¿ Qué aporta Jesús a la crisis actual?

¿Qué aporta  el Nazareno a la crisis actual?

 

La crisis es el tema del día.

Para unos y para otros.

Pero no para todos tiene idéntica visión y solución

. Y las consecuencias son enormemente diferentes. La solución va unida a la visión e interpretación.

Nuestra visión es vieja como la humanidad y nueva como el Evangelio :  ética racional , herencia religiosa y  Buena Nueva de Jesús de Nazaret.

Los supersabios de la Economía Mundial, desde el nuevo Sinaí de Bruselas y Nueva Yort,  revelan sus nuevas tablas salvadoras:  las del  imperio neoliberal, que sacraliza  las leyes del mercado y a ellas sacrifican  los sagrados y viejos valores  de la dignidad humana.

. Frente a ella, con humildad pero sin ningún complejo, va este trabajo de  análisis, reflexión y  compromiso. 

 

 

Con la crisis, ha empezado un tiempo nuevo.

Nos envolvía el marco plácido de la Democracia, de su experiencia entusiasta y de un bienestar arrollador y avanzábamos sin  otear peligros de crisis. Nos habíamos quitado de encima años de oscurantismo y atraso, de aislacionismo y dogmatismo. Nuestra Democracia era alabada como modelo de transición de una dictadura a una democracia.

Pero sobrevino la crisis económica,  sin avisada antelación. Y, en unos años nos acosaba por todas partes y sentíamos que los logros acumulados  se venían a abajo. Nadie lo sabía explicar, o nadie se atrevía a decir la verdad.

La crisis nos embestía desde fuera, como un rayo de fuego que insensatamente habíamos provocado.

Ya no podíamos actuar nosotros, no éramos idóneos para manejar la crisis,  debíamos dejarnos guiar, obedecer y callar.

No nos quedaba más alternativa,  sólo los supersabios de la Economía conocían el secreto, y no había sino  seguir sus dictados, porque ellos sólo dictaminaban lo que era válido para remontar y volver a progresar.  Los supersabios inundaban las ondas con su lenguaje raro, sus cálculos y cifras, sus dogmas  de acumulación , pérdidas o ganancias, sus ultimatums a políticos y ciudadanos por deudas impagadas, sus excomuniones para quien osara  sugerir alternativas.

De golpe, pues,  como si entráramos en otro mundo, se nos decía que el camino recorrido estaba equivocado, habíamos trepado hacia niveles impropios,  gastábamos  por encima de nuestras posibilidades , eran miles de millones los euros que  habíamos dilapidado y había llegado el momento de cercenar y parar.

Los controladores de la crisis –empresarios, financieros, gestores públicos, políticos- pregonaban la austeridad por todas partes, había que reformar los derechos de la ciudadanía y restringir sus bolsillos.

Colocados por encima del bien y del mal, la austeridad no contaba para ellos,  seguían con sus lujos, sobresueldos, monopolios y mandos, sin aplicarse ningún  deber de sacrificio y responsabilidad, la democracia los legitimaba

.  Y, como sobrecogidos por las voces de Sancta Sanctorum de Bruselas,  se plegaban temerosos  a la voluntad  férrea de los supersabios,  encarnados en la Troika europea, en el   FMI, en la Comisión Europea, en el Banco Central Europeo.

El poder ya no era político ni democrático sino económico y dictatorial. Nuestra soberanía popular,   único  supuesto sobre el que ellos  podían actuar, quedaba cancelado y reemplazado: ya no eran los ciudadanos quienes, como sujetos de la vida pública, hacían valer sus derechos, sino las directrices de los supersabios del nuevo plan   mundial y europeo.

La faz  de la crisis al descubierto

                Costó pero, finalmente, la ciudadanía pudo ver en su cruda realidad lo que  escondía  la crisis: el capitalismo más cínico. La crisis nos tocaba a todos, y a todos emplazaba a responsabilidades, pero se la encuadró en el más estricto marco neoliberal: el pueblo no podía seguir siendo sujeto sino objeto, la economía mercantiliza todo, también a la persona; aquí no se juega con principios y derechos, dignidad y justicia, igualdad y solidaridad,  sino con números, cálculos, beneficio, competencia y fuerza,  con la norma de que “Nadie –ni Estado, ni Etica, ni religión-   regula nada”.

