Haciendo lo de siempre, conseguiremos lo de siempre

 

Cuando la felicidad nos sale al paso, no suele ir vestida como esperábamos encontrarla.

No va disfrazada ni de historia de amor pasional ni de coche deportivo. Suele tener más que ver con sentimientos como la calma, la autoaceptación y la serenidad. Suele esconderse en el término medio en todas las cosas.

La felicidad consiste principalmente en controlar la propia vida; en aceptar y querer ser lo que uno es.

Esperar una felicidad relacionada exclusivamente con el bienestar material demasiado grande es un obstáculo para la propia felicidad.

La felicidad no depende de lo que nos falta, sino del esmerado cultivo y buena administración de lo que tenemos.

La felicidad se hace, no se halla. Brota del interior, no viene de fuera. No consiste en las muchas cosas poseídas, sino en el modo de gozarlas, aunque sean pocas.

La edad de la acumulación irracional ha llegado a su fin. Cada día son más las personas que buscan un significado espiritual para su vida más allá de la posesión (que no siempre implica disfrute) de bienes de consumo.

En tiempo de crisis, cuando se nos pinta cada paisaje en tonos grises y negros, es cuando más importante resulta aprender serenidad y calma.

La tristeza hace que la inactividad se convierta en una forma de vida, provocando una situación de desánimo. De hecho, la emoción más invasiva y paralizante que hay es precisamente la tristeza.

Ningún deprimido consigue grandes logros.

Hay que ser optimista y eso no quiere decir ser ingenuo. No implica cerrar los ojos y esperar que un hada agite la varita de cristal y nos conceda un futuro almibarado, sino crecerse ante la adversidad y confiar en las propias fuerzas.

Lo que se ha dado en llamar una «conducta proactiva» orientada antes a la resolución de problemas que al chapoteo en el lodazal de la autocompasión.

Un optimismo proactivo es el de las buenas decisiones, no el de las buenas intenciones.

Sí, nadie dijo que sea fácil, pero se puede.

En esta crisis todos tenemos que asumir nuestra parte de responsabilidad. Y por tanto tenemos que pensar que podemos cambiar cosas.

Podemos recoger firmas, asociarnos, manifestarnos, escribir cartas al director, organizar plataformas ciudadanas, arriesgarnos a votar a partidos nuevos que, con toda seguridad, serán los primeros interesados en cambiar la Ley Electoral, hablar con nuestros hijos adolescentes y explicarles la situación, educarlos en la autonomía y en la proactividad en lugar de en la sobreprotección, que es la tónica educativa que impera en esta sociedad.

Podemos leer, informarnos, reclamar, observar la realidad, no quedarnos parados ante los cambios, participar en la nueva realidad, que no muerde, entrenarnos para detectar patrones generales por encima de respuestas concretas, creer en la «dinámica de síntesis» para escapar a la «parálisis del análisis», superar el miedo a fallar y a cometer errores, poner en cuestión el statu quo, incluida nuestra propia forma de ver las cosas hasta el momento, encontrar nuevas formas de abordar los retos futuros, explorando nuevas vías y evitando las respuestas fáciles a los problemas.

En una época como ésta, marcada por los cambios acelerados, no podemos conducir mirando por el espejo retrovisor. Ni confiar en salir adelante utilizando aquellas herramientas que han funcionado en el pasado.

Haciendo lo de siempre, conseguiremos lo de siempre.

Por lo tanto nos toca abandonar la rutina y proponernos hacer las cosas de manera diferente.

Primero, en el nivel individual. Después, en el nivel social.

Por poner un ejemplo, yo ya no voy a poder vivir de lo que vivía, la escritura, y tengo que replantearme todo mi esquema de vida. Quizá, usted que me lee, está en la misma situación.

Podemos deprimirnos por ello o tomárnoslo como un reto.

Yo ya me he pasado varios meses deprimida, así que ahora me toca cambiar.

Nos guste o no, el mundo está cambiando a toda velocidad. Y como decía Keynes:

La verdadera dificultad al cambiar el curso de cualquier organización reside no en desarrollar nuevas ideas, sino en librarse de las viejas.