La princesa sapo

por mercedes hijazo

 

¡Qué bien tengo organizada mi vida! Me encanta; todo está bajo control. Tengo el palacio más bonito, el príncipe más guapo y los hijos más sanos.

Mi vida es, sin duda alguna, envidiable.

La única sombra es el hechizo que me hace convertirme en sapo cada medianoche; aunque, en realidad, eso también está bajo control. Todas las noches, tras su ración de jabalí, le doy sexo duro a mi príncipe, y la combinación de ambos factores parece ser suficiente para que mi hermoso marido caiga como un fardo en nuestro real lecho. Ni las cacerías crueles ni el hambre de nuestro pueblo desvelan a mi morfeo, y no veo su legañoso rostro hasta el amanecer, cuando mi cuerpo vuelve a mutar en una fabulosa princesa.

Por aquí viene mi amor, manchadas  las botas del barro del camino y cubierta la cintura de perdices bastante muertas.

-Querida –me dice con su mejor voz aflautada-, traigo buenas nuevas. En el castillo del Perpetuo Amor hacen fiestuqui mañana por la noche, así que acostaremos pronto a los niños, nos pondremos más guapos aún (si eso es posible) e iremos a bailar.

De repente mi cabeza ha empezado a dar vueltas. ¿Un guateque? ¿Quién va a querer a una sapo en una rave de alto copete? Definitivamente no puedo ir. Pondré una excusa y no iré. Aunque por otro lado… ¿cuánto hace que no voy a una fiesta? Desde el hechizo, mi vida social se ha reducido una barbaridad. Sería bonito volver a reunirnos toda la gente guapa a alternar mientras bebo sidra El Gaitero. Estoy hecha un lío. Quiero ir, pero nadie sabe que no soy así de bella por las noches y me da miedo que no me acepten tal y como soy. Algunas personas pueden ser tan crueles… Como cuando empezaron a llamar “botija” a mi amiga que mide metro noventa. Así está la pobre, con Prozac hasta las cejas. Uff, qué confusa estoy. ¿Qué pasaría si fuera de sapo? ¿Qué es lo peor que podría pasar? ¡Ya está!, ¡qué idea más brillante! Te, dije Jorge Javier, que las princesas canosas no tenemos ni un pelo de tontas.

-Amado mío –le digo a mi príncipe, que pone ipso facto cara de lechuguino -, me temo que no voy a poder ir mañana. Me noto la ciática bajando hasta el tobillo, y ya sabes que nunca se me cura en un día, así que mejor vas tú solo.

-Como quieras –me dice no mostrando ninguna empatía con mi supuesto dolor ni con que yo no acuda a la fiesta. Sospecho que el simple pensamiento de quedarse a cuidarme podría provocarle una embolia.

Ya es la hora. Mi príncipe se ha ido hace un rato, mis niños duermen y mi metamorfosis nocturna se ha completado. Me miro por primera vez al espejo, recorriendo con la mirada este cuerpo apenas reconocido y explorado. Las verrugas, las caderas anchas, las desarrolladas glándulas parotoideas que hacen que los ojos sobresalgan de una manera casi atroz y me digo: –                                                                                                                                                                                                                                 –  Croak, tampoco estoy tan mal.

La noche baña mi piel rugosa mientras enfilo hacia el castillo del Perpetuo Amor. Es la primera vez que estoy fuera de mi palacio con este aspecto. Este aspecto nocturno  que ha dejado de parecerme repugnante, y se ha tornado amable, cálido, saltón. Me gusta hacer sola este camino, mientras noto la fuerza de mis ancas, que parece crecer a cada salto.

Ahí está el castillo. Allí me colé y en tu fiesta me planté. Vaaaaya, qué guapos todos. Me encanta entrar de incógnito. Nadie me conoce. Nadie espera que yo sea bella. No hay miradas lascivas ni inquisitivas en torno a mi existencia. Por primera vez soy libre. Quiero bailar hasta quedarme sin saltos. O hasta que alguien me espachurre bajo algún incómodo tacón.

Ya veo a mi príncipe. Tan bello, tan esbelto, de movimientos tan gráciles, tan educado, tan vacío, tan banal, tan necio.

Casi me marea mi nueva percepción del mundo, pero de momento esta noche voy a tocar el cielo con mis saltos a ritmo de bachata

Y ya, si eso, mañana empiezo los papeles del divorcio.