La economía, en la lógica neoliberal,  no es un medio para el bien y felicidad de  las personas y de los pueblos, sino un fin para quienes, guiados por su egoísmo voraz, tratan de acumular, desvinculándola de la comunidad, de las necesidades humanas reales y de su verdadero destino humano. Se asienta en multitud de entidades financieras y políticas,  en bancos y empresas, en multinacionales y corporaciones especulativas  que conquistan los mercados y les imponen sus leyes y prácticas, sin importarles para nada la suerte del ser humano y especialmente de los más necesitados e indefensos.

La crisis actual ha hecho saltar la  máscara del monstruo, que incluso pretendía revestirse de democracia. Sin ser economista, lo describía con acierto José Antonio Pagola en el XXXII Congreso de Teología: “ La dura experiencia  de nuestra propia crisis no nos ha de hacer perder de vista la raíz de la crisis global. Es una ilusión  pensar que estamos saliendo de la crisis, si no se regula la actual dinámica financiera, desvinculada de las necesidades de los pueblos y del bien común de la comunidad humana, si no se acaban los paraísos fiscales, elemento consustancial de la especulación financiera que domina la economía mundial, si no se establece una política de impuestos a las finanzas internacionales para una retribución más justa de la riqueza, si no se lucha eficazmente contra la impunidad y la opacidad de las especulaciones”.

La  indignación estalló  

                Era de esperar el estallido. Y, como un relámpago que atraviesa de Norte a Sur, electrizó a la sociedad y ya nadie sabe lo que de esa sacudida puede salir. Quizás, lo más importante es que hemos despertado del sueño y hemos visto que ya no podemos volver al engaño y esclavitud que nos poseía.

“Cuando se acaban los caminos, comienza el viaje. Y salimos a la calle con nuestra perplejidad, con nuestro miedo, con el abismo al lado. Ahí fuera, esperándonos, estaban las otras, los otros. Llenos de vida. Nos abrazamos. Y en ese abrazo se nos pasó la angustia. Ahora sí podíamos entre todos, pensar en encarar el desastre. Con la multitud. Con nuestros iguales. Con los golpeados por la ira del 1 %. Con una libertad renovada. La que da la ruptura de los límites que nos encauzan. Decididas. Tercos. A desmontar sus mentiras. Juntos. En la calle. Juntas. Como en la Puerta del Sol. Un 15 de mayo. De pronto. El vaso desbordado. Nosotros el agua. Dormíamos. Despertamos” (Juan Carlos Monedero, Dormíamos y despertamos, Nueva Utopía, 2012, pg. 12).

Caía la niebla de la ambiguedad y de la mentira, de las promesas no cumplidas, de la  soberbia de las élites dominantes. Descubrimos  un modelo  de convivencia erosionado por el egoísmo y la falsedad, contrario a  la dignidad y liberación humanas.

La desigualdad eje de la crisis y de la opresión

Parecíanos, después de todo, estar abriendo los ojos y dar un   paso de gigante:

-El capitalismo hace del dinero su dios, un ídolo monstruoso, en el que deposita su seguridad y confianza y que le empuja a acumular insaciablemente  bienestar.

-Tal ídolo deshumaniza  a quienes lo siguen, crea continuas víctimas y ahonda cada vez más la desigualdad y, como consecuencia, acrecienta,  la pobreza, la marginación, el paro, el sufrimiento.

– No supedita la economía al hombre sino el hombre a la economía, haciendo de ella fin y del hombre medio.

 

-Trata   de sustraer el poder a la Democracia y al Parlamento que es donde reside la voluntad popular.

 

-Aunque hoy el planeta tierra  produce bienes, recursos y medios  para todos, pero no todos tiene acceso a ellos porque el capitalismo los  excluye y persigue otro  otro modelo de sociedad y convivencia. Es otra su concepción sobre la dignidad humana,  sus derechos y deberes.

 

No se trata, por tanto,  de estimular más medios, más técnicas , más recursos y más alianzas para promover y acumular más bienes. Todo eso hace tiempo que lo tenemos y ha ido creciendo imparablemente y, sin embargo, la realidad nos dice que no ha servido para acabar con la pobreza, la injusticia, la discriminación , el sufrimiento, los monopolios y privilegios, sino para aumentarlos y hacer más honda la brecha entre minorías superafortunadas y mayorías  esclavizadas.

La indignación no venía de la nada ni debe quedarse en sí misma.

