El la dejó plantada y ella floreció

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  • Dedicado especialmente a alguien que no solo me dejó plantada sino que además mentía. Y lo peor es que cuando le pillabas en las mentías intentaba hacerte creer que estabas loca, que eran alucinaciones tuyas, que estabas obsesionada. Fue muy duro apartarme. No me quedó otro remedio. Pero sí es cierto que ahora, después de que me amargara la vida, de que me hiciera perder amigos, de que aprovechando mi fama (que él tanto envidiaba) se dedicara a difundir falsedades sobre mí ( y siempre hay alguien dispuesto a escucharlas), me siento muchísimo mejor y por fin duermo de un tirón y no tengo ataques de angustia ni necesito atracarme de chocolate. Puedes hundir a una mujer temporalmente, pero una mujer de verdad recoge los pedazos, los reconstruye, desecha lo que no le valía, y se erige más fuerte que nunca. 

Tu segunda mujer tuvo varios intentos de suicidio. La tercera acabo medicada y viviendo con sus padres.  Su sustituta, que no se casó contigo, pero que convivió a tu lado en la preciosa masía rehabilitada, apenas duró dos años a tu lado, y también acabó medicada y en tratamiento. Ibas de la una a la otra enganchándoles como quien se agarra a una liana para soltarse de la anterior, Todo esto me lo contó tu hermana tiempo después. Ella no se explicaba cómo había conseguido resistir a tu encanto. Según ella, tenías algo especial que volvía locas a las mujeres.

Casi todas eran muy jócenes y venían de familias rodas.

No, tú no seleccionaba a tus mujeres a la ligera. Elegías a personas con una gran necesidad de cuidar, de dar, que querer y de sentirse queridas. Chicas que basaban  su autoestima en las respuestas  de los hombres, que buscaban desesperadamente el amor y que con frecuencia lo basaban  en estereotipos poco reales. Chicas que venían de hogares rotos, que no habían conocido un modelo  de amor estable o sano. Chicas con un enorme instinto protector. Chicas con dependencia emocional y autoestima deficitaria.

Chicas demasiado jóvenes que tendieron a disculpar o a disculpar o a interpretar erróneamente tus primeros ataques: “Habré entendido mal”, “son cosas mías”…  Eran  ataques sutiles, escondidos, la mayoría de las veces, tras un tono suave y una agradable sonrisa. Al principio tus arrebatos de rabia eran relativamente esporádicos; poco a poco su frecuencia fue  aumentando. Les fuiste minando su confianza de forma imperceptible, aniquilándoles su estabilidad emocional, y así lograste autoafianzar tu orgullo, tu amor propio, tu sentimiento de fuerza y dominio. Cuando ellas empezaban a dudar, a desconfiar de tu buena fe, de tus promesas de amor, les corroía la conciencia y se autoconvencían de que estaban equivocadas. Se iban haciendo cada vez más débiles,  más dependientes: habían caído de lleno en tu dominio y manipulación, sentían vergüenza por los sentimientos que les asaltaban y ante todo culpa, mucha culpa. Culpa de traicionarte, de no quererte, de no estar a la altura.

Chicas que  tomaron como un reto personal  ayudarte, rescatarte, compensar todas tus frustraciones, miedos y carencias. Chicas cuya empatía y compasión las convirtieron en el eslabón más débil de la cadena.

Chicas que se convencieron de que tus problemas eran el producto de una infancia difícil (lo cual era cierto, probablemente) y que ellas podrían ayudarte a superarlos (lo cual era completamente falso) Chicas que compartían contigo dos de los patrones fundamentales de la adicción: la obsesión y la compulsión. Chicas que te perdonaban sistemáticamente. Chicas que no sabían decir que no, que hacían por ti cosas que nunca quisieron hacer.  Chicas que hasta que te conocieron nunca habían probado las drogas, que apenas bebían hasta entonces, pero que acabaron enganchadas no ya a la coca o al alcohol, sino a los tranquilizantes.  Chicas que se consumieron en su intención de intentar salvarte, protegerte, curarte.

Chicas que llamaban a tu hermana en la mismísima situación en la que yo escribía a mi amigo. Encerradas en el cuarto de baño, aterradas. Pero que al día siguiente, en lugar de tomar el primer tren y escapar, seguían a tu lado, convencidas de que podían ayudarte.
Chicas como yo, en suma.

Yo respondía al modelo, en realidad, por eso me buscaste, y por eso conseguiste, con tus mensajes, con tus largos emails, que fuera a verte. Pero ya no eras guapo y rico, y yo ya era mayor y tenía una cierta experiencia de vida.  Si me llega a pillar más joven, quizá yo hubiera caído, nunca se sabe. Ya había caído antes en trampas de hombres parecidos a ti.

Precisamente la experiencia fue la que me ayudó a escapar tan pronto, la que no me hizo creerme las promesas que me hacías en el coche, la que me mantuvo firme en mi postura, la que consiguió que ni por un momento dudara de lo que había presenciado, por mucho que tú te empeñaras en decir y repetir que yo lo recordaba todo mal, que estaba borracha, que había reconstruido mal los hechos.

¿Quién  es más adicto, el adicto o la que se engancha al adicto? La adicción al amor engañaba a tus mujeres haciéndoles pensar que aquello valía la pena, que acabaría algún día, que tú cambiarías. La dependiente intentará volver una y mil veces con su expareja, de la misma manera que el drogadicto se las ingenia para obtener la sustancia y volver a consumir. La dependiente necesita permanecer en contacto con su pareja, y si el vínculo se rompe del todo, surge el mono,  una suerte de síndrome de abstinencia emocional. Tus adicciones y las suyas se parecían mucho, y se complementaban.

La adicción no negocia y poco a poco se va extendiendo dentro de una  como la niebla. Una niebla emocional que te impide ver más allá de la adicción. Pero para disfrutar de la vida, necesito utilizar todos mis sentidos de manera consciente. Prefiero quedarme con un solo recuerdo lúcido, que tener miles de ellos borrosos. Poco a poco yo he ido ganando la batalla y ahora sencillamente  me parece que la vida se alarga segundo a segundo.

A veces aún siento cómo la dependencia me tienta con su conocido abrazo. Pero aun así, resisto como puedo. No miro hacia atrás con arrepentimiento o con nostalgia. Intento mirar adelante con valentía y con esperanza. Tú y todos los que fueron como tú sois un capítulo del pasado. No he cerrado el libro. He pasado página.