25 nov

Hoy, 25 de noviembre, es el día Internacional de la Violencia de Género.
Me gustaría colgar, por lo tanto, un fragmento de mi última novela:

“Pero es que ser guapa, inteligente, tener un trabajo que funciona, tener dinero, cultura, son factores que no evitan que caigas en una relación abusiva. No, lo siento. Lo de ser maltratada… (¿Me he atrevido a escribir maltratada? Yo misma no me lo creo. Durante años negué que lo era, me lo negué a mí misma. Porque si los demás creían que yo no podía ser una mujer maltratada, entonces yo no podía serlo) Lo de ser maltratada, digo, no es de mujeres pobres ni incultas.
De hecho, te voy a decir más, querido lector o querida lectora. Mi psicóloga era cara. Atendía a mujeres con estudios, masters, doctorados. Con situaciones económicas que superan con mucho la media nacional. Mujeres Inteligentes. Muy inteligentes. Capaces, muy capaces. Bellísimas, sociables, admiradas. Médicas que salvaban vidas.. Militares que sirvieron en Afganistán. Arquitectas que habían levantatado rascacielos. Abogadas, juezas, políticas que sabían perfectamente, sobre el papel, en teoría, lo que es un maltratador y que sin embargo no supieron reconocer al que tenían en casa. Mujeres que llegaron a su consulta tal y como llegué yo. Llorando, destrozadas, pensando que ellas estaban locas. Ellas, como yo, no se veían como maltratadas. Creían que no estaban bien de la cabeza. Muchas, como yo, habían intentado matarse. Otras rumiaban la idea cada día.
Todas ellas eran mujeres inteligentísimas que perdieron el norte y la razón por un desamor. Personas sin problemas de salud, ni de trabajo, que aparentemente lo tenían todo en la vida, y que se arrastraban hasta el límite por una persona. Personas que sabían que eran dependientes, que escribían y borraban decenas de mensajes cada día. Hasta que en un arrebato, enviaban uno, para pasar el resto del día esperando una respuesta que no llegaba.
Y es que creo que hay una relación directa entre el éxito y la dependencia. Somos exitosos porque nos ponemos a prueba, y nos ponemos a prueba para demostrar valía. Valemos en tanto demostramos a nuestros padres determinados éxitos. Padres que nos han enseñado que el amor hay que ganárselo. Padres que no nos querían de manera incondicional. Solo si sacábamos buenas notas, o arreglábamos nuestro cuarto, o no ensuciábamos la ropa o no rompíamos los juguetes. Y esta idea de que tenemos que pagar por el amor crea estructuras mentales dependientes.
Repito, se trataba de personas muy inteligentes. Y en todos los casos bien situadas. Pues si no lo fueran, no hubieran podido pagar a una terapeuta tan cara. Porque no es cuestión de la formación que te han dado, sino de otras cosas. Y es que los factores que hacen que entremos y aceptemos una relación emocional abusiva son muchos y a veces se cruzan y se enredan entre sí. Y acaban formando en tu cabeza un intrincado laberinto del que no sabes salir, Tantos hilos que van formando una red de telaraña que te atrapa.
Nuestros patrones de dependencia, por ejemplo. Esos patrones que hemos heredado las personas que nos hemos criado en hogares difíciles, que no sabemos reconocer el amor sano porque nunca lo hemos conocido, que tenemos un miedo cerval al abandono.
O los patrones que hemos aprendido en nuestra primera relación adolescente. O la soledad, o el estar pasando por un momento difícil, estar lejos de casa, en un país extranjero, o trabajando en un entorno en el que no te sientes valorada.
Porque lo cierto es que el tener un estilo de apego segurísimo, unas figuras paternas maravillosas y un carácter que ni el de Agustina de Aragón, sigue sin ser una vacuna eficaz. Puede que alguna de aquellas mujeres viniera de un hogar estable, muchas estaban más que reconocidas en su trabajo, la mayoría no estaban solas. Yo no estaba sola, pero sí me sentía sola.
A todos nos encanta creer decir que nunca caeríamos en algo así. Pero me decía mi psicóloga que en psiquiatría y en terapia de pareja había visto tantas cosas como para no poder decir que haya prevención o vacuna posible para una relación abusiva.
Yo que sé si mi marido era psicópata o no. Quizá fuera un naricisista, o un trastorno límite. Yo a estas alturas no sé nada de nada. O sí. Sé que era exageradamente celoso. Sé que era seductor y manipulador, que tenía a todo mi entorno a sus pies. Sé que consiguió destrozar mi autoestima, nublar mi salud y arruinar mi razón.
¿En serio crees, querido lector o lectora, que tú serías inmune a sus encantos? A los suyos o a los de alguien parecido. Ojalá, querido lector o lectora, tú cuentes con una vida estable, y seas feliz en tu entorno familiar. Pero piensa en tus peores momentos de confusion y soledad, en tu adolescencia llena de inseguridades… Si en esos momentos te hubiese llegado un encantador de serpientes… ¿Seguro que no hubieses caído?
Y además él contaba a su favor con el tema del mito del amor romántico, la estructura familiar como bien supremo, la maternidad divinizada, la sublimación del perdón. Él contaba con mi educación en una familia católica y machista, con mis ganas de adaptarme…. Porque sí, yo estaba muy bien formada, tenía dinero, era inteligente. Pero yo no contaba con una buena educación emocional, ni un modelo de familia de origen estable.25 nov