                Por fortuna, somos historia y tenemos memoria. Hemos conocido la gama de  injusticias, contradicciones y abusos del pasado, también las luchas y logros alcanzados, nos alumbra el ejemplo de mucha gente cabal e insumisa, de muchos pensadores y líderes emancipadores, de innumerables iniciativas, gestos y movimientos sociales (antirracistas, anticlasistas, antibelicistas, feministas, ecológicos, altermundistas,…) que denuncian, proponen y gritan la posibilidad de otro mundo más justo, solidario y pacífico.

Las revoluciones pasadas, la Ilustración,  la experiencia  de las dos últimas guerras mundiales, las conquistas de la Razón, de la Ilustración y de la Modernidad,  la primacía de la dignidad y de los derechos humanos, todo había ido cuajando en nuevas resoluciones, principios, programas y medios para preservar  la justicia y la paz.

Y, entre nosotros,  están las Democracias, como un hito de esa lucha, de nuestros  sueños y progreso. Y a muchos, personas y pueblos, se extendió un mayor bienestar, derechos y  progreso.

Pero, a muchos más, los avances de la ciencia y de la tecnología, de la economía y de la política no les benefició. La miseria, el hambre, la injusticia y la desigualdad aumentaban y se hacía más escandalosa la brecha entre ricos y pobres, opresores y oprimidos. Las democracias  no habían podido impedir que élites  financieras  y políticas concentraran más el poder, su opulencia y  despilfarro, el consumo insolidario, el armamentismo y la  dominación. Era la degradación de lo conseguido.

Anidaba en muchas partes el fuego de la protesta, de la ira, de la indignación. Pero, en otros  ámbitos se  consolidaba la hipocresía, la corrupción,  el menosprecio y la arrogancia,  la tiranía de minorías que pervertían la marcha de la sociedad.

Las manifiestas  contradicciones entre  lo prometido y lo hecho, fue subiendo hasta que la indignación hizo reventar la disimulada mentira: fallaban las personas, más que las instituciones; prevalecía el interés social  sobre el interés comunitario; se pasaba por alto la desgracia de los pobres; se reducía el destino de las personas a factores de genética y de estirpoe. Era, por tanto,   quimérico aspirar a un cambio y liberación.

El por qué de la indignación

                Por lo menos llegamos a la certeza de tener una clave para explicar  la crisis  y darle  solución,   una clave al alcance de todos. La clave no se regala, ni es exclusiva de nadie. Es de todos, se halla en lo más hondo del ser humano, brota como fuerza y movimiento universal que le hace sentenciar a cada uno:

-No soporto la injusticia,

no soporto  la desigualdad,

no soporto  la discriminación,

no soporto el  engaño,

no soporto la humillación,

no soporto el sufrimiento,

no soporto la  soberbia,

no soporto la dominación.

No los soporto, no soy indiferente, no  soy neutral;  me rebelo, me comprometo y rechazo  todo eso. Lo rechazo yo y lo rechazamos todos, porque todos somos lo mismo, porque maltratar a uno es maltratar a todos, y discriminar, humillar y despreciar a uno es despreciar a todos.

Y,  ¿por qué esa indignación?

Porque la vida del otro, de cualquier que sea, es como la mía.

Y esa clave es señal, condición y  presupuesto para toda  indignación:

-Se me revuelven las entrañas cuando soy tratado      injustamente, me hierve la sangre cuando me discriminan y se me agita el corazón cuando me quitan la dignidad.

Y cuando a un prójimo, cualquiera que sea, se le trata injustamente, se le discrimina o se le quita su dignidad, también se revuelven mis entrañas, me hierve la sangre y se agita mi corazón.

El profeta de Nazaret  modelo inigualable de ternura y compasión.

                La ternura y la compasión es un propio  del ser humano: expresión y garantía del amor, raíz y motor del  cambio que ha de guiar nuestra acción individual y social.

Pero  no confundamos esta ternura y misericordia con una adicional y  privada caridad religiosa, sin incidencia en la vida pública; no la encerremos en ámbitos quietistas de contemplación o de limosnas oficialmente bendecidas. Esa propiedad es marca excelsa del ser humano, que  alerta para que sepamos distinguir dónde hay una verdadera ética, una verdadera  religión, una verdadera economía y una verdadera política.

Es, dentro de este marco, donde cobra  sentido la misión original  del profeta de Nazaret.

