AYER NO TERMINA NUNCA: EL DUELO Y LA PÉRDIDA

Por Lucía Etxebarria.

Esta película puede tratar de muchas cosas según quien la mire. Puede que trate del fin de una relación amorosa, para algunos. Puede que trate de la necesidad de cerrar heridas para que no se infecten, según otros. Puede que hable de de todas las crisis derivadas de la crisis con “C” mayúscula. Para mí, habla del duelo y de la pérdida.

“El duelo es, por regla general, la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc. (…) Cosa muy digna de notarse, además, es que a pesar de que el duelo trae consigo graves desviaciones de la conducta normal en la vida, nunca se nos ocurre considerarlo un estado patológico ni remitirlo al médico para su tratamiento. Confiamos en que pasado cierto tiempo se lo superará, y juzgamos inoportuno y aun dañino perturbarlo.“ Sigmund Freud.

Duelo y perdida están directamente relacionados.

En esta película esta pareja ha perdido algo, algo importante, algo en lo que creía. Uno ha superado ese duelo y ha seguido adelante. La otra no. La otra siente que si supera el duelo perderá el último lazo que le une a lo que perdió. Ella es su duelo. Se sabe que se ha superado la perdida y completado el duelo cuando se es capaz de recordar aquello que se perdió sin sentir dolor y no causa ya sensación de vacío. Pero ¿se recuerda tan bien? Una vez superado el duelo ¿recuerda uno tan bien la nota exacta del perfume del amado, el tono de sus ojos, el olor de los azahares del jardín que nunca volverá a pisar? Candela se resiste a superar el duelo porque superar el duelo significaría olvidar, y olvidar implicaría perder.

La palabra duelo ha sido considerada etimológicamente a partir de dos orígenes distintos: en primer lugar como derivada de dolus, “dolor”; en segundo lugar de duellm “combate de a dos” (due, “dos”, y llum – proveniente de bellum-, “guerra”). En realidad, el duelo es un combate con uno mismo, por lo que la segunda interpretación no me gusta tanto.

El duelo es es universal, al igual que la muerte. El duelo es necesario necesario para poder seguir viviendo, para separarse de la persona amada y perdida o de la patria a la que no se podrá regresar, o del trabajo y la posición que se perdió.

Normalmente la pérdida puede generar un dolor tan grande que el simple hecho de seguir viviendo se vuelve sumamente doloroso. Pero pasado un tiempo el dolor comienza a retirarse y paulatinamente se abren espacios de alivio y olvido. Alivio que borra, olvido que destruye. Ese olvido destructor que Candela se niega a sentir. Destructor porque elimina la imagen de lo que se perdió, pero creador porque abre el proceso hacia una nueva vida.

El duelo es por lo general un proceso de readaptación doloroso, donde la persona necesita aprender a vivir sin lo que perdió . No existe una duración uniforme para todo el mundo, pero podemos decir que generalmente los momentos de mayor dificultad duran entre uno y dos años Pero cuando el dolor se hace excesivo en relación a su duración o intensidad, estamos hablando de “duelo patológico”. Exactamente lo que vive el personaje interpretado por Candela Peña.

En una sociedad que ha hecho desaparecer tantos ritos y costumbres concernientes al duelo, el duelo se hace más difícil, porque intentar evitar el duelo no es más que un intento de negar social y colectivamente la angustia frente a la muerte futura, propia y de seres queridos.

Hace cincuenta años tras una muerte los hombres usaban una cinta negra en la camisa y las mujeres vestían de negro y así podían tirarse tres años .En otras épocas se les decía a los niños que nacían de un repollo, pero asistían a la escena de la muerte en la habitación del moribundo junto a su cabecera. Hoy en día ya los niños no creen que les trajo la cigueña y les explicamos todo lo que quieran saber sobre el proceso de la reproducción, pero no les hablamos de la muerte. Cuando dejan de ver al abuelo y preguntan, se les dice que se fue de viaje muy lejos. Casi nunca se les lleva al hospital o al funeral, mucho menos se les permite ver el cadáver.

Y es una pena porque los rituales, el hecho de poder exteriorizar el dolor en público, presentarlo, compartirlo y ser respetado por exhibirlo, preservan al doliente, al “deudo” , contra los excesos de su pena. El luto, los funerales, contienen al dolor, lo limitan. Le imponen cierto tipo de vida social donde la pena puede liberarse . Efectúan una regulación.

