La escena

por laura rodriguez bolarin

Eran las seis en punto de la mañana. El despertador emitía ese pitido chirriante anunciando el comienzo del día. Abrió los ojos un par de segundos y volvió a cerrarlos. El despertador seguía sonando. Volvió a abrir los ojos, pero esta vez no los cerró. Fijó su vista en el libro que tenía en la mesita de noche “Los diez pasos que te harán ser la mejor madre”.  

Alargó el brazo y pulsó el botón para detener el ya insoportable despertador. Suspiró mientras se incorporaba, últimamente lo hacía demasiado. Esos primeros minutos de la mañana los dedicaba a asimilar lo que la esperaba durante el día. Le encantaba imaginar que todo iba a ser maravilloso, aunque sabía que la imaginación  es una cosa, y la realidad es otra bien distinta. Pero desde  hacía cinco años era todo tan diferente y extraño que  necesitaba ese momento de ensoñación matinal casi de un modo físico.

Preparaba café mientras repasaba mentalmente los pasos a seguir.

“Bueno” dijo en voz alta “ venga, en una hora Alex debe estar listo para ir a clase. Hoy me pondré el traje azul marino para evitar al menos las críticas  hacia la longitud de mi falda por parte de esas viejas amargadas y reprimidas. Seguro que no han echado un buen polvo en su vida”

Se detuvo casi sin acabar la frase, cuando le vino a la mente la escena de aquella película que rodó hace ya tanto. Mientras se hacía tangible en su cabeza, de forma inconsciente se mordía el labio inferior. A pesar del horror, era incapaz de no pensar en el morbo. Ese morbo voraz y pecaminoso que la arrastró tantos años a un lugar oscuro, en el que se perdió su identidad. Aquel morbo que tan bien conocía, pero que tan caro le había costado. Tanto que hasta su propio hijo pagaba hoy por él.

  • ¡No es justo , joder!- exclamó en voz alta sin darse cuenta que Pol la miraba desde el otro lado de la cocina.

  • ¿Qué no es justo, cariño?

  • Nada, cosas mías, estaba pensando en voz alta.

  • Blanca, no tienes la culpa. Solo son cuatro fanáticas estúpidas. Sé discreta y se aburrirán en seguida.

  • Sí, tienes razón, pero no entiendo por qué Alex es el objeto de su fanatismo. Si mi pasado tanto les jode, que vengan a decírmelo a la cara, esas hijas de puta-  No podía evitar sacar su vena poligonera, siempre estaría dentro de su ADN.

  • Tranquilízate, Blanca. Ya sabes que detesto cuando hablas con ese lenguaje. Alex puede oírte.

  • Tienes razón, perdóname. Es solo que le quiero tanto que como le hagan daño, no sé lo que las haría.

  • Bueno, eso no va a pasar. Así es que cíñete a lo que hemos hablado. Discreción y prudencia.

Mientras, Pol le daba un beso en la mejilla y apuraba el último sorbo de su café. Ella hizo lo mismo y subió arriba para prepararse y llevar a Alex al colegio.

Mientras iba sentada en el asiento de atrás del nuevo Lexus que Pol le había regalado, Blanca iba recordando todas las notas anónimas que cada tarde le traía Alex a casa. Cada insulto. Cada amenaza. Cada ofensa. No era capaz de comprender qué clase de gentuza era capaz de hacerle pasar por algo así a un niño de tan solo cuatro años.

Cuando llegaron al portón de la entrada del colegio, Blanca se bajó  del coche a la vez que el chofer desenganchaba a Alex de su silla y le sacaba en brazos.

  • Espera, Jose, quiero darle un beso.

El chófer le acercó al niño, mientras Blanca le besaba en la mejilla y le acariciaba el cabello suave y fino .

  • Todo saldrá bien, ¿vale? Tú pásalo genial hoy en clase y aprende muchas cosas. Te quiero, hijo.

Mientras veía a Jose llevar a su hijo hacia la puerta, la llamó la atención aquel hombre. Estaba en el corrillo de esas amargadas criticonas, charlando tranquilamente.

¿De qué me suena?, se dijo para sí. Siempre había tenido buena memoria.

Como la luz de una bombilla, algo se encendió en su cabeza. La escena que rodó hace tantos años, la que justamente esta mañana había merodeado por su cabeza… ¡Era él, era el tío con el que se lo montaba tras el decorado ! Dios, qué bueno seguía estando.

Fue una de las pocas veces que había tenido un orgasmo real sin tener que masturbarse ella misma.

El chófer se acercó a Blanca y la dijo:

  • Señora, ¿dónde quiere que la lleve?

  • Jose, ¿quién coño es ese tío?

  • ¿Quién?, ¿el buenorro que está hablando con esas cacatúas?- dijo su chófer  en tono tono sarcástico,  casi sádico.

  • Sí, ése.

  • Ah, ese es el marido de la tía de la verruga, la que está tan forrada.  No sé ni a qué se dedica, se supone que es abogado o algo así, pero entre nosotros, señora, yo creo que no hace nada, que se ha casado con ella por la pasta, porque con lo guapo que es él y lo fea que es ella – a Jose le salía toda su mala leche de mariquita de cierta edad – y mire, como no tiene nada que hacer en todo el día, pues no adivina usted a qué se dedica… ¡Es el Presidente del AMPA! Como me oye, señora. Y se las debe estar tirando a todas…

  • Jose…

  • ¿Sí?

  • Ni te imaginas, pero ni te imaginas lo feliz que puedo ser en este jodido  momento.

Blanca supo perfectamente que acababa de encontrar la solución a su problema.