Jesús no fue un economista, ni un político,  ni un sacerdote del Templo,  ni un maestro de la Ley. Sabía muy bien de qué iban unos y otros en la sociedad de su tiempo, qué buscaban y qué les preocupaba. Todos servían a un sistema, religioso o político, vivían de él y desde él actuaban sin franquear los límites  señalados por el Imperio o el  Sanedrín. No eran libres y, por encima de todo, buscaban asegurar su bienestar y triunfo personales y no la dignidad y derechos de los ciudadanos.

Jesús había elegido ser libre, no doblegarse a nadie, para poder anunciar la novedad radical de su mensaje. Se colocaba fuera del sistema, que no permitía la igualdad y libertad. El no iba a darse a conocer por la grandeza de sus doctrinas y  programas, preceptos y leyes, obligaciones y  ritos. No era eso lo que la sociedad necesitaba.

Era necesario instaurar otro modo de  vida, de convivencia, para acabar con la desigualdad y la injusticia, y pasar a vivir en respeto y  cooperación como hermanos.

Proyecto y principio operativo de Jesús de Nazaret

1-EL GRITO DE LAS VICTIMAS NOS OBLIGAN A DESMONTAR EL CINISMO DEL MERCADO

                Lo primero que se requiere para desmontar este sistema  es reaccionar contra una  cultura  que  favorece el olvido de las víctimas. Tenemos como irrelevante su sufrimiento, nos aislamos de él, para poder seguir disfrutando: encerrados en la “sociedad del bienestar”  ignoramos esa otra “sociedad del malestar”; la miseria y el hambre de millones de seres humanos los miramos como lejanos y nos convertimos en espectadores  vacíos de compasión.

Ocultar el sufrimiento y los llantos de las  víctimas es objetivo del sistema, pues sus gritos evidencian  su enorme  fracaso. El poder político, desentendido del sufrimiento de las víctimas, se deshumaniza y se convierte en rehén del poder financiero. Una política sin compasión no puede ser liberadora.

Los que viven en la desigualdad no pueden ser tratados como si vivieran en la igualdad, equivaldría a equiparar una política solidaria con otra excluyente y opresora. Somos cómplices si, sabiendo que nuestra Tierra tiene recursos suficientes, dejamos que haya millones que mueran de hambre; lo somos cuando dejamos que sea la ley del más fuerte y no la compasión la que rija las relaciones entre los pueblos; lo somos cuando nos conformamos con un sistema que nos beneficia pero que produce mucho sufrimiento; lo somos cuando apoyamos un sistema de produción que nos sumerge en el mundo infantil de las necesidades supérfluas y nos aleja de atender  a las elementales de todos.

Quizás  abrigamos la ilusión de que la marcha del mundo no es responsabilidad nuestra y buscamos  motivos de exculpación ante lo negativo del progreso y nos cubrimos  de méritos ante lo positivo. Y, en  lo religioso, hemos logrado hacer memoria del Crucificado no reconociéndolo en los crucificados de hoy.

2-EL PROYECTO DE JESÚS. ESTA EN MEDIO DE NOSOTROS EL REINO DE DIOS, UN NUEVO PROYECTO DE CONVIVENCIA

Jesús lo expresa con claridad. El tiempo se ha cumplido y ha comenzado lo que todos esperábamos: “Se ha cumplido el plazo, ya llega el reinado de Dios. Enmedad y creed en la Buena Noticia” (Mr 1,14). “Enmendáos, que ya llega el reinado de Dios”, “Estoy con vosotros cada día, hasta el fín” (Mt 4,1 y 18, 19-20). “El Espíritu del Señor me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres” (Lc 4,14).

Dentro de su sociedad, Jesús habla de un reino que los judíos esperaban  terminase  con los poderes extranjeros. Pero él introduce  novedades radicales: no habrá desigualdades, se cambiarán las relaciones sociales, la situación de los pobres y oprimidos cambiarán, serán ellos los dichosos. Tal reino  es el reino de Dios, que quiere implantarlo en la tierra “está en medio de vosotros”, y en él cobran Vida y Justicia los pobres.

En ese Reino no hay lugar para los ídolos del dinero, del poder, del  dominio, ni para la represión de instituciones religiosas o de otras normas y leyes. Jesús va a la raíz: este Reino es revolucionario, pero comienza por cada uno, por hacer nuevo su corazón y proyectarlo luego en prácticas y relaciones nuevas.

