Cuando ella conoce a Ella

por MÖNICA DÍAZ

Aquel no iba a ser un día cualquiera. Aquel era el día que había estado esperando desde hacía más de diez  años.

Nerviosa, excitada, sin poder pensar en otra cosa que no fuera qué le iba a decir. Preguntándome si reconocería mi nombre, imaginándome conversaciones, frases que podría utilizar. Soñaba con verla por primera vez.

Como una autómata , caminaba con ansiedad para acercarme hasta ella. Apretaba la mano del ser que amo y con el que compartía esos momentos tan importantes para mí. Él lo sabía y no podía evitar una leve sonrisa al verme temblar como una niña ante la sola idea de poder intercambiar unas palabras con Ellas

Poco a poco nuestros pasos se apresuraban hasta el lugar indicado para el encuentro. Mi corazón se aceleraba, mi aliento también Por momentos parecía llegar a abandonarme.

Y, por fin, detrás de una cola de acólitos como yo, pude encontrar su silueta, su rostro. No me lo podía creer. Ahí estaba. Frente a mí. Sonriendo. Era Ella. La fuente de inspiración de la que me había nutrido durante todos estos años.

Escuché su voz, reconocible al instante de tanto escucharla. Era una sensación única e irrepetible. Alguien a quien sentía conocer de cerca. Alguien a quien seguía a diario y con la que compartía tantos intereses e ideas y, sin embargo, alguien que jamás me habría reconocido de haberme cruzado con ella por la calle.

Allí estaba yo. Emocionada. A punto de dejar deslizar una pequeña gota de alegría por mi mejilla.

Era mi turno. Me tocaba a mí, iba a conseguirlo por fin.

Un tímido “Hola” se escapó, casi imperceptible, de mis labios.

– Soy Nika – le dije – Nika, la que te sigue y escribe en tu blog.

Y entonces Ella… Ella se iba a dirigir a mí, iba por fin a reconocer quién era y seguro que se acordaba de mis palabras en el ciberespacio, de nuestras conversaciones en la nube.

– Y ¿quién es él? – me preguntó.
– Es mi marido – contesté, perpleja.

A partir de ese momento, mis ojos no volverían a cruzarse con los suyos. Mi existencia se volvió insignificante ante su mirada. Poco a poco fui desapareciendo más y más, hasta no dejar más que un rastro de lágrimas. Mi presencia fue absorbida, irónicamente, por la del amor, que me acompañaba.

Lo intenté. No creía lo que estaba pasando. Intenté robarle unos instantes para mí, solo para mí. Pero no fue posible.

Así fue como conseguí que me dedicara unas palabras (que fueron,  irónicamente, para él) en el libro que había llevado para que me los firmara. Así fue como descubrí que esperar demasiado nunca es un buen plan. Así fue como comprendí que, al final, la razón no puede con los sentimientos,, por más que intentemos contrarrestarlos a base de palabras escritas. Así fue como aprendí que las grandes pasiones, muchas veces, se acompañan de grandes decepciones. Así fue como adiviné que la fantasía supera con creces la realidad. Así fue como las sesiones con mi psicóloga para reforzar mi autoestima se vinieron abajo de un plumazo. De un plumazo, nunca mejor dicho. .

Tú, que predicas los valores de la mujer, tú que me enseñaste que no necesitaba un hombre para ser una naranja completa. Tú que dices reprochar los prejuicios y odias que te valoren por tu belleza exterior acabaste valorando a mi pareja más que a mí, tu fiel lectora, sin ni siquiera conocerle. Tú que me enseñaste a luchar para ser mujer y no tener que ser perfecta cada día.

Tus palabras dijeron que “tenía mucha suerte de tenerle a mi lado”. Sin embargo, tú lo decías solo admirando la belleza de sus labios. La suerte no es tener unos labios bellos a tu lado, la suerte es poder escuchar lo que son capaces de decirnos, cuando lo que dicen, nos hace sentir y crecer más y más cada día. Por muchos años que pasen y esos labios acaben arrugados y dejen de ser bellos por fuera, espero que de ellos sigan naciendo bellas palabras como hasta ahora. Y eso… eso, ya sé que no puedo aprenderlo de ti, porque tú, eres todo fachada aunque pretendas convencer (y convencerte a ti misma) de lo contrario.