lo era, era un hada. Podía hacer magia con sus palabras y sus historias, y lo sabía. Alta magia, producto de una imaginación irrepetible, de una llama pura. Era un hada, una alta señora, una sacerdotisa investida con el poder de una diosa nocturna, de unos órdenes ocultos y profundos. Y realmente creo que tenía un don de ver más allá, de escuchar más allá, que muy poca gente tiene. Eso le hacía ángel, hada, luz diosa, altar, sibila, lira, reina, caja pandórica, incluso altar. No creo que nadie que la haya conocido pueda hablar de ella sin hablar de magia.  Porque todo en ello era mágico: los extraños ojos que tenían un círculo azul sobre alrededor del iris, la cabellera blanca que parecía un aura, la forma de mover las manos de larguísimos dedos al hablar, como si fuera un aletear de palomas, la voz dulcísima y cantarina, que más hablar, muchas veces, campanilleaba. Realmente, había algo de élfico en ella, algo que siempre sugería un un don de gloria, incomprensible para muchos.  Si existe un más allá – y ella creía firmemente que sí- en ese más allá tiene Ana María Matute un sitio más que ganado en el que estoy segura de que será inmensamente feliz.

Era una persona tiernísima, de una inquieta dulzura frágil, como de estrella, con un encanto misterioso e inimitable, tremendamente ingeniosa y poseedora de una exquisita educación, sobria pero cortés, que parecía más de gran dama británica que de origen castellano, aunque allí la había aprendido. Siempre con la sonrisa a flor de labios. Siempre dispuesta a abrirte las puertas de su casa.  Siempre dispuesta a escucharte. No se había sentido querida por su madre, explicaba a menudo, y quizá por ello hacía de madre para muchos, no solo para mí, y era capaz de ofrecer tanto amor y tanta atención.

Por supuesto, era una gran escritora, y eso lo sabéis todos. Pero como escritora que soy, y conociendo bien el mundo de la escritura, puedo decirlo: Algunos elegidos dejan tras de sí una obra que les sobrevive, pero muy poca, muy poca gente, deja en el recuerdo de los que le conocieron un sentimiento de admiración, agradecimiento y afecto tan profundos e indeleble. Es difícil ser buen escritor, pero es muchísimo más difícil ser una buenísima persona.