Para Jesús, no pueden ser servidores de Dios quienes hacen del dinero el centro de su vida (ídolo) e instrumento de dominación: “No podéis servir a Dios  al dinero” (Lc 16,13; Mt 6,24).

“La lógica de Jesús es aplastante. Dios no puede ser  Padre de todos sin reclamar justicia para aquellos que son excluidos  de una vida digna . Por eso no pueden servirle quienes,  dominados por el Dinero, hunden injustamente a sus  hijos en la miseria y el hambre” (José Antonio Pagola, XXXII Congreso de Teología, Madrid 2012).

El dinero, convertido en ídolo de la propia existencia, es insaciable, empuja a acumular riqueza, se adquiere injustamente,  se concentra en pocos, divide y genera una sociedad injusta, corrompe y doblega a políticos, destruye las instituciones, reduce los seres humanos a mercancía, no busca el bien de todos.

Con toda razón, el imperio del capitalismo neoliberal es hoy el poder más radicalmente enfrentado al proyecto de Jesús.

3-LA DINAMICA TRANSFORMADORA DE JESUS

Principio activo primordial:

-“Sed compasivos como vuestro Padre celestial es compasivo” (Lc 6,36).

Jesús da un vuelco a las relaciones de los humanos entre sí, porque la da a la imagen de Dios. “La compasión, no el poder, es el modo de ser de Dios” (J.A. Pagola). No presenta a un Dios lejano: Juez, Inquisidor, Dominador, Competidor,… Su Dios Amor, no otro, se comunica con nosotros, está en nosotros, se nos ha dado como fuerza interior que nos lleva a poder  actuar como El, como hijos suyos, para hacer justicia en este mundo, humanizarlo y acabar con todas las tiranías.

En su convivir con nosotros, Dios adopta  un modo de vida pobre  y entregado al amor, al servicio, a la liberación de los oprimidos y a  la denuncia de

El sufrimiento es inaceptable para Dios.  Dios, que Jesús anuncia, es Dios de amor y actúa con compasión y misericordia. La compasión es su modo de ser. Nos ha dotado de su propia  misericordia y, en virtud de ella, actuamos solidariamente ante el sufrimiento y la humillación de las víctimas. Por la compasión reaccionamos ante los que sufren y abrimos camino para construir un mundo mejor.

Mandamientos derivados

1. Lo hecho a los más necesitados e indefensos, a mí me lo hicisteis.

Para conocernos de verdad y conocer el mundo que estamos creando el  C criterio discernidor  es el de los excluidos y marginados. Ellos nos interpelan, nos exigen cambiar y nos salvan.

Hasta tal punto es esto verdad que, el veredicto final de la historia, Dios lo da a base de haber cumplido o no la norma de la ayuda práctica y solidaria a los que sufren. Esa norma es la única que tiene valor absoluto pues lo que se hace a los perdedores y maltratados se hace al mismo Dios:  (Mt 25,31-46). La salvación última, Jesús la presenta unida a la penúltima en la historia: “Cuando no atendisteis a estos hermanos míos más pequeños: hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos, encarcelados… a mí no me atendisteis” (Mt 25, 31-

2.Mi  prójimo es quien, ante mí, se  presenta como necesitado.

Las categorías de nación, religión, lengua, color, sexo o condición social no sirven para decidir quién es mi prójimo. Hay una condición previa, que vale para quien quiera que sea. Jesús se lo ilustró muy bien   al magistrado que le interrogaba: – “Después de comprobar que el sacerdote, el levita y el samaritano pasaron ante el viajero robado , golpeado y maltrecho,  ¿quién crees tú que se comportó como prójimo? – El que actuó con él  con misericordia. –Pues vete, y haz tú lo mismo.

3.Los últimos serán los primeros

La compasión demanda hacer justicia y esta debe comenzar por los últimos. Para hacer real y visible la vida, hemos de comenzar para quienes la vida no es vida. Son precisamente los que no interesan a nadie, los que sobran en los imperios, los que no cuentan en los cálculos der la economía oficial, los que ocupan un lugar preferente en el corazón de Dios, tan preferente que serán los primeros.

La justicia evangélica, más que  dar a cada uno lo suyo,  consiste en dar primacía a la satisfacción de las necesidades  de los últimos. Jesús tiene claro que la igualdad es fruto de la justicia  y alcanza a las personas y sectores  sociales más empobrecidos.  Por ello, anuncia  que “Los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros”. Para hacer realidad su proyecto  ( el reino) hay que abolir que haya primeros y últimos. Tarea ésta imprescindible para    los que quieren construir una sociedad  más fraterna e igualitaria.

