Fidelidad y otras decepciones

Verás, te he llamado porque… quiero tomar un café. Me dice. Tres años después.

Sí, sigue con su novia, la misma de entonces.
Y entonces ¿por qué quieres verme? , le pregunto.
¿No puedo verte si tengo una novia? , responde él.
¿Sabe ella que me has llamado? pregunto yo.
No, me confirma.
Entonces, digo yo, ya te has respondido.

No me apetece intentar reproducir toda la conversación, fue demasiado larga. El hablaba y hablaba con la misma voz cálida, profunda y envolvente de la primera vez. Yo me enamoró de él, sin profundidad,, simplemente fascinada por detalles que se van repitiendo en hombres diferentes. Me enamoro de la misma voz bonita que resuena desde las gargantas de hombres distintos, me enamoro de una misma forma de vestir que llevan hombres diferentes, me enamoro de su inaccesibilidad. No hace falta ningún Doctor Freud para explicarlo. Me enamoro, una y otra vez, del eco del padre que no tuve.

Y todos esos hombres casados, emparejados, que como este rubio se acercaban a mí ¿qué buscaban? ¿Por qué parece que nadie es capaz de conformarse con lo que tiene?

Frente a mí tengo a este hombre que lleva varios años de feliz relación con una chica que, según me cuenta, es guapa y tranquila. Pero me quería ver, me dice, porque se siente muy atraído por mí. Incluso si tiene que mentir a su novia, incluso si arriesga todo lo que tiene, su apacible vida de pareja, el saber que puede contar con alguien que le cuida, que le escucha, que está allí cuando le necesita, quiere verme. Porque se aburre, intuyo. Oh, ese aburrimiento de nuestra sociedad líquida, que nos exige de forma implacable que nuestros corazones y nuestras cabezas y su cabeza funcionen a más velocidad que el acelerador de partículas suizo, y por eso esos hombres que me gustan, tan desaliñados, tan postmodernos, se aburren y huyen como locos de ese estado.

Esos hombres que han crecido, desde pequeños, estando siempre activos: dos y hasta tres idiomas, artes marciales, fútbol, tenis, pádel, conciertos, y el gran supermercado de la diversión: televisión, videojuegos, playstation, wi, mp3, Ipad, Iphone, móviles, Internet, redes sociales, adrenalina, adrenalina, adrenalina y horror vacui. Caminando por la vida con el sobrepeso de una mochila exterior bien equipada y repleta, pero con la mochila interior vacía.

El rubio es un hombre aburrido, un hombre sin interioridad programado para vivir constantemente con un afán de novedades que hace que su cabecita rubia se disperse y se desquicie ante el horror vacui, horror a quedarse en blanco y sin nada que hacer. Un hombre de profundidad superficial, de hartazgo hambriento.

Estamos sobreestimulados, sobreestimulados las veinticuatro horas del día. Nuestros abuelos no podían esccuhar música a no ser que la tocaran o acudieran a un concierto, pero nosotros tenemos música a todas horas, en tiendas, en bares o incluso en el autobús. Cuando viajamos en metro consultamos nuestro teléfono móvil. Y si vamos a la playa no podemos limitarnos a tomar el sol: tenemos que tomar una foto de nuestros pies y colgarla en instagram

Lo que hoy atrapa nuestra atención, mañana nos es invisible. Nuestro modus operandi es la distracción permanente. Su novia seguramente es un encanto, pero a veces le aburre. Y está claro que él no puede permitirse aburrirse. Así que yo no soy su objeto sexual, soy su objeto intelectual. Quiere quedar conmigo para disfrutar de una conversación inteligente, porque en su casa ya tiene sexo. La verdad es que debería sentirme halagada o admirada, pero me siento utilizada.

MI padre y mi madre nunca se fueron infieles, creo. Pero nunca esperaron tanto uno del otro. El quería una mujer que se ocupara de su casa y de sus hijos. Ella buscaba un hombre que trabajara para proveer a su casa y a sus hijos. El nunca esperó de ella que entendiese sus conversaciones sobre política y ella nunca esperó de él que le gustase la música. El iba solo a los mitines, y ella iba a conciertos con sus amigas. No creo que se demandasen mucho el uno al otro sexualmente. Vivíamos en la España franquista, en la que las mujeres se dividían en dos, las santas y las putas, en las que no podía haber mujeres desnudas ni el cine ni en la televisión ni en la publicidad, en la que una pareja que besara apasionadamente en un coche corría el riesgo de que le multaran por escándalo público. A mi padre le bastaba, supongo, con poder tener sexo, y no creo que se le ocurriera pedir posturas raras, ni felaciones ni sexo anal. Discutían mucho, por supuesto, pero si alguna vez mi madre fantaseó con dejarlo – y sé que lo hizo muchas veces – no es porque echara de menos lo que le podía dar otro hombre, sino porque pensaba que estaría mejor sola.

Pero este chico rubio que tengo ante mí espera mucho de su novia. Espera que sea guapa y tranquila, y buena en la cama, y cariñosa, pero espera también que comparta sus aficiones, y que pueda mantener una conversación sobre Walter Benjamin y sobre Sebastián Salgado, porque le han convencido de que su pareja debe serlo todo: cuidadora, amante, esposa, confidente y frontón intelectual. Y se decepciona al comprobar que algo falta, y entonces lo busca en mí en lugar de buscarlo en si mismo.

Sé lo que me está ofreciendo. Pasar a ser la amante, entrar en una competición con la posibilidad de que en un futuro, si me porto bien, pueda llevarme el premio gordo: a él, en exclusiva. Sé lo que me está ofreciendo. Angustia y noches en vela. Mentiras y culpabilidad. Esperanzas pobres, sueños desconfiados.

Es increíblemente guapo, es culto, tiene la voz preciosa. Pero no quiero pasar otra vez por un martirio de pasión y triángulo. Y desde luego, no quiero ser parte de ninguna mentira.

UN 50 % de los españoles en pareja ha sido infiel. Curioso: 50% en caso de los hombres. 40% en caso de las mujeres, que subía a 50% si las mujeres no hacían la encuesta delante de un entrevistador sino rellenando un cuestionario sin nadie delante. Es decir: un 10% no se atrevía a contarle la verdad a un desconocido

Según un estudio reciente de GlobalWebIndex, consultora especializada en consumo digital, el 42% de los usuarios de Tinder están casados o en pareja. ¿Cómo detectarlos? No ponen foto en sus perfiles o, si lo hacen, se cuidan de que no se les reconozca. Son reacios a proporcionar datos como el perfil de Facebook o el de Linkedin.Pero a los que no tienen pareja no les preocupa en exceso ni la privacidad ni el uso que se haga de sus datos. “Todos ligamos” es la respuesta más repetida.

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