Hoy en nuestra sociedad capitalista se impone una exigencia de estar siempre bien, de blasonear del placer y avergonzarse del dolor. Desde esta nueva ética no hay lugar entonces para la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. El deber moral y la obligación social de evitar todo motivo de tristeza y malestar lleva a que esté mal visto mostrarse triste, por lo que se exige la apariencia de sentirse siempre feliz. Hoy el duelo no se comparte socialmente; hoy no conviene ostentar la pena, hacer ver que se la experimenta se ha tornado vergonzoso, casi pornográfico. Hoy casi nadie viste de luto ( los góticos, pero no lo hacen porque se les haya muerto nadie) y los deudos deben regresar al lugar de trabajo el día después del funeral. La angustia es difusa y anónima, no ritualizada.

Como ya lo enuncia el filósofo contemporáneo Giorgio Agamben, la cara oculta y monstruosa de esta pretendida y superflua felicidad son las dos grandes guerras europeas del siglo XX con los campos de exterminio nazi, que son el paradigma de la degradación de la muerte. De la muerte que no se ve. La muerte que se oculta. La muerte aséptica. Agamben afirma “En Auschwitz no se moría, se producían cadáveres, cadáveres sin muerte”.

El proceso de duelo no es voluntario y requiere un tiempo; por ejemplo, Freud habla de uno a dos años y Engel de seis a dieciocho meses, el “Shuljan Aruj” (“Manual de prácticas rituales y leyes judías”), publicado en 1488, establece “doce meses y un día”. Este tiempo no puede ser acelerado, aunque sí entorpecido, lentificado o detenido por diversas causas. En este último caso nos encontramos con duelos patológicos. El DSM IV califica la tristeza por un duelo que dure más allá de los tres meses como depresión; de este modo un proceso normal se lo transforma en patológico. El personaje de Candela Peña por lo tanto, sufre un duelo patólogico. O eso diría un psiquiatra. Pero hace cincuenta años las mujeres llevaban luto tres años por la pérdida de un familiar y eso no era considerado patológico.

Con las heridas abiertas, Candela recuerda día a día los detalles de su ilusión truncada, como si todo hubiera ocurrido en ese ayer que no termina nunca. Enferma, obsesionada, y orgullosa de estarlo, desesperada por un imposible, embriagada de tristeza infinita o rabia por la pérdida, o culpa por sobrevivirla, o miedo al vacío. Porque el dolor distrae y fácilmente se vuelve en costumbre. Ella cree que es su devoción la que mantiene vivo el amor ausente y el recuerdo de la pérdida. No sabe aceptar que perdió esta batalla. No tiene voluntad para dejar ir la tristeza que le ha acompañado con tanta fidelidad durante su larga travesía por la soledad. La tristeza es la única que no le ha abandonado. Es su seña de identidad, como lo serian su color de ojos ¿Es Candela una loca? ¿ Una heroína? ¿Una persona sensata en una sociedad que niega el derecho a sentir dolor? La película parece sugerirlo así. Los libros de autoayuda nos dirían otra cosa

2 comments for “AYER NO TERMINA NUNCA: EL DUELO Y LA PÉRDIDA

  1. 30 Abril, 2013 at 11:37

    Personalmente en ese sentido, me gusta más que ese melodrama coixet, esa manera de analizar el duelo ligero y profundo que hace Joan Didion en “El año del pensamiento mágico”. Un libro delicioso y absolutamente recomendable.

  2. cesar
    2 Mayo, 2013 at 09:27

    Qué bueno que se hable del duelo y las pérdidas en una sociedad que sólo persigue beneficios y deseos múltiples. Personalmente considero urgente paliar el sufrimiento que sufre nuestra sociedad, con recursos de atención personal, previa sensibilización. Trabajo el duelo y el duelo anticipatorio en contextos de cuidados paliativos. Podría escribir cada día aspectos sorprendentes de las reacciones humanas ante la pérdida. Sólo una cosa es segura: el deudo necesita vomitar asuntos pendientes y llorar lo necesario para recolocarse de nuevo ante el camino de la vida, mirando de soslayo la cicatriz que le recuerda aquello. Y cualquier crisis explicita así nuestras carencias y necesidades. Es duro y hermoso. Es real y edificante. Gracias por escribir de pérdidas y perdidos.

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