El camino para llegar a esta igualdad y fraternidad consiste  en que “si uno quiere ser primero, ha de ser el último de todos y servidor” (Mr 9,35).  “El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea esclavo” (Mr 10, 43-44). ¡El primero, esclavo; el esclavo, el primero!  Una inversión de valores radical, para aquella situación  judía interclasista y de esclavismo manifiesto del imperio romano.

Esta primacía de los últimos plantea retos radicales a una política humana con justicia  para todos: en nuestra sociedad sobran los bienes producidos  y, sin embargo, en los países del Sur aumenta la pobreza extrema y aumenta el número de hambrientos (840 millones según datos de la ONU) y aumentan inconmensurablemente los gastos militares (más de cuatro mil millones de euros diarios).

No se aplican ni quieren aplicarse políticas de redistribución de la riqueza y pervive, casi como una fatalidad, la pobreza. Nuestra opción por los más necesitados requiere  crear un bloque fuerte en recursos, energías y estrategias a su favor, lo cual no es posible  a nivel nacional ni internacional  sin poner en primer plano la solidaridad, única capaz  de cambiar la situación actual . ¿A quién debe servir la economía mundial:  al bienestar y seguridad del 20 % de los seres humanos  o la totalidad de las personas y pueblos?

Por más que nos pese, nuestras democracias  muestran una gran ausencia  de solidaridad,  que se esconde bajo la creación de un darwinismo social  y que se coloca en las antípodas del cristianismo originario.

Jesús se encara a los más fuertes opositores de este proyecto: “Ay de vosotros, los ricos, los satisfechos, los que reís” (Lc 6, 24-25). “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de Dios” (Lc 16,19-31).  Sentencia que se prolonga con igual dureza a los que dominan: “Sabéis que los que figuran como jefes de las Naciones  las gobiernan tiránicamente y sus magnates las oprimen. No ha de ser así entre vosotros” (Mr 10, 45). “Mi ejemplo ha consistido en servir y no en  ser servido” (Mr 10,45).

Nuestros compromisos en el seguimiento de Jesús pobre y libre

                Todo lo dicho, nos indica por dónde puede venir una solución a la crisis. No ciertamente de las decisiones y medidas del sistema financiero   internacional, que se muestra ajeno a orientar la economía desde la realidad de los más necesitados e indefensos, administra el dinero injustamente repartiendo más a quienes menos lo necesitan y golpeando a quienes más carecen: inmigrantes, dependientes, asalariados, etc.

Vacíos de compasión, pasan con indiferencia ante los que sufren.

Seguir al Nazareno significa, primero de todo, que nada de lo humano nos es  indiferente ni queda fuera de nuestra acción liberadora. Serían éstas nuestras actitudes básicas:

1.No serviremos al dinero.

En coherencia con lo que somos,  adoptamos el compromiso  de vivir con más solidaridad, compartir más lo que tenemos, “empobrecernos” compartiendo lo que nos sobra con los necesitados, elegir ser pobres y vivir amando, sirviendo y defendiendo a los pobres.

Liberados del dinero nos compromete  a una justa redistribución, a una justicia fraterna, a revisar nuestro tipo de consumo, cuestionar nuestro bienestar y aspirar a no tener ni una sola cosa superflua.

De  esta manera, estamos en disposición  de abrir caminos al reino de Dios y a su justicia, a ser críticos y solidarios, a trabajar para que la comunidad eclesial encuentre su lugar social junto a las víctimas de la crisis.

2. Estaremos más unidos a los que más sufren.

La cercanía nos permitirá conocerlos mejor, establecer lazos de amistad, apoyarlos en la búsqueda de trabajo, ayudarlos en sus necesidades,  incorporarlos a colectivos y protegerlos socialmente.

3. Defenderemos lo común.

Esta defensa asegura la igualdad e integración  de todos. Y el camino que lleva a ello es el mantener un modelo de servicios públicos gratuitos para todos, como condición y medio para que todos puedan tener garantizado el logro de sus necesidades básicas.

Ser discípulo de Jesús es atenerse a la verdad que es centro de toda verdad y  que es la que Dios quiere por encima de todo: hacer un mundo justo, más humano para todos.

Puede que a otros les posea otro tipo de verdad. La de Jesús consiste en eliminar toda injusticia y  sufrimiento: “Yo he venido para dar testimonio de la verdad”, para ayudar a que nadie se equivoque , para ser testigo de lo que a Dios le interesa por encima de todo, es decir, la justicia y la felicidad de todos.

Tal determinación apunta a cuantos con mayor responsabilidad  están ocultando las causas y causantes de la crisis y ocultan a la par el sufrimiento que en tantos está produciendo. Una  sociedad democrática, justa y libre, requiere primero de todo la verdad, que salgan a  luz pública las decisiones e intereses ocultos de los que gobiernan y dirigen.

4.-Lo  definitivo: compasión y ternura

Informar, y actuar con libertad cerca y en unión con los sin voz. Y, primero de todo, introducir la compasión en nuestra vida y en nuestra convivencia. No sabemos cuál sería el  resultado en esta  nuestra sociedad desigual, dividida y atormentada, si llevarámos a la práctica, individual y  colectiva, el principio de la compasión. Siendo, como es, el cimiento,motor y garantía de una nueva convivencia, ¿Qué pasaría si todos hiciéramos ese experimento?

Benjamín Forcano

 

BENJAMIN FORCANO

(Anento, Z., 1935) Teólogo. Ordenado sacerdote en 1962, perteneció a la congregación claretiana hasta su expulsión de la misma en 1993. Licenciado en Teología por la Universidad de Santo Tomás de Roma y especialista en Ciencias Morales por la Academia Alfonsina de esa ciudad, a partir de 1965 ejerció como profesor de Teología Moral en centros como Claretianum, de Roma; Teologado Claretiano, de Salamanca; Escuela de Vida Religiosa y Seminario Diocesano, de Madrid, o la Universidad Javierana y la de Santo Tomás, de Bogotá. En 1976 dirige varios cursos en distintos países de Centroamérica y mantiene estrechos contactos con los teólogos de la liberación. Codirector de la revista Misión Abierta entre 1976 y 1988, impulsó la editorial Nueva Utopía y la Comunidad Proamerindia Pedro Casaldáliga. En 1983 el cardenal Ratzinger abre un proceso extrordinario contra él por los contenidos «erróneos y peligrosos» de su libro Nueva ética sexual (Ediciones Paulinas,1981).

En 1987 el superior general de los claretianos aplica contra Forcano las medidas indicadas por Ratzinger : prohibir la edición y difusión de su libro, someter a censura todas sus publicaciones, apartarlo de la enseñanza de la moral sexual y destituirlo como director de Misión Abierta

, Forcano recurre, y sus cinco compañeros de la comunidad de Fernández de los Ríos, de Madrid, se solidarizan con él.

La congregación suprime esta comunidad, perteneciente a la provincia claretiana de Aragón, y asigna a sus miembros nuevos destinos.

Pero los religiosos se niegan a acatar la orden, por lo que en 1990 se inicia un expediente de expulsión que recurren ante la Sagrada Congregación para los Religiosos y, más tarde, ante la Signatura Apostólica, supremo tribunal de la Iglesia, que el 5 de febrero de 1993 confirma la expulsión de estos seis claretianos que se declaran seguidores de las doctrinas del Concilio Vaticano II.

Acogidos por Monseñor Pedro Casaldáliga, también claretiano, pasan a ser sacerdotes de la diócesis brasileña de São Felix con permiso de residencia en Madrid.

Desde el centro Evangelio y Liberación de esta ciudad, Forcano dirige con sus compañeros la revista Éxodo y la editorial Nueva Utopía y apoya los Congresos de Teología convocados por la Asociación de Teólogos Juan XXIII. 

Entre los libros que ha publicado, se encuentran los siguientes títulos: Caminos nuevos de la moral, Amor y natalidad en conflicto, La familia en la sociedad actual, El aborto, Una moral liberadora, Moral fundamental y El sueño de los pobres.

 

1 comment for “¿ Qué aporta Jesús a la crisis actual?

  1. Albert
    1 febrero, 2013 at 17:45

    Aunque no soy creyente, comparto las ideas y el fondo del texto. No soy creyente, pero la figura de Cristo es la de un hippy de cuidado que iba en contra del “establishment” del momento. Y no creer hoy en día es no creer en el lobby-Iglesia. Lo que se necesita es una revolución de las bases sacerdotales, aquellos que sí que creen en los principios de Jesús y expulsar a la curia